por Emiliano Guido-

El próximo miércoles comienza el recargado y significativo calendario electoral latinoamericano 2018. El 24 de enero tres jueces de Porto Alegre decidirán en segunda instancia si mantienen firme la polémica sentencia por supuesto lavado de dinero fijada por el mediático juez Sergio Moro contra el actual candidato presidencial Luiz Inácio Lula Da Silva, favorito en todos los sondeos. Los magistrados João Pedro Gebran Neto, Leandro Paulsen y Victor Laus del Tribunal Regional Federal 4 se verán las caras ese día desde muy temprano, sopesaran jurisprudencia, releerán el expediente y, finalmente, sentarán postura en una causa judicial que podría poner a Lula tras las rejas y con ello convertir la elección brasileña en un acto cívico maniatado por el Poder Judicial.

Por esos motivos, una votación de tres personas parecería ser tanto, o más gravitante, que otros comicios generales donde los latinoamericanos decidirán en las urnas al próximo presidente de México, Colombia, Paraguay y, naturalmente, Brasil. Precisamente, para alertar sobre la posible proscripción de Lula en los comicios un petitorio regional suscripto por cuatro ex Jefes de Estado sudamericanos –la argentina Cristina Kirchner, el uruguayo José Mujica, el ecuatoriano Rafael Correa y el colombiano Ernesto Samper– y varias personalidades artísticas viene advirtiendo que una “Elección sin Lula es un fraude” y que el proceso judicial contra el referente trabalhista tiene tanto sustento real como una obra del célebre escritor brasileño Jorge Amado; es decir, que se trata de una ficción, aunque del género político en este caso.

De esa manera, el futuro político de la mayor economía de la región está evidentemente en manos de un tribunal de provincias. Todo Brasil lo vive con el pulso batido, como si fuera un partido del Mundial de fútbol. Desde Fortaleza a Río Grande do Sul, y desde el Mato Grosso al litoral atlántico, los ciudadanos del gigante sudamericano se aprestan a seguir el veredicto ao vivo, ya sea por la pantalla televisiva o en las mismas calles adoquinadas de Porto Alegre, donde tanto el Partido de los Trabajadores como la coalición civil Movimiento Brasil Libre –de gran protagonismo en la oposición al gobierno de Dilma Rousseff– prometen grandes movilizaciones. Ante la desmedida expectativa política y social cobrada por la deliberación de los jueces gaúchos, una columnista del influyente diario Estado de Sao Paulo, la periodista Eliane Cantanhede, preguntó lo siguiente en su última publicación: “¿Esto es un juicio, un carnaval, un circo o una guerra de guerrillas? Lamentablemente, cuanto más se acerca el juicio, más el tribunal muestra su nerviosismo”.

 

Lula se tiñe de rojo

En su primer mandato presidencial Lula llegó a ser una de las estrellas del Foro Mundial de Davos, la cita de negocios que comienza, precisamente, la próxima semana. Las celebrities del mundo offshore y los capitanes de la tecnología líquida solían reservar una silla de los paneles para escuchar en boca del tornero paulista cómo construir un gobierno atento a la demanda de negocios y a la demanda social. También, claro, en esa primer temporada de Lula en el Planalto, el dirigente oficiaba como orador de barricada en el Foro Social de Porto Alegre. Lula brillaba en partidas simultaneas disímiles: las finanzas y los movimientos sociales le rendían pleitesía.

Los años pasaron, y el modelo distribucionista win-win acuñado por Lula en Brasil –todos los deciles de la población vieron mejorar sus ingresos en esos años– comenzó a ser mal visto por la élite local. Fundamentalmente, los generales multimediáticos de la red O Globlo y los ejecutivos de las multilatinas que acrecentaron la exteriorización de sus activos gracias a la diplomacia lulista Sur/Sur (la constructora Odebrecht, la cerverera Inbev, la petrolera PetroBras, la empresa de alimentos JBS, entre otras) modificaron su relación con el trabalhismo a partir de la asunción presidencial de Dilma Rousseff. Precisamente, fueron los propios gerentes de Odebrecht o PetroBras quienes intentaron reducir su pena en causas por corrupción ventilando secretos sucios del lulismo que se tradujeron en tratamientos mediáticos cruentos, procesamientos judiciales sospechosos y hasta un impeachment presidencial rocambolesco.

