por María Beatriz Gentile –

El martes pasado reiniciada la sesión donde 128 Diputados de la Nación decidieron con su voto aumentar la desigualdad en la Argentina, el presidente del bloque oficialista Nicolás Massot abrió su intervención cuestionando a los diputados  Juan Cabandie y  Horacio Pietragalla. Les reprochó  haber señalado  la complicidad  de su tío, Vicente Massot, con la dictadura de 1976. “Estoy muy orgulloso y agradecido de la familia a la que pertenezco” afirmó y descalificó a sus pares por la utilización política de sus historias como hijos de desaparecidos. Cabandie le respondió que hacía responsable a los Massot por la desaparición de sus padres pero que no trasladaba esa responsabilidad a su persona.  A su turno Pietragalla le advirtió “te estás metiendo en un lugar muy sensible, mis abuelos se murieron golpeando las puertas de políticos como ustedes y no me llegaron a conocer”.

El duro intercambio verbal entre los diputados regurgitó con sangre la verdadera grieta de nuestros últimos 40 años. Niños de entonces, adultos de hoy haciéndose cargo de sus respectivas historias volvieron a disputar el presente de una Argentina que camina chueca y con paso dolido.

Pero no todo es lineal y predecible. En junio de este año, en una de las tantas manifestaciones realizadas, se pudo ver por primera vez una bandera en la que se leía Historias desobedientes. 30 mil motivos. Hijos e hijas de genocidas por la memoria, la verdad y la justicia. Un colectivo formado por hijos de criminales acusados y condenados por delitos de lesa humanidad. En su sitio web se lee “Somos historias impensadas, inéditas, inesperadas… sabemos del horror del terrorismo de Estado… nuestros padres fueron parte de los delitos más aberrantes que haya conocido la humanidad”. Su objetivo es colaborar con la justicia y esto los ha llevado a presentar un proyecto para reformar el código procesal penal en sus artículos 178 y 242 que nulifican la posibilidad de que los hijos denuncien a sus padres. Su propuesta es derogarlos para crímenes de lesa humanidad.

“Nos impusieron un mandato de silencio y la legislación penal tiene ese mismo mandato” dice Pablo Verna, quien escuchó más de una vez a su padre -Julio Verna médico y capitán del ejército- jactarse de los vuelos de la muerte en los que participaba como anestesista en  el Centro clandestino de detención de Campo de Mayo donde se estima desaparecieron unas 5.000 personas. Desobediencia liberadora la de estos hijos frente a la obediencia debida de sus padres.

Al saber de estas historias recordé la película Kaos de Paolo y Vittorio Taviani. Una obra compuesta por cinco relatos del escritor y dramaturgo Luigi Pirandello. Uno de ellos narra la vida de una madre que lamenta la ausencia de dos de sus hijos que la han olvidado al tiempo que desprecia la atención de un tercer hijo, bastardo, nacido del criminal que degolló a su esposo y la violó. Ese hijo en cuyo rostro ve al asesino se ha quedado a su lado para atenderla y cuidarla. Un acto de reparación frente a un pasado del que no es responsable pero conoce; y por saber de él intenta revertir sus trágicas consecuencias.

Hay desobediencias que llegan para reparar un agravio, hay otras en cambio que vienen a producirlo. Representantes del pueblo sancionando una ley que perjudica los intereses de sus representados es desobediencia al mandato popular y obediencia debida al Príncipe. Razones que sonaron a excusas fueron escuchadas de cada uno y cada una de esas diputadas que cambiaron su voto por promesas amarillas.

Obedecer mandatos o no hacerlo, repudiar herencias o aceptarlas, cuestionar tradiciones y elaborar las propias hacen a la vida histórica individual y colectiva. Cada quien elije qué hacer con el pasado y el presente pero con ello, irremediablemente, prefigura su futuro.

Fuente: Va Con Firma