por Fernando Barraza-

01) Posverdad son los huevos

Basta de “posverdades” ¡por favor! ¿De qué carajos estamos hablando cuando repetimos “posverdad aquí”, “posverdad allá” en cada charla seria sobre política y sociedad? ¿No estaremos un poco pagados de nuestra propia seguridad al usar todo el tiempo el término “posverdad”, convencidos de estar evaluando científicamente lo que nos pasa, cuando en realidad estamos copiando la lengua del amo y pegando directamente en nuestras bocas un término que -en un sentido práctico, útil y hasta atractivo-  el poder usa para legalizar la mentira?

Madurando un poco las cosas, no es difícil darse cuenta de que una mentira disfrazada de verdad es ni más ni menos que eso: mentira. Y punto.

Eso que ellos llaman posverdad es mentir. La mentira aplicada con vehemencia y mucha organización sigue siendo una posibilidad de lujo para imponer hegemónicamente un modelo de vida que nos despelleja pero nos hace parecer todo muy “razonable”. Y no es algo nuevo, desde el 476 después de Cristo, cuando en medio de una dura guerra civil, el imperio romano –casi acabado como organización política dominante- acusaba de “brutal general bárbaro” al sublevado Odoacro, joven caudillo que poseía la ciudadanía romana, detentaba el título de “magister equitum” y había luchado con honores en las legiones del imperio durante años; hasta nuestros días, en los que los medios masivos de comunicación ponen en primer plano la historia de Sandra Heredia diciendo que “no fue la empleada de Triaca” cuando sí fue la empleada de Triaca, despedida bestialmente y mantenida en negro .

La gran pregunta que sobrevuela tras visualizar claramente estos mecanismos aplicados una y otra vez a través de los tiempos es: ¿después de tantos siglos de haber asistido a ese modus operandi, no hemos aprendido a contrarrestar el efecto social destructivo que la legalización de mentiras repetidas al unísono por los poderosos tienen en nuestras comunidades? La respuesta es No. Creo que usted ya sabe eso ¿verdad? Dígame si exagero…

02) Las distintas fases por las que pasamos

A ver, pensemos juntos un rato. A esta altura del “macrato” (¿acepta en el universo de esta nota llamar así a la actual gestión del Estado Nacional que la mitad más uno de la sociedad puso en el poder?), con todos estos meses intensos que han transcurrido, quienes no estamos de acuerdo con:

a)      El curso que han tomado los asuntos relacionados con la distribución de los bienes económicos del Estado en favor de un puñado de grupos concentrados, ultra-millonarios.

b)      La falta de garantías y derechos sociales, laborales y constitucionales en los que nos han sumergido mediante el uso de la propaganda y las fuerzas represivas del Estado.

c)      La validación filosófica, social y hasta espiritual que se ha hecho y se hace del individualismo y la meritocracia para anular las ideas comunitarias, solidarias y de construcción colectiva.

Nos encontramos en una encerrona de la que pareciera no podemos salir.

Los primeros meses del macrato nos han puesto a despotricar furiosamente -o con tristeza infinita- contra las figuras destacadas del gobierno: Macri, Bullrich, Larreta, Peña, Vidal, Carrió, Aranguren. Y la lista sigue. Todos ellos nos dieron algún motivo diario (porque hay que reconocerles que son tenaces para lo odioso y antipopular) para esgrimir puteadas en su contra. Siempre ellos a contracorriente del pueblo, a favor de sus propios intereses endogámicos y nosotros a las puteadas limpias.

Año más tarde, con un resultado electoral que les fue favorable, entendimos que esa furia declamativa que profesábamos en asados y redes sociales -en un sentido práctico- no era muy conducente que digamos, entonces entramos en una nueva faceta del pensamiento socio político: nos olvidamos por un rato de “ellos” y comenzamos a analizar minuciosamente qué grado de participación teníamos “nosotros”, como sociedad, para que ellos sigan allí, tan encaramados.

Este nuevo período  trajo decenas de interesantes artículos publicados en medios de comunicación contra-hegemónicos, todos ellos escritos por plumas avezadas y certeras como las de Mempo Giardinelli, Nora Merlín, Mario Wainfeld, Susana Vellegia, Fernando D’addario, o plumas locales destacadas en nuestro  Va Con Firma, como la implacable Beatriz Gentile o el siempre asertivo Osvaldo Pellín. Estos editoriales comenzaron a describir teóricamente el fenómeno social que todos ya estábamos palpitando: el “cómo” y el “por qué” que hizo que el grueso de los votantes -la clase media o los estratos sociales más marginados- sostuviera y defendiera este plan de exclusión, ya sea con sus votos o aplicando cotidianamente (en la vida real y en las redes sociales) cierto respaldo ideológico que favorece a la continuidad del modelo.

