por Dalia Ber –

Hace 15 años un escritor y editor famoso, en la cima del éxito, deja por recomendación médica el ritmo estresante de la ciudad y con su mujer e hija de dos años deciden instalarse en Villa Gesell. Autor hasta entonces de los libros Corazones, Nadar de noche, Puras mentiras, Buenos Aires. Una antología de nueva ficción argentina y Frivolidad; creador del suplemento cultural Radar de Página/12; editor en Emecé y Planeta, con sus cuarentas recién estrenados, Juan Forn emprende una nueva vida. Después vendría la publicación de las crónicas La tierra elegida, la novela María Domeq y más ediciones de artículos y ensayos reunidos. Actualmente dirige la colección Rara avis en la editorial Tusquets, con títulos de distintos autores que coinciden en ser obras inclasificables.

Juan Forn es ante todo un hombre apasionado. Siente, vive y ama cada historia que cuenta, las palabras que elige. Hablar con él es ingresar en una zona de caminatas reflexivas por la playa, mar en calma, amistades entrañables, bibliotecas populares, libros y más libros, recuerdos sin melancolía y datos de un presente que se intuye feliz. Es dejarse llevar por el oleaje de una charla amable, profunda y directa: flotar durante un rato por el territorio Forn.

“Gesell se caracteriza por ser uno de esos lugares donde hay gente que viene a empezar de nuevo”, dice Forn hablando en general para derivar en lo particular: “Ese agradecimiento que yo sentía por el recibimiento que nos habían dado y por esa posibilidad de convertirte en una persona mejor cuando te vas a un lugar más chico, porque tenés más tiempo, quería devolverlo de alguna manera”, cuenta. Así fue como decidió donar dos mil ejemplares de su colección personal de libros para la Biblioteca Popular de Villa Gesell y quedarse sólo con los de sus escritores favoritos, o los que pensaba releer. Felices con el gesto, en la biblioteca Rafael Obligado le ofrecieron un espacio para brindar las charlas que después se convertirían en notas para Radar y, más adelante, en las míticas contratapas sobre historias de autores o personalidades del Siglo XX que Página/12 publicó cada viernes durante ocho años.

-Yo iba a la charla en el salón grande, poníamos sillas, el pizarrón, y llevaba una parva de libros y fotos que les mostraba a los participantes y les iba contando el cuentito. De la misma manera que lo hago por escrito, pero oral. Lentamente se fue formando un grupo, además de los ocasionales, cosa que a mí me vino bárbaro porque de ahí salieron los que son hoy mis mejores amigos de Gesell y Mar de las Pampas. Si vos estás en una gran ciudad la gente que va a ir a las charlas, por H o por B es porque te conoce o porque es gente del mismo palo. Cuanto más chico es el lugar más garantía de diversidad tenés. Y en el caso de Gesell la característica es que, a diferencia de las ciudades chicas de la provincia de Buenos Aires, donde por lo general si el padre es panadero el hijo es panadero, o mecánico, o así sucesivamente pero son siempre las mismas caras que van cambiando, en Gesell hay una tensión invisible pero nítida entre los NyC (nacidos y criados de toda la vida), y los que se han venido a vivir. Que tienen hijos NyCs. En el caso mío, mi hija vino de dos años, o sea que de personalidad es más geselina que porteña.

-¿Y cómo es el perfil de los geselinos que conocés?
-Acá tenés distintas clases de personas: los jóvenes que quieren explotar, que con un poco de suerte van a terminar siendo artistas, que tienen la inquietud poderosa, y después los tipos que se vinieron a vivir acá, y que lo que quieren es que no los molesten y los dejen seguir con su periplo intelectual interior, o porque nacieron y son así, son los raros del pueblo que se leen todos los libros de la biblioteca. En el caso de Gesell, tiene una tercera característica, que es que los que decidieron venir acá son todos más bien renegados, no les gusta que les den órdenes ni indicaciones. Entonces también pasó que, por ejemplo, yo me he enterado con los años de personajes infinitamente atractivos en el terreno de la sensibilidad y del mundo interior que tienen incluso de su intelectualidad y que ni se les cruzaba por la cabeza venir a mis charlas. Me ha pasado que con el tiempo voy por la calle y me cruzo con alguien que me dice: “Che, esas cosas que salen en el diario tuyas, un arquitecto loco…”. Y yo le pregunto “¿Pero por qué no venías cuando daba las charlas?”. Y me dice: “No, era a la noche, me daba fiaca” , jaja.

