por Gustavo Rosa –

Una situación perfecta para mutar en realidad las apetencias más egoístas; el escenario ideal para hacer del país un coto de caza con presas tan dóciles que saltan a las fauces con sólo chasquear los dedos. El voto habilita que las burlas se conviertan en motivos y las paradojas, en norma. Otra vez el cinismo se ha hecho gobierno y ha contagiado a una parte de la población para que adopte y propale el ideario desigualador de siempre. Sin las promesas de 2015 pero con la misma impronta embaucadora. Sin argumentos pero con muchos clichés. Como un embrujo, que sólo necesita unos pases y algunas palabras susurradas para controlar una legión de autómatas. Aunque el panorama sea tenebroso, siempre se puede encontrar alguna luz: de tan envalentonados, se están volviendo bravucones y de tan atolondrados, se pueden tropezar.

Algo así puede interpretarse del Discurso Refundacional del empresidente Macri el lunes pasado. Al triunfo en las legislativas, se sumó la detención de Julio De Vido y la forzada renuncia de Alejandra Gils Carbó. ¿Quién no se siente campeón con tantos puntos a favor? Más aún si juega con los más grandotes, tiene sobornados a todos los árbitros y el relator convierte el abusivo  desequilibrio en un ajusticiamiento épico. Por eso se da el lujo de decir que para tener un mejor futuro “cada uno tiene que ceder un poco”,aunque ese ‘cada uno’ se reduzca, una vez más, a los asalariados, los jubilados y los más débiles de esta cadena alimenticia. Pero claro, los poderosos a los que Macri representa nunca ceden nada: sólo exigen al Estado que colme sus barriles a cambio de derramar algo, si es que se empachan.

Que un país que produce alimentos para más de 400 millones de personas tenga dificultades para alimentar a su población –que apenas supera el diez por ciento de eso- es una muestra de la distorsión ética que padece. La desigualdad no es un virus imparable, sino el resultado de la avaricia de una minoría que no cesa de acumular fortunas. Si algún sector debe ceder es precisamente ése: el conformado por los agroexportadores, industriales y financistas más acaudalados. Lejos de ceder, no paran de reclamar rebajas impositivas y reducción de los salarios para multiplicar sus ganancias sin invertir un centavo. El reclamo del Gerente de La Rosada SA no debería estar dirigido a toda la población, sino a ésos que son dueños de casi todo y han decidido ir por más. Eso es cinismo: presentar como salida a la crisis auto-inducida la renuncia de las mayorías al temblequeante bienestar, mientras los verdaderos representados amontonan divisas en sus colchones y alimentan cuentas offshore con el producto de sus trapisondas. El descalabro económico desatado por el Gran Equipo sólo beneficia a unos pocos, pero la reparación está en manos del resto, que ya no encuentra olla que rascar. Una imagen estándar del cinismo es proponer sacrificios a los que no tienen nada que sacrificar para que los privilegiados continúen trocando en oro la sangre que chorrea del altar del Mercado.

La mascarada del Ingeniero

Afirmar que las declamaciones de Macri están empalagadas por un cinismo de antología puede resultar obvio para algunos o indignante para otros. Quienes adhieren a sus conceptos -y hasta los aplauden- deben ser tan cínicos como él o tener menos olfato que un engripado. Y si lo ignoran a voluntad, después no vengan a suplicar ayuda cuando el fango supere su cintura. El presidente offshore –sin ánimos de exagerar- es el paradigma del cinismo. Ejemplos abundan: sólo un cínico nombraría como ministro de Agroindustria al presidente de la SRA, Luis Miguel Etchevehere, después de anunciar que se terminaron las avivadas; imponer como funcionario a alguien acusado de administración fraudulenta, evasión tributaria y violación de la ley penal cambiaria por su propia hermana; instalar al frente de una cartera de Estado a alguien procesado por esclavizar personas es una provocación que los organismos de DDHH no deberían eludir.

Sólo un cínico puede fingir empatía con la familia Maldonado después de ignorar su dolor durante casi tres meses. O esputar “es tan inocente un gendarme como un ciudadano común” cuando el régimen judicial que lo secunda convierte en culpable a cualquier K que se cruce. O sentenciar que los testigos mienten cuando sus laderos pergeñaron las pamplinas más infames para confundir a la opinión pública. O alentar el cierre de la causa para reforzar el manto de impunidad que lo cubre desde siempre. O explicar que el caso Maldonado “tiene que enseñarnos a no usar una persona para hacer política”, aunque su muerte se produjo para proteger las tierras de un multimillonario extranjero.

Macri es el exponente de una aristocracia que no puede disimular su cinismo. Hasta el aliento que impulsa sus palabras debe oler a eso cuando pontifica sobre la meritocracia y denuesta a los ñoquis mientras inventa cargos de nombres incongruentes para acomodar a familiares, amigos y mascotas con salarios de seis cifras. O cuando propone la eliminación de las jubilaciones de privilegio que fueron eliminadas hace un montón como zanahoria para la aprobación de sus peligrosas reformas previsionales. O celebrar el ahorro que significará la reducción de los haberes de jubilados y pensionados, después de haber cercenado su acceso a medicamentos gratuitos. O decir que “en los próximos días presentaremos propuestas para la transición” cuando aún no se ha discutido hacia dónde se orientará la reforma jubilatoria.

Cuando el cinismo gobierna, todo se torna cínico. Como si fuera un iluminado, Macri intenta refundar el país, mientras lo está re fundiendo. Por eso quiere empezar de cero apelando a una especie de desmemoria selectiva. En sus variadas intervenciones siempre apunta a lo mismo: demonizar todo lo K porque logró disputar el Poder para instaurar cierta equidad. Para él el futuro se reduce a evitar que gran parte de la población piense en un retorno a las bondades de esa década extendida, aunque para eso deba forzar tanto hechos como interpretaciones. Aunque deba decir, con mucho cinismo, por supuesto, que “Nuestra Historia nos ha negado crear un rumbo común”. Como si la Historia fuese algo dado y no lo que todos escribimos en ella día a día. Como si fuera una señora muy mala que quiere impedir que los argentinos vivamos con dignidad. Como si fuera posible un rumbo común con egoístas tan miserables que hacen lo imposible para apoderarse de lo que producimos entre todos. Los historiadores del mañana tendrán la difícil tarea de explicar este nocivo giro de los tiempos y concluirán que sólo un eficaz y perverso alucinógeno puede lograr que un pueblo se equivoque tanto.

Fuente: Apuntes Discontinuos. blogspot