Ahora, a juzgar por los acontecimientos relacionados con más decretazos, más aumentos de tarifas y con la gendarmería en los hospitales apoyando despidos masivos, parece que esta interesante segunda fase analítica que emprendimos puede estar llegando a su propio cuello de botella dentro de muy poco, viendo y considerando como se mueven algunas piezas en el tablero nacional y provincial, no todo se puede explicar con esta segunda mirada. Decime si exagero…

Pongamos un ejemplo: los tres últimos editoriales de Mempo publicados en Página 12 terminan con el autor mandando prácticamente a la mierda a la clase media, a aquellos que no se quieren dar cuenta del daño social que nos están causando a todos con su comportamiento de quietud y su desentendimiento social casi zombi. Podríamos tomar este legítimo enojo del maestro Giardinelli con sus compatriotas (el mismo que por ahí sentimos todos en alguna hora del día) como una suerte de termómetro que nos esté hablando sobre el probable final de esta etapa de razonamiento analítico en el que ya detectamos que la masa votó de manera “rara y perjudicial” (por usar eufemismos) y estamos dispuestos a mandarlos a la mierda a todos. Eso -nuevamente en un sentido práctico- no está nada bien.

“Bueno, entonces ¿ahora qué?” se preguntarán todos ustedes. Pues ahora bien podríamos pensar en lo que sigue.

Ya puteamos a quienes consideramos los responsables directos de la catástrofe (funcionarios y medios hegemónicos), ya evaluamos que grado de responsabilidad tenemos socialmente en la construcción de la permanencia en el poder de estos personajes… ¿qué tal si ahora salimos a buscar la manera de hablar con cierto grado de efectividad con los que consideramos que la están pifiando al votarlos o defenderlos?

Imaginemos entonces, por favor, una serie de acciones al respecto.

03) El tres por ciento del cien

Si la mayoría de los que están leyendo este artículo pertenecen al “mundo adulto”, asumamos entonces que los adultos somos de basar nuestra comunicación efectiva en construcciones argumentales que entienden y respetan con claridad dos cosas fundamentales: Las razones del otro (el universo de sus ideas) y el estado de ánimo del otro (la posición anímica en la que se encuentra la persona con la que vamos a hablar). Asumida esta responsabilidad empática, la gente adulta sabe “cuánto” y “cómo” tiene que hablar con el otro, intenta manejar “adultamente” esas cantidades y esas coordenadas, la persona dedicada sabe cuan explícita será la “bajada de línea” que lleve a cabo durante su conversación, o cuánto de simple sugerencia tendrá que haber en su discurso para no espantar ni enfrentar inútilmente al otro; o cuánto de efecto casual (actitud “perro que volteó la olla”) hay que aplicar para que el otro vaya, abra la puerta de la idea que le hemos señalado y vea con atención lo que nos interesa mostrarle.

Este camino demanda pragmatismo de nuestra parte. Y no se me asuste con la palabrita, porque un sujeto social (usted, yo) es ideológico, pero también es acción y práctica, así que no le temamos a la puesta en marcha del pragmatismo.

Para arrancar, amigas y amigos, demos el primer paso con el siguiente trabajo práctico: entre a su cuenta en Netflix. Si no la tiene, pida una prestada (no es tan complicado). Busque en el índice de novedades, dele click y siéntese durante algunas noches para ver los ocho capítulos de la primera temporada de “3%”, una superproducción de ciencia ficción hecha en Brasil, que cuenta la futurista historia de un grupo de jóvenes que pertenecen al 97% de la sociedad empobrecida, embrutecida, marginada y totalmente controlada que llega hasta las puertas de un “cuartel/albergue” comandado por el 3%, que vive de manera diametralmente opuesta en una “ciudad/isla” aislada por completo del grueso social. El cometido final es que, de todos los jóvenes que llegan hasta el cuartel, solo un 3% pase “al otro lado” (SIC) y puedan así acceder (pertenecer) a los privilegios de vida de la casta minoritaria. Para esto tendrán que rendir un número importante de cuestionables pruebas en un certamen al que los poderosos llaman “el proceso” (recordemos, por favor, que “proceso” es un término que, por sugerencias de la CIA, todas las dictaduras latinoamericanas de los ‘70’ y ‘80 usaron para auto-nominarse). En este recorrido argumental asistiremos, capítulo a  capítulo a los discursos miserables de “pos-verdad” repartidos por los coordinadores del proceso a los jóvenes marginales y –también, aclarémoslo- a las contradicciones en las que incurren los participantes al comprobar cómo se los está vejando y –aun así- defender el sistema de exclusión y falsa inclusión que los está ahorcando. En la serie está bien pero bien presente lo que la socióloga Susana Vellegia llama “El discurso de la tiranía”. Citemos a la autora:

