por Ernesto Rufino –

Cuando en las ocasiones, siempre escasas, de expresar nuestra voluntad de ser gobernados de uno u otro modo, ensobramos la boleta de un delegado ejecutivo de los grandes negocios, no podemos luego esperar otra cosa.

Alcanzando porcentajes de pesadilla, las tarifas de servicios esenciales se llevan, en menos de dos años, porciones cuatro o cinco -o más- veces mayores del ingreso de cualquier laburante, cuyo crecimiento fue gravemente acotado durante el mismo período.

Mientras califican como gradualista esta violenta transferencia de dinero, los marmóreos ministros del Cambio Hacia Atrás señalan con optimismo hacia adelante, donde ya proyectan nuevos abismos tarifarios que van a tragarse otro decil de los de abajo.

Más allá del malestar hepático y la angustia salarial que producen los descontracturados anuncios, parece oportuno tomar debida nota, sin perder de vista esas comparaciones de facturación arriba recomendadas.

Si con este ejercicio elemental no se entiende de que va la cosa, para qué hablar del desaforado endeudamiento, de la vertiginosa fuga, de la timba otra vez entronizada?

Si no se ve el obvio desprecio hacia los otros que exhiben con sus cínicos desplantes, con sus insensibles burlas, con sus bestias sueltas, para qué mostrar las persecuciones, operetas y ocultamientos que requiere esta alianza antipopular?

Si, acallados los medios negadores y chillones, permitimos que la ficha se deslice, ruede y caiga al fin, estos garcas ostentosos se quedan afuera del sobre que ponés en la urna. Vos fijate.