-¿Y cómo era la dinámica grupal en las charlas?
-Nos juntábamos y nos íbamos a comer pizza después de los encuentros, decíamos: “Qué bueno, no hay cine pero por lo menos tenemos esto, que es bastante parecido”. Porque yo recuerdo que en ese momento tenía la impresora de la computadora en casa, entonces cuando contaba una historia tener las imágenes ayudaba mucho. Imprimía en papel una copia, una impresión infame, como si fuera una fotocopia mala, pero me iba a dar la charla con eso y lo hacía circular de mano en mano y contaba y entonces por ejemplo: “A Joseph Brodsky lo metieron en la cárcel y lo mandaron a Siberia”, y les mandaba una foto de Siberia, o les contaba “después conoció en Italia, en Venecia, a una condesa italiana y fue su última mujer”, y les mandaba una foto de Brodsky trotando en el Central Park con una rubia espectacular cuando Brodsky ya estaba pelado y viejo. Y todo eso contribuía, yo trataba de armar un simulacro de lo más parecido a un documental. Si hubiera sido más joven hubiese usado un PowerPoint. Y habría sido muy lindo, porque yo de pronto en el pizarrón usaba una frase, y la escribía y la dejaba ahí anotada para que les fuera entrando por los poros. Era capaz de hablar sin parar, generalmente las charlas duraban dos horas y media, una locura. Y la gente se quedaba las dos horas y media sentada escuchando esto. A veces intervenían, preguntaban cosas. Yo dejaba que me interrumpieran cuando quisieran. Cuando llovía fuerte y el agua golpeaba contra el techo de chapa nos sentábamos en ronda, una ronda chiquitita para poder escucharnos, algunas veces se cortaba la luz y seguíamos con velas.

-¿Y vos eras consciente del sentido épico de todo esto nuevo que estabas inventando? Me refiero al furor que generaron las notas que escribías después sobre los temas de los que hablabas en la biblioteca.
-La parte épica se debe el 50 por ciento a mis exageraciones y por otro lado a que ya las dejé de hacer, que es lo que pasa con algo cuando se termina. Pasan los años y me cruzo con gente que por lo que me dice supuestamente los primeros números de Radar fueron los mejores suplementos de la historia. Si le creés a toda la gente que dijo que estuvo en el baño de La Perla cuando Lito Nebbia y Tanguito compusieron La balsa materialmente no entran, pareciera que era todo el Gran Rex adentro de ese baño. Hay un aspecto en el que si yo traigo a un escritorcito acostumbrado a ir a los High Festivals del mundo un lunes a la charla de la biblioteca pasando por pozos, calles hechas mierda y llenas de agua, llegan a la biblioteca y el calefactor no anda y hay que ir a otro de los salones en los que el calefactor sí anda, después ver las caras supuestamente de estupor, o de desconocimiento absoluto… A mí a veces me pasaba que yo estaba dando la charla, ellos a veces estaban apoyados en mesas porque traían mate para tomar, y de pronto había alguno que primero había apoyado los codos sobre la mesa, después había apoyado la cabeza, y después se había quedado dormido. Y a lo mejor el tipo venía de laburar, o a lo mejor el calor era tremendo. Está todo bien, ponerse selectivo con el público a mí me parece una locura. Para mí lo que es obvio es que no importa qué auditorio tengas enfrente, todo depende de lo que vos das. Si vos das mucho les va a llegar. La distancia, la supuesta distancia intelectual que hay entre uno y otro, la mejor manera de acortarla es que uno dé todo lo que puede. Es la actitud.