“(la utopía neoliberal)… es congruente con el mito del self made men popularizado por el cine hollywoodense y aludido por el discurso meritocrático y ‘emprendedurista’ -interesadamente naif- de los dirigentes neoliberales. Cada uno es dueño de su destino y si nos juntamos como individuos despolitizados, desideologizados y desconcientizados podremos festejar y ser felices al estilo de los ricos y famosos ilustrados por la revista ‘Hola’

Cada vez que un representante del proceso se dirige a un marginal, le intenta enjuagar la cabeza con todas estas peroratas que mezclan de manera infantil el individualismo con la fascinación boba por el éxito y cierta filosofía religiosa tipo new age. Pero la verdad se abre paso, porque cuando los “Pro-cesistas” se hablan entre ellos, asistimos directa y bestialmente a sus “verdaderos yo”, cargados de racismo, clasismo y espíritu de dominación y control total sobre las personas. Aun a costa de quitar la vida a los demás, por supuesto.

¿Y los pibes por qué les hacen caso a los del proceso?, preguntará usted. Sencillo: porque –como en la vida misma- los pibes ya llegan al proceso con la cabeza lavada sobre lo que significa “pertenecer” y “formar parte”. Por más que sus familias y ellos mismos vivan el cotidiano de sus vidas con la mierda más chiclosa flotándoles a la altura del cuello, hay una mentirosísima promesa de bienestar que han aceptado y convalidan. ¿Sólo es una ficción?

La serie posee la fuerza “enganchadora” que los brasileños detentan desde hace décadas por ser los verdaderos maestros en el apasionante arte del seriado telenovelístico de sus ficciones. En la tira trabajan figuras re populares que la mayoría de los televidentes inmediatamente identificarán por haber visto en más de una novela del prime-time y –cosa muy importante- todo el tiempo el guión se expresa en un lenguaje idiosincrático bien pero bien latino, que te hace sentir una cercanía absoluta con lo que te están contando los buenos y los malos.

Bueno, y ya está, hasta aquí llegamos. No pienso “espoilearles” más la serie. Aquí termina la parte teórica del trabajo práctico que ustedes bien pueden comenzar al terminar de leer la nota.

Vean primero y recomienden después, a todos, esta serie.

Recomiéndensela  a los compañeros y compañeras para que –si están de acuerdo- luego la desparramen, esa es la tarea más sencilla, entre los que estamos de acuerdo no es complicado ponerse de acuerdo. Lo más importante será recomendársela luego a parientes, amigos, compañeros de trabajo y allegados que ustedes vean que por estos días podrían llegar a estar cerca de abrir un poco los ojos a otra realidad que no sea la que les proponen como en misa negra los medios hegemónicos. Pero ojo, eh, en este sentido siempre recordemos la premisa resaltada unos párrafos más arriba: trabajemos siempre el respeto adulto y la empatía, aunque a veces cuesta tanto porque la irritabilidad frente a la mentecatez de algunos está siempre latente.

Si la persona a la que le recomendamos ver la serie está siendo de a poco crítica con lo que nos está pasando, bajemos un poco de línea, por qué no, explayémonos acerca de lo que vemos, interpretamos y valoramos ideológica y filosóficamente dentro de la historia que nos trae “3%”.

Si la persona, en cambio, está en las antípodas y todavía juega con los globos amarillos, adora a la gendarmería, bendice los bailecitos con Tan Biónica, insiste con que Santiago se ahogó solo y siente una tensión erótica importante con la sonrisa “encantadora” de Vidal, no carguemos las tintas, solo invitémosla a ver una serie “re copada”, sin dar demasiados detalles acerca del sino ideológico de la puesta. Insistámosle, pero que no se note.

Piénselo bien, este primer trabajo práctico parece prometedor, porque quizás en este balance entre militancia directa y sentido encubierto de la sutileza que tendremos que hacer al recomendar ésta o cualquier otra obra artístico-cultural que se exprese ideológicamente en nuestro mismo sentido, vayamos encontrando el tono para dar otro paso más en esta batalla cultural que tan agobiados nos tiene a veces, pero que de todas maneras –a veces a los gritos, a veces más calmados- vamos a seguir dando hasta el fin de nuestros días. Como cuesta a veces ¿no? Dígame si exagero…