por Alejandro Ippolito –

La derecha no tiene líderes, sus líderes son los mercados, los intereses particulares de unos pocos expresados por títeres momentáneos.
Por eso están siempre dispuestos, siempre presentes, porque trascienden los tiempos a las órdenes de una única identidad que es la que otorga el dinero.
A los personalismos que imponen los gobiernos populares, que rara vez ocurren, se oponen las estructuras de mercado, mucho más sólidas y duraderas.
Por eso nuestros principios son tan fundamentales como endebles, nuestro sustento ideológico está más trabajado, implica una tarea cotidiana de confrontación y debate, décadas de teorías y luchas internas.
La ideología de la derecha responde de manera simple al principio fundamental del egoísmo, no es más que eso, la del ser individual y el imperio del mérito personal que justifica cualquier medio.
La derecha es más sólida porque impone la razón del ser, la subsistencia. Obedece al reflejo inicial de nuestra vida, el de succión, el ser que se aferra a la existencia tomando de la madre aquello que lo nutre y lo protege. La derecha no hace otra cosa que avanzar a pesar de los terrores, ignorando el sufrimiento de los otros porque solo la propia satisfacción es la que cuenta.
Para nosotros la patria es el otro, para ellos hay virtud en el egoísmo.
Es un desequilibrio primigenio y ancestral, la lucha de clases no es una lucha externa sino que se corresponde con lo más esencial del ser humano. La derecha no tiene líderes sino representantes de los mercados, no tiene amigos sino socios, no tiene políticos sino empresarios.
Por eso resulta tan difícil instalar la posibilidad de un lugar para los marginados, por eso enseguida se los tilda de vagos, de improductivos, de inútiles, con etiquetas que se corresponden más con el dialecto de los bancos.
El otro es el que malogra mis impuestos, el otro es el que me amenaza con su presencia, el que se roba el producto de mi esfuerzo, el que pretende su salud, su abrigo, su educación a costa de mi sudor bíblico y sacrificado.
Para la derecha el otro no es la patria, porque no hay patria posible sino multinacionales, el concepto de país, de soberanía, es para los pobres, porque para la derecha todo es negociable.
La derecha anula la sensibilidad humana a través de un inteligente control de los mensajes, para que la gente opere en contra de sus propias vidas y en favor del interés de una minoría que es la dueña de todo lo que existe.
Por eso resulta trabajoso lo evidente, por eso cuesta tanto convencer a los demás de que no abracen tiernamente a sus verdugos, por eso los gobiernos populares surgen muy de vez en cuando encendiendo la ira de los capitales sanguinarios y concentrados.

Y es por eso también que a la derecha le resulta imprescindible la ignorancia de las masas.