-Igual no se puede negar el fenómeno que produjeron las notas de Radar y las contratapas, de esos que se dan cada tanto, con lectores fanáticos que esperaban con avidez el texto de la semana siguiente…
-Yo en lo posible trato de no idealizarlo, porque es una tendencia mía a hacerlo. Es medio complicado para mí decirlo, pero sin duda algo que empezó a pasar en la biblioteca se trasladó a las contratapas. Mientras estuve haciendo las contratapas yo me sentía canal. Sentía que no estaba haciendo del todo las contratapas, algo ocurría cuando caminaba por la playa que me ayudaba a redactarlas y armarlas de tal manera que se generara en los lectores lo que se generó. Creo que no era estrictamente literario…a mí me interesan los fenómenos de comunión, en el sentido de que encontrás en lo colectivo algo que es del orden de lo íntimo. Yo no entiendo, soy un queso para la política, para un montón de cosas que trabajan con lo colectivo. Pero esto es una manera que entiendo yo lo colectivo y que me permite generar una forma de dar, sentir que das algo. Porque sentarse a escribir es muy egoísta, “Yo me siento y escribo, y el mundo va a estar menos incompleto porque va a estar mi libro. Todos tienen que escucharme, yo invento todo. Y yo escribo cuando quiero y entonces nadie me tiene que molestar, y cuando no tengo ganas de escribir entonces…préstenme atención”. La vida del artista es bastante asquerosita. Uno lo disimula pero en cada cosa que escuchás uno está pensando en todo momento: “Uh, esto me serviría para escribir”. De pronto estás sosteniendo la mano de tu madre mientras muere y una parte de tu cabeza está pensando: “Mmm, qué bueno que el texto pase por acá”. Entonces hay algún lugar en donde yo entré en crisis con todo eso después de mi pancreatitis, después de haber venido acá, después de haber tenido una hija a los 40, de descubrir que la podía criar jornada completa precisamente por haber cortado con eso. Porque si hubiera seguido con mi vida en Buenos Aires la hubiera visto dos horas al día con suerte, y yo con un alto grado de estrés. Acá lo que tenía era un papá que estaba aburrido y le daba muchísima bolilla. Yo tenía una manera de pensar… Tenía 40 años y seguía siendo muy inmaduro en algunas cosas básicas aunque fuera exitoso y eficaz. Y acá se fueron acomodando. Encontré en la literatura la posibilidad de ser un poco mejor como persona. Conectar con cosas menos pelotudas.

-Cuando hablabas de la comunión con la gente me hacías acordar al trabajo de Mempo Giardinelli en Chaco (con su Fundación para la promoción de la lectura) y al de Andrés Rivera en Córdoba (donde también trabajaba en una Fundación y una Biblioteca Popular dirigidas por su mujer).
-Lo de Mempo es increíble. Yo te puedo contar una cosa hermosa. Fui a dar una charla a Córdoba hace 15 días y cuando terminé se me acercó un pibe y esperó que se fueran todos y me empezó a hablar de una manera espástica, tenía tanta necesidad de decirme algo que se tropezaba con las palabras y entonces en un momento me dijo: “Yo iba a las clases del maestro Rivera en la biblioteca que dirigía la señora de Rivera -que era en un barrio bravo de Córdoba- y lo extrañamos al maestro. Y escucharlo a usted y que lo nombrara me dio mucha alegría”. Y se fue. O sea que el efecto que dejó Rivera por más que haya sido casi secreta su actividad fue enorme. En el caso de Mempo adquirió proporciones gigantescas. Que vayan dos mil maestros, tres mil maestros a oír hablar de literatura y discutir me parece espectacular.


-Sería como otra función del escritor.

-Sí, a mí lo que pasa es que me da bastante tirria cuando se empieza a hablar así. Lo que yo llamo ser buenudo. Hay una cosa en la literatura que se le tiene pavor a lo que podríamos llamar los sentimientos positivos porque es muy difícil escribir sobre ellos sin parecer cursi. Una novela sobre la alegría, una novela sobre la felicidad. Hay una frase del escritor francés Henri de Montherlant que dice que la felicidad en la literatura se escribe con tinta blanca sobre papel blanco. Aludir sin mencionarla, porque si no caés en la cursilería. Llevar entonces a hablar de la función social del escritor, qué se yo…