Lo cierto es que, en los últimos meses, Lula mostró mucha fibra en un prólogo de campaña que comenzó por el nordeste, corazón de la patria lulista. El ex presidente se ha dejado retratar en fotos donde se lo ve danzando y moviendo las manos junto a adolescentes al ritmo del hip hop brasileño, anudarse en un abrazo ovillado por otros abrazos cada vez que hace añicos el protocolo durante sus giras, o hacer ejercicio físico por la mañana con una musculosa flúor naranja. Pero, además, Lula 2018 parece tener otra energía política y, sobre todo, un nuevo tono programático, más en línea con el Foro de Porto Alegre que con el Foro de Davos.

El diputado trabalhista por Porto Alegre, Adao Villaverde, explica a Nuestras Voces el cambio de Lula en los siguientes términos: “Lula ya advirtió que no repetirá las alianzas fallidas con el empresariado desarrolladas durante sus dos mandatos. Porque desde el PT creíamos necesario un diálogo táctico con el sector más nacional de las corporaciones, y lo seguimos creyendo estratégico, el problema es que debimos y debemos hacer un filtro más selectivo en ese diálogo. Mucha de la casta empresarial enriquecida con Lula, activa en el impeachment contra Dilma, y hoy dispuesta a la firma de un pacto comercial con Europa, no tiene nada de nacional. En fin, desde el Partido de los Trabajadores estamos convencidos que, si llegamos nuevamente al Planalto, debemos encarar reformas más estructurales de la economía. Tanto en la agenda del derecho a la tierra, en el capítulo financiero y, por supuesto, en la cuestión tributaria, un campo donde reluce muy fuerte la desigualdad en mi país”.

 

Un crimen sin cadáver

Un departamento tiene en vilo a la política brasileña. El juez Sergio Moro asegura que la empresa constructora OAS regaló a Lula el triplex 16-4 del Edificio Solaris, ubicado en el balneario paulista de Guarujá,  para que el ex presidente le facilitará licitaciones públicas cuando era mandatario. Un artículo de Paulo Moreira Leite, director del portal Brasil 247, recordó el último lunes que ese inmueble sigue estando inscripto en los registros inmobiliarios de San Pablo a nombre de la constructora OAS. Por ese motivo, Moreira Leite tituló su editorial sobre el procesamiento de Lula de la siguiente manera: “Juzgan a Lula por un crimen sin cadáver”.

Incluso, el columnista de La Nación Carlos Pagni reconoció a medias tintas el poco republicano encuadramiento entre el Tribunal de Porto Alegre y el juez Moro en un artículo publicado en el diario madrileño El País, donde el ex jefe del ministro de Hacienda Nicolás Dujovne en la señal TN suele discurrir sobre temas regionales: “La prensa brasileña examina los antecedentes de los tres jueces gaúchos en busca de algún detalle que prediga su comportamiento. El único indicio, muy brumoso, es que João Pedro Gebran Neto, el responsable del caso, tiene una relación cordial con Moro, que se refleja en mutuas dedicatorias de trabajos académicos”.

Otro dato llamativo del proceso contra Lula es su celeridad, la burocracia jurídica brasileña parecería querer perder peso para correr en sincronía con el calendario electoral. “La rapidez del proceso contra el líder de la izquierda brasileña, desarrollado en un plazo fuera de lo común, ha sido destacada por los principales medios de comunicación locales. Según cálculos de Folha de São Paulo, solo dos juicios por corrupción se tramitaron en menos de 150 días, en 2017, mientras que el de Lula está llegando a la segunda instancia, en solo 154. El plazo entre la condena en la primera fase y la segunda, de 42 días, también es considerado un récord en la causa Lava Jato, en la que el promedio de los procesos ha sido de un año”, enfatiza la colega Verónica Goyzueta de la revista latinoamericana Nueva Sociedad.

Por su peso económico, la elección del vecino país siempre es vista como propia por toda la región. La frase es conocida: si Brasil estornuda, la región se enferma. Pero, además, los nuevos brotes populistas de Lula, por ahora narrativos, pero con visos de cobrar robusteza, encienden alarmas en las castas sudamericanas. El desafío parece estimularlo a Lula. El analista regional Juan Manuel Karg lo sintetizó muy bien en un posteo suyo ilustrado con una imagen de Lula entrenando por la mañana: “Venció un cáncer. Lo condenó un juez en primera instancia. Le hicieron un golpe a su partido. Se le murió su compañera de vida. Podría haber tirado la toalla, recluirse, pero sigue batallando”.