Poner un cuerpo para sacar otros del camino. Mostrar un cuerpo para producir otros más dóciles. Domesticar lxs cuerpxs de los pueblos. Domesticar la rabia para que se quede en casa.
La puesta en circulación por redes sociales de las imágenes de un cuerpo, este ¡17 de octubre!, son parte del dispositivo siniestro desplegado por los de arriba, son la exhibición de la crueldad y la muerte (que son capaces de distribuir) como ordenadores de la sociedad.
Claramente la intención es la de aleccionar. No sólo a los de abajo, a los indóciles; también a los verdugos, a los que deben aprender a reproducir la muerte, a los que tal vez observen y “compartan” esas imágenes como un trofeo, a los que vienen aprendiendo desde hace siglos la lección de cómo hacer retorcer los cuerpos.
La primer imagen que se rememora es la del Che, la de su cuerpo expuesto a los periodistas. No por entablar comparaciones personales, ni construir héroes, sino por efectos, puntos de vista, modos de ser construidas, como forma en que se hace visible un cuerpo como objeto, para que la imagen quede adherida al nuestro.
Cuando se las observa junto a las imágenes de la Plaza de Mayo y el despliegue represivo del estado, no se puede evitar pensar en las fotografías que Julio Popper le regaló al presidente Juárez Celman en 1887, donde el montaje atroz dejaba ver en primer plano los cuerpos de onas y selknam asesinados como si fueran parte de un paisaje expedicionario, y detrás o junto a ellos, a los propios asesinos, armados, listos para continuar con la matanza. No se puede evitar observar que desde la antigüedad clásica el poder no ha cesado de construir imaginarios de crueldad a través de las representaciones públicas de los cuerpos a los que somete. El muralismo, con sus frisos épicos y triunfales de combates ha sido uno de sus instrumentos; la fotografía, su principal, las selfies montadas por los soldados yankees en la prisión de Abu Ghraib nos lo revelan con alevosía.
Poner un cuerpo bajo el haz de luz, (espeluznantemente similar al que relata Primo Levi) del espectáculo, espectacularizar la posibilidad de destruir a un hombre, exhibir el terror en sus detalles macabros, no puede tener otro fin que no sea el de exponernos a todxs en su imagen, insistir en querer representarnos como pueblo expuesto a desaparecer. Y lanzar luego el rumor: ¡No salgan, habrá estado de sitio!, no puede ser otra cosa que una técnica para producir impotencia. Intentar destruir nuestra empatía, moldear nuestra subjetividad para que en ella prevalezca el pensamiento del cálculo, la idea de que pueden instrumentalizarnos, por sobre la potencia de nuestros afectos, de nuestra capacidad elemental de indignación. Pero sobre todo, una técnica para que nuestra rabia permanezca doméstica, discurriendo por la virtualidad de las redes sociales; donde no puede oponer, a la representación de todxs nosotros en un cuerpo, la de todos nuestros cuerpos como autorrepresentación. La de un pueblo creando su propia visibilidad en el espacio de lo común.
Si las imágenes que no solemos tener presentes afloran de nuestro inconsciente en momentos como este, es porque tenemos una memoria visual colectiva, de la que se alimentan nuestros propios modos de ver y de vernos. Y así como nuestros sueños individuales nacen de imágenes de nuestro inconsciente, así también, nuestra imaginación política se alimenta de esta memoria visual común. A nuestro soñar colectivo, a nuestras posibles utopías acuden las imágenes de nuestra memoria social. El poder lo sabe, por eso quiere que se nos haga cuerpo la posibilidad de nuestra destrucción.
Pero hubo también otra imagen ese día de la que deberíamos hablar. Una que pasó prácticamente inadvertida. La imagen de Santiago, que el periodista Verbitsky publicó en pagina 12. Se trata de la última imagen que conocemos de Santiago con vida. Una imagen fugaz. Tomada por la propia gendarmería, en el momento antes de reprimir. Allí se ve un alambrado y detrás el puesto de tablas, junto a la puerta, lejana, la figura de un hombre en acción. Apenas reconocible como Santiago por su ropa, no alcanzamos a saber qué es lo que hace, si está agazapado, observando o a punto de realizar un movimiento ¿hacia dónde?. Lo acompaña alguien más, a quien desconocemos pero en igual situación.
Esta es la imagen que el poder no se podrá apropiar. Una fotografía huidiza, porque escapa a la asignación de un solo sentido, o una explicación, pero sobre todo una imagen cargada de tiempo, la detención visual de la utopía, el instante en que el destino de Santiago permanecía y permanecerá abierto, y con él el destino del tiempo. En ese instante se condensan todas las posibilidades, las de Santiago, y las de la historia, porque la figura esquiva de ese hombre en rebeldía, en el momento antes de una definición, será para nosotrxs la representación, no ya de un cuerpo bajo la luz incandescente y total del espectáculo, sino la de un hombre, iluminando como un rayo, abriendonos un intersticio hacia las constelaciones del tiempo, alumbrando todo instante como posibilidad de transformación.

Por Milagros Martinez: Muralista, Docente del Ciart 5 y el CEPI 1, Parte del colectivo de Arte La Concuna.