-Sí, es verdad, por ahí no sería la palabra función, pensando en ver cómo puedo ayudar al pueblo sino más bien un nuevo sentido, un momento personal determinado en el que te sirve buscar otra cosa para la propia escritura.
-Además yo empecé esas charlas fuera de eso, a mí me gusta ser ordenado pero yo quiero tener licencia para el caos, de decir ahora no lo hago, los libros están ahí pero…Hay gente que viene a mi biblioteca a casa y me dice: “Ah, lo mejor te lo quedaste vos”. Obviamente que me la voy a quedar, no soy Gandhi, no me la creo ni medio, donde me la creo me convierto en un chiste, un mal chiste. Para ser completamente sincero tanto con vos así también como he tratado de transmitirlo siempre, cuando escribo y cuando leo la idea es “entiendan que lo que hago ocurre porque lo hago a mi manera”. La contraparte de este “qué bueno, qué generoso, qué útil” es “lo hizo porque necesitaba hacerlo”. Cuando yo tengo discusiones conmigo mismo o tengo que enfrentar los reclamos o acusaciones que se me hacen domésticamente, hay un lugar en el que los que me conocen me dicen: “Vos armás todo para poder hacer lo que te gusta en el momento en que te gusta”.

-Si uno tiene la suerte de poder hacerlo, por qué no.
-La clave… (se arrepiente). No quiero ser irónico porque lo abarato. Cuanto menos hable del tema más tranquilo me quedo. Si le ponés muchas palabras lo deformás.

-¿Y qué pensás de la actualidad de las Bibliotecas Populares? ¿De los viajes que hacen todas las bibliotecas del interior a la Feria del Libro para comprar libros con los subsidios que les da la CONABIP?
-Es el momento más feliz del año. Se van a Buenos Aires y tienen la feria del libro abierta sólo para ellos con sus bolsitas de libros, les dan plata y traen libros. Si uno puede contribuir mínimamente a que en vez de volver con libros de Florencia Bonelli vuelvan con libros lindos tenés la mitad del trabajo hecho. Nosotros el año pasado con dos de mis amigos de Gesell que conocí en aquellas charlas, uno de ellos tiene un bondi viejo que lo tiene como casa rodante con su familia, medio hippón, estábamos charlando un día y dijimos: “Qué cosa los pueblos donde no hay librerías”. El otro amigote de acá, el segundo de los que te nombraba, Pepe Rosso, es el dueño de la librería Alfonsina -tiene otra en Avenida de Mayo, la Librería de las luces, muy conocida- que acá es como una institución y se llama a él mismo “saldero”, porque los libros buenos que las editoriales saldan porque no vendieron, qué sé yo, por ejemplo cuentos completos de Rivera, lo tiene a 100 pesos de saldo, los trae a Gesell y tiene muchísimo éxito, especialmente en el verano. Con ellos dos pusimos estantes en el bondi, lo cargamos con libros de Pepe y salimos con libros que no pasaban los 100 pesos. Y fuimos a distintos pueblitos en donde estacionamos el bondi y lo dejamos. Ellos me llevaban a mí de anzuelo, después nos dimos cuenta de que era mucho más anzuelo el bondi con los libros y la escalera que se abre donde podías entrar a mirar qué había adentro que yo, el escritor supuestamente conocido al que no lo conocía nadie, así que nos cagamos de risa. Fue hermosa la experiencia.

-¿Y cómo lo tomaba la gente?
-Y ahí te das cuenta de que en esos lugares el que te viene a hablar, te dice: “Mirá, acá hay una biblioteca, y después están Fulana y Mengana y Sutano, que leen”. Hay una historia hermosa de un lituano que se llama Jonas Mekas, un tipo famoso, sobreviviente de la guerra, que terminó haciendo cine experimental pero lo más lindo es cómo escribe. Tiene un libro que se llama Ningún lugar a dónde ir. El tipo cuenta que cuando era chico vivía en Lituania, en un pueblo tan chico que cuando ya había leído todos los libros que había en cada casa del pueblo se iba a la oficina de correos. El tipo, ávido, tenía 12 años pero tenía una capacidad de lectura sobrehumana y se paraba en la oficina de correo, y cada vez que veía salir a alguien con un paquete con forma de libro o de revista se le acercaba y le decía: “Cuando lo termines de leer, ¿puedo ir a tu casa a leerlo yo?”. A mí me encanta. Mi secta, mi tribu es la de los lectores. Con los que más me divierte hablar a mí es con los que les gusta leer y han descubierto mundos leyendo. Acá en Gesell está Miguel Berger, que arregla ascensores y es sonidista y es un sabio. Es capaz de arreglar ascensores y al mismo tiempo lee como un poseso, es un tipo que tiene una vida casi de monje. No tiene nada, no tiene posesiones pero pinta y lee como un descosido. Miguel es así. Está vestido todos los santos días de su vida con ropa Grafa, pantalón y camisa tipo portero, o la de color beige o la de color azul. Toda la vida lo ves así, anda en su bicicleta. Y una vez a la semana en el canal, en el noticiero del mediodía, recomienda tres libros. El tipo se niega a que le den nada, no quiere que le den un programa, ni más tiempo ni más veces, no quiere que le paguen ni que le den un canje de pizza, no quiere nada. Y va y habla mirando a la nada y se vuelve a ir.


