por Marta Dillon –

La muchacha, la sierva, la chica que trabaja en casa, la mucama, la empleada, la doméstica (sin decir empleada), la muqui, el servicio, la sirvienta, la criada, la que cocina –menos que la cocinera–, la que limpia; siempre con el artículo adelante, para señalar género y siempre un poco infantilizada, al punto de ser considerada parte de la familia pero parte de la familia que recibe órdenes. El repertorio para designar a las trabajadoras de casas particulares es tan amplio como el abanico de tareas que realizan a diario y ni siquiera es suficiente, si se presta atención se notará un leve trabalenguas a la hora de nombrar a estas trabajadoras hasta terminar en un “tocá el timbre que si no estoy te abre Susana”, que para eso está.

Lavan, planchan, cocinan, cortan el pasto, le sacan las palomas a los calzoncillos del señor, saben cómo hacer dormir al bebé, mienten en nombre de los o las adolescentes de la casa, esperan a que la familia termine de cenar para poder retirarse, se despiertan antes que los patrones para poder tenerles el desayuno listo y, por supuesto, están en la puerta de la quinta para abrirle el portón al señor de la casa antes de que él llegue a parpadear bajo amenaza de ser insultada –aunque la palabra “puteada”, sería más apropiada ya que el ministro de Trabajo, Jorge Triaca, poco sabe de qué sensibilidades podría herir con sus diatribas sexistas, no pidamos tantos.

Es curioso, pero en nuestro país, sigue existiendo el trabajo “cama adentro” –otro eufemismo para no hablar de expropiación del tiempo libre– y son las familias más adineradas las que echan mano de este “recurso” y, créase o no, pagan los sueldos más bajos porque los completan con las cuatro comidas y la ropa de marca que heredan de las señoras de la casa. Basta para comprobarlo llamar a cualquier agencia de empleo de las que abundan en los barrios de la zona norte de la ciudad de Buenos Aires o preguntarle a cualquier mujer en el colectivo, con muy altas chances de que alguna conteste en primera persona ya que el 20 por ciento de las mujeres que trabajan están empleadas en casas particulares aunque siete de cada diez no estén registradas como trabajadoras y por lo tanto no tienen obra social ni aportes jubilatorios –ni chances de entrar en una moratoria provisional porque la reciente reforma las aleja todavía más de un descanso con ingresos mínimos.

Es la división sexual del trabajo, estúpida, podría decir con razón una feminista cualquiera para explicar porque un ministro que dice combatir el empleo no registrado no cumple con las generales de la ley que se sancionó en 2013     –un triunfo para las mujeres trabajadoras y una herramienta para anotar del lado de las conquistas de género– para inscribir y hacer los aportes correspondientes al personal de casas particulares. Es que aun cuando la ley obligue, el trabajo doméstico es algo invisible, denostado, no categorizado y encima hay que hacerlo con amor –o a palos–; por algo a estas trabajadoras se las considera “parte de la familia”, al menos hasta que dejan de ser útiles o llegan tarde. Ahí es cuando serán miradas con desconfianza y acusadas de haberse quedado con las joyas de la abuela. ¿Y los insultos? ¿Por qué deberían llamar la atención? ¿No entrarían en esta misma lógica? Por supuesto, el ministro lo explica muy bien: son “exabruptos”, parte de un “diálogo personal” que además no “condicen con mi manera de actuar” y bla, bla, bla. Pero, diría la misma feminista, lo personal es político, estúpido; perdón, señor ministro.