por Eduardo Aliverti –

Lo inseguro pero más probable es que el Gobierno termine arreglándoselas para imponer eso que, en rigor, mal se denomina “reforma” previsional. Es lisa y llanamente un saqueo. Se rasca en el fondo de la olla jubilatoria y asistencial lo que le fue restado al fisco para compensar baja de retenciones, de impuestos a los ricos y una economía atada al alambre de endeudarse sin parar. La reacción cegetista, convocando al paro, agrega alguna cuota de suspenso o excitabilidad por la presión extra que significa. Dudoso que alcance, según los números parlamentarios que todos reconocen. Sin embargo, hay algunas preguntas y certezas que ya no tendrían retorno al cabo de esta última y triste semana argentina. Triste, repulsiva y muy desafiante a la vez.

Las imágenes de los alrededores militarizados del Congreso fueron de una potencia estremecedora que no se veía desde hace 16 años, cuando las jornadas del 19 y 20 de 2001. Pero ni siquiera admiten comparación con eso, porque entonces se trataba de un Gobierno al borde de su trágico final mientras hoy hablamos de uno que ganó cómodamente las elecciones menos de dos meses atrás. La revista digital PPV, Periodismo Por Venir, trasmitió por Facebook Live, en la mañana del jueves, uno de los recorridos más y mejor detallados por las calles adyacentes al Parlamento. Es complicado adjetivar la sensación provocada por decenas de carros policiales y de Gendarmería, apilados uno detrás de otro, a lo largo de varias cuadras. El miércoles, en actitud anticipatoria, ya se había desatado una represión que incluyó diputados heridos. No había por qué llamarse a sorpresa, entonces, cuando al día siguiente escalaron las balas de goma, los gases y los palazos, pero ya bastaba con esa imagen de las vecindades del Congreso tomadas por un despliegue inédito de fieras cebadas, gracias al discurso oficial que las habilita. Era suficiente con lo visto. Fotógrafos atravesados por perdigonazos (de Páginai12 y Perfil, por si alguien quisiera hallar preferencias ideológicas en las patrullas de Macri); legisladores atacados por perros; gente en el piso a la que continuaron apaleando. Son secuencia natural de antecedentes múltiples y de un objetivo prioritario. Los unos van desde el asesinato de mapuches hasta el clima de razzia por portación de cara que se advierte a diario, pasando por lo ocurrido también frente al Congreso cuando se quiso montar una instalación docente y la salvajada de detenciones arbitrarias tras la marcha por Santiago Maldonado a un mes de su desaparición, arreglada bajo el simple expediente de su ahogamiento sin importar como consecuencia de qué y quiénes. Está inmejorablemente dicho en una composición circulante por las redes: “Ahora que viste cómo acciona Gendarmería, en pleno centro de CABA frente a todos los medios, ¿podés imaginar cómo ‘se ahogó solo’ Santiago Maldonado?” La otra, la estrategia, a cada paso de las tácticas, es advertir lo que les espera a quienes se animen siquiera a atisbos de protestas importantes. Y menores también. Se conoce como disciplinamiento social a partir de alguna retórica de pensamiento crítico académico. Al igual que la posverdad. Pero es más o menos más lo mismo desde que el mundo es mundo.