-No todos los lectores del país están necesariamente concentrados en las librerías de Palermo…

-No te olvides que para todos los solitarios del mundo existe internet. Yo hace poco cuando fui a Córdoba me llevaron a una escuela rural que está como a 90 kilómetros camino a Santiago del Estero, esas escuelas rurales en donde los pibes comen y duermen, cocinan incluso, porque está muy lejos, o cuando las condiciones climáticas están complicadas se quedan cuatro días en la escuela y después vuelven a su casa un día. Lo primero que les pregunté cuando me senté –ellos tienen distintas edades, era un día de frío, todos esperándome en la puerta-: “¿Ustedes tienen celulares?”. Me dijeron que sí. “¿Y ustedes descubren cosas a través del celular?”. Y cuando vi que el celular era una ventana al mundo entendí que esto les pasa a todos, le pasa al viejito que tiene una vieja computadora de mesa y que aprende solo a entrar en internet. A mí me han escrito por las contratapas de Página de los lugares más insospechados del mundo, gente que las lee. Y para los solitarios del mundo que el objeto libro no lo tengan cerca o no lo vean atractivo no importa tanto ahora que hay internet. Porque en realidad hay una biblioteca en el éter, accesible. Eso está buenísimo. Desvirtúa un poco nuestro trabajo, le quita un poco el cara a cara que es tan lindo. Para mí aunque una biblioteca de pueblo fuera más activa, si vos la comparás con la actividad del club social o los clubes deportivos, o de las iglesias evangelistas, la actividad de la biblioteca, la actividad cultural nunca tiene punch. Yo creo que aunque les dedicara todos mis desvelos, si fuera el secretario de Cultura de Villa Gesell, al grueso del pueblo no le interesa. Uno siempre trabaja con los bordes.

-Pero viste que se están haciendo muchas cosas, por ejemplo hay un proyecto que se llama Bibliobaúl, conozco un caso que van por las escuelas rurales a llevar libros y mostrarlos y a los pibes les encanta…
-Por supuesto, una cosa se apoya en la otra, para los pibes el uso de la lengua escrita es relevante. Ellos miran su futuro. Y saben que hay palabras escritas. Es un idioma que les resulta atractivo, el chico aprende lo que le interesa. Lo que le sirve. Le sirve de una manera completamente lúdica, de gozo. Había un momento en donde la palabra escrita era un plomo, porque parecía pertenecer más al pasado que al futuro. Yo a los 15 años para qué necesitaba la palabra escrita. Para tener escrito un poemita en el bolsillo de atrás, cuando me acercaba a una chica para levantármela. Y ya ahora es medio ridículo, jaja. Era mucho mejor si eras el deportista o si tocabas en una banda de rock. Y ahora los pibes, a mí me hace gracia, hablo con mi hija que hoy tiene 17 y hay pibes que nada más que por su velocidad y su agudeza en Twitter le encantan. ¿Te das cuenta? Tiene un amigo, en realidad varios, que hacen ruidito de instrumentos y uno rapea encima, que le llaman Freestyle, y viene y me trae audios: “Anoche hicimos una juntada, escuchá esto”. Y me pone un pibito rapeando y yo digo mirá la importancia que le dan a las palabras. De vuelta: si eso ocurre el acceso al libro, la persistencia del libro, está garantizada.

 

Fuente: revista Almagro

Foto: Caro Cle