por Héctor Mauriño –

 

El gobierno de Mauricio Macri acaba de comprobar que con la impunidad se puede hacer cualquier cosa, menos creérsela del todo.

El jueves pasado el gobierno nacional tocó un límite. El de su propia impunidad. Esa que le confieren la prensa canalla, la oposición complaciente y la justicia arrodillada.

Librado a un desborde represivo sin precedentes en la democracia, fracasó en imponer su plan de despojo a los más vulnerables: jubilados, beneficiarios de la AUH, pensionados. Todo para seguir sirviendo a los que más tienen. Para seguir sirviéndose. Para profundizar un plan económico basado en la desigualdad.

Si a algo recordó este despliegue de violencia inicua fue a las dictaduras. Si la primera fue ‘fusiladora’ y la última “cívico militar”, esto que se vive hoy con la legitimidad del voto, ¿qué es? ¿La cívica? ¿Cómo se llama el sector social que alentó a los militares del Proceso?

Pero lo del jueves no pudo ser. La indignación que provocó el intento de imponer un designio injusto a punta de fusil, pudo más que los oscuros compromisos contraídos a espaldas de las mayorías y la oposición se unió, toda, por primera vez, en contra de una política infamante.

Hasta Carrió le pidió a Patricia Bullrich que parara con la Gendarmería. A esa mujer, al parecer presa de la furia de los nuevos conversos, todo desborde le parece poco.

Más aún, hasta Clarín y TN no tuvieron más remedio que cuestionar el ajuste a los jubilados y la brutal represión a los manifestantes que se extendió por espacio de seis horas. ‘Impunidad sí, pero no nos pidas el suicidio, Mauricio’.

Ciego de ira porque se atrevían a desafiar sus designios, como en un arresto despótico de opereta, Macri intentó resolver la cuestión doblando la apuesta: barajó la posibilidad de un decreto de necesidad y urgencia. Pero el desatino volvió a tropezar con un límite: el de la fisura en la fuerza propia.

Carrió salió a decir que no lo iba a convalidar con su voto porque sería “inconstitucional”. Y la CGT volvió de su larga siesta para advertir que era demasiado. Si había DNU, también habría paro general.

Macri tuvo que retroceder para evitar una crisis en su gobierno aún más profunda de la que ya había desatado.

Como iluminado por un relámpago en medio de la tormenta, el escenario se vio con claridad por un instante. Todo y a cualquier precio no se puede, Mauricio.

Macri volverá a insistir mañana. Luego de haber sometido a un puñado de gobernadores a una fuerte extorsión y de aflojar una migaja cosmética para poder aducir “flexibilidad”, el proyecto para desplumar a los jubilados volverá al recinto de la Cámara de Diputados.

Puede ser que vuelva a rebotar, o que salga convertido en ley, quién sabe. Pero está claro que este gobierno de ricos sin piedad y sin remordimiento tocó un límite concreto. Este pasaje amargo de la historia argentina se puede extender, pero a partir del jueves negro hay un antes y un después. Todos lo saben.

Fuente: Va Con Firma