¿Por qué se apuró el Gobierno a lanzar esta provocación que podía tener el destino de efervescencia finalmente producido? Lo dijo Carlos Melconian con todas las letras: sólo importa la reforma previsional y en forma urgente. El resto es casi para la gilada. Pero la lógica sugería que pudieron esperar a febrero o marzo, vacaciones o el retorno; clima político, gremial y social quizá más adormilado. ¿Cómo sucedió acabar en una Carrió que, presa de su propia caricatura, debió saltar de “cuidado los diputados, no atropellen a las fuerzas de seguridad” a “Bullrich, pará con los gendarmes”; a ordenarle a Emilio Monzó que levantara la sesión, para que el presidente de la Cámara Baja obedeciera de inmediato; y a twittear que si querían arreglar el asunto por decreto se violaría “gravemente” la Constitución, para que Macri retrancara cuando varios de sus ministros, hacia la noche del jueves, ya habían firmado el decreto invitando a un posible incendio institucional y callejero? Las respuestas no son terminantes, tal vez complementarias, pero sí podría serlo cierta pregunta subyacente. Primero, que avanzaron de puro bruto en la confianza del “refundarse”, del “ahora o nunca”, tras el resultado de las elecciones. Segundo, que la transa consolidada en el Senado con el amigazo Pichetto y, en Diputados, con la influencia de los gobernadores sobre varios de sus sensibles coprovincianos tras el pacto fiscal firmado en Casa Rosada a mediados de noviembre, garantizaría el quórum y la aprobación del hachazo. Tercero (en las horas previas a calcular la cantidad necesaria), que provocaría su efecto carpetear a alguno de los legisladores banelquizados –sólo una figura, por favor– pero conmovidos por un Congreso rodeado de gendarmes y represión. Cuarto, que en el cómputo oficial no estuvo la acción, persistente, de la bancada K, conducida sin desmayos por Agustín Rossi y capaz de sumar –entre otras– voluntades del Frente Renovador ya eximidas del casi retirado Sergio Massa. Quinto, que el Gobierno perdió percepción de la tan mentada producción de subjetividad. Si echan empleados del Estado, así sea a mansalva, no le importa mayormente a nadie o, mejor todavía, son grasa ñoqui que debe sacarse de encima para ahorrar plata. Si el manejo informativo sobre la tragedia del submarino fue de terror, ya pasará (aunque pasaran a tener algunos problemas con el voto de su clientela militar). Si la reunión en Buenos Aires de la OMC concluyó en cuasi-papelón para el gobierno argentino, con una postura en defensa del libre e integrador comercio mundial para que el delegado de Trump les escupiera el asado, tampoco interesa porque tampoco casi nadie tiene la menor idea de qué vendría a ser la OMC. Pero si se meten con los fondos de los jubilados, y ni hablar de que lo hacen por urgencia de fondos que en contrapartida les proveyeron a sojeros, mineras y establishment generalizado, el capital simbólico del discurso de los globos se les complica. Ya circulan informes de consultoras que indican una impopularidad del proyecto análoga a cuando intentaron el 2×1 para los genocidas. Es decir, un eventual punto de quiebre.

Como fuere que esto vaya a resolverse en la coyuntura, lo que no tendría retorno es que la impericia y premuras del macrismo llevaron a un impensado reabroquelamiento de la oposición. Quedaron puentes tendidos entre lo que no pudo articularse antes de las elecciones, para evitar el triunfo de Macri. En sus alcances eso no es más que especulativo, desde ya. Lo es asimismo que frente a la persecución judicial de dirigencia opositora hubo inclusive la renuencia y denuncia de los grupos de izquierda, no sospechables de simpatías kirchneristas. Quedó, más allá del resultado parlamentario de este lunes, un espíritu de juntarse para enfrentar a la derecha gobernante. Así sea nada más que ante algunas de sus provocaciones, es merecedor de ser tenido en cuenta.

Y después, aquella pregunta subyacente. ¿Qué tan de grave es el escenario económico de mediano plazo, como para que el Gobierno se haya animado a jugarse de esta manera en lugar de administrar los tiempos? Salvo que el oficialismo crea de veras en que todo es producto de una mala comunicación, según se lee y escucha a través de sus voceros periodísticos. ¿Qué están especulando, ya, sobre el destino inevitable de la bomba del endeudamiento, como para haber querido aprovechar de esta forma, a lo bruto, el triunfo electoral? ¿Cuánto de amenazante es lo que ven como para arriesgarse a ser corridos a la izquierda por Carrió?

El periodista Hugo Presman, en su sitio www.presmanhugo.blogspot.com, ubicó la ¿avanzada? del macrismo bajo el retrato de unos tripulantes que se bajaron de una nave precaria para, estimulados por las urnas, subirse al Titanic. “Mientras el Gobierno siga teniendo la posibilidad de endeudarse, y no ocurra alguna crisis internacional que suspenda el flujo de dólares especulativos, el iceberg sólo estará en el horizonte como potente amenaza. Y mientras ello ocurra en un tiempo impredecible, se va forjando una pesada herencia (esa sí: probablemente la más de pesada de todas cuantas hayamos conocido, quizá peor aún que la del menemato si más luego no hay viento internacional a favor y una anomalía política que lo aproveche en beneficio de las mayorías) que costará levantarla a varias generaciones”.

Pero el iceberg no se mueve de ahí y el barco va en su dirección exacta.