por Carlos Chaneton * –

Si lo que pretenden es la refundación por derecha de un nuevo régimen económico, político, social y cultural, no es Macri y Cambiemos la dupla ideal para semejante cometido, pues se trata de un cometido de envergadura histórica, y Macri, francamente, para la inmortalidad no califica.

Nuestros héroes y antihéroes, desde unitarios y federales en adelante, han lucido espesor ideológico, inteligencia despierta y temple y carácter como atributos del espíritu, más allá de cómo nos caiga cada uno de esos arquetipos. Además, nadaban a favor de la corriente de los asuntos públicos a nivel internacional. Libre comercio, cuando todos practicaban el libre comercio, incluso -o principalmente- las potencias. Proteccionismo, cuando todos -o casi todos- se cerraban. Belgrano puso en blanco sobre negro -antes de 1810- lo que después desnaturalizó Rivadavia. Roca hizo su parte para que Mitre completara la suya y así alumbró el Estado nación argentino. Y un oscuro Agustín Justo tuvo en Federico Pinedo, fundador de una familia, a un apóstol del país ganadero y agrícola y a un enemigo de la industria. En todos los casos, eran los vientos que soplaban en el mundo.

Hoy, quien desea apertura e intercambio debe tomar nota de los datos duros que arroja la coyuntura mundial. Porque, incluso resignándose a una economía primaria, la Argentina no encuentra a nadie en la fría desolación del mundo globalizado. No renuncia Francia a subsidiar a sus productores rurales y pone el último clavo en el ataúd del acuerdo Mercosur-Unión Europea. La reunión en Buenos Aires terminó en fracaso disimulado piadosamente por el periodismo militante de derecha de la Argentina. Sanciona Estados Unidos legislación impositiva eximiendo a las grandes empresas del pago de impuestos y garantizándoles, de ese modo, un excedente que debería fomentar el trabajo local ratificando el eslogan América First que Trump, sin rubor,  todavía agita. Ni Europa ni EE.UU., entonces, están en sintonía con la Argentina. Sólo el FMI se acuerda de nosotros y es para correrle el arco al gobierno cada vez que puede, y puede seguido. No habrá inversiones hasta que… y aparece una exigencia nueva.

Nunca habrá inversiones buenas, puras y limpias (que son las que provienen de nuestro bienamado Occidente) porque a nadie le conviene trabajar el doble en la producción cuando la renta financiera está más o menos asegurada trabajando menos o nada. Y el que se muestra dispuesto a invertir (EE.UU.), lo hace en su propio país para darle trabajo a su propia gente y es harina de otro costal saber si le irá bien o no. A nosotros, argentinos, nos debe importar que, desde allí, no vendrá ni una moneda. Y el único que invierte en serio y en la economía real y más allá de sus fronteras, es un país soberano al cual no podemos recurrir porque los no soberanos somos nosotros, y como ese país opera en el cuadrante geoestratégico opuesto a la hegemonía mundial estadounidense, nuestra propia falta de soberanía nos ata de pies y manos para decirle a los chinos (que de ellos se trata) vengan e inviertan en línea con el pensamiento Xi Jing Ping definido en el último IX Congreso del Partido Comunista. Con China nos animamos a poco porque mucho sería cambiarnos de bando a escala mundial. Cipayismo, que le dicen.

No hay reducción de gastos en el Estado porque no hay economía real creciendo y creando empleo para absorber la desocupación que implicaría el ajuste estatal. Para el 2018 ha sido postergada una reforma laboral que sólo significaría -de ser aprobada, lo que hoy es dudoso- menos salario y más precarización para los trabajadores y mejores tasas de ganancia para los empresarios, todo ello a cambio de nada, pues ninguna inversión se hará presente aquí por lo ya dicho.

Una derrota categórica de la clase obrera y del pueblo argentino, sin atenuantes y acompañada de una desmoralización y de un desarme organizativo que signifique paz social por cien años es el único escenario atractivo para inversores de Europa, Estados Unidos o Japón. Y no por deseo incumplido, ese cuadro deja de ser una aspiración del gobierno de la derecha argentina. Pero, por ahora, van despacio y no al ritmo que exigen irresponsables como José Luis Espert.

Si bien se mira, el “gradualismo” de las políticas antipopulares de Macri no obedece a ningún sentimiento piadoso de un hombre ajeno a toda emoción que no sea la que causa el dinero, sino a los límites políticos que encuentra el gobierno para descerrajar sobre la sociedad toda la parafernalia ajustadora del recetario neoliberal. Y esos límites políticos se insinúan como presencia evanescente y fantasmal pero amenazante y a la que se procura conjurar con la calumnia y la persecución: se trata del retorno de lo “populista”, sea que parezca cobrar nueva lozanía bajo el tándem Cristina-Kicillof -como se preformó el fantasma en la última batalla contra la reforma previsional- o bajo cualquier otro formato.

Pero al kirchnerismo le ocurre lo que ocurre con el deseo de Antígona. Se trata de un deseo inasimilable, pero no por la dialéctica como dice Derrida que pasa con la hija de Edipo, sino por el sistema. No es que el kirchnerismo sea inclasificable (porque ya se lo ha clasificado: es populismo), sino que es irrecibible dentro del sistema. Deviene, cada vez más, formación espectral. El kirchnerismo, además de populista, admite, en la frenética alucinación de la derecha, otra clasificación: es el elemento excluido del sistema.

Preguntas para militantes kirchneristas: ¿no es acaso, siempre, un elemento excluido del sistema el que asegura el espacio de posibilidad del sistema?  ¿Cómo se deja de ser el elemento que asegura la posibilidad del sistema? ¿Existe voluntad política para dejar de ser el elemento que asegura la posibilidad del sistema?

(*) Abogado, periodista, escritor.

 Fuente: Va Con Firma
Imagen: Edipo y Antígona – Per Wickenberg