por Rubén Boggi-

La paralización ha sido de facto. Es originada por la demora –intencional o no- en el nombramiento de cargos indispensables para los trámites burocráticos del Estado. En concreto, desde la sanción y aplicación de la nueva Ley de Ministerios, a fines de diciembre del año pasado, a este fin de enero, le ha correspondido una lenta designación de funcionarios con cuentagotas, sin que en realidad hubiera alguna cuestión política profunda que resolver al respecto, porque en definitiva, quienes han sido nombrados o confirmados, pertenecen todos al elenco estable del Estado emepenista.

En la red burocrática del Estado, esto se traduce con la frase “no hay firma”, cada vez que se pretende llevar un trámite adelante. Así, por ejemplo, se ha congelado de facto el pago a proveedores. Cada repartición que necesita comprar cosas ha visto dificultada su gestión. Esto ha repercutido en servicios primarios del Estado: la policía, el área educativa, la Salud pública. Todo mientras se masculla para adentro y se disimula para afuera, en medio de un desconcierto pocas veces visto, dada la ausencia de conducción política que se ha arraigado como una preocupante señal de enfermedad en el seno del poder que ha administrado el MPN, con breves interrupciones, desde 1962 hasta este 2018 clave.

Omar Gutiérrez se maneja con una naturalidad un poco forzada, en razón del malhumor que enrarece permanentemente el ambiente. Las sonrisas asoman como muecas, y en realidad nadie sabe si hay que festejar porque el petróleo aumenta, o renegar porque sube la nafta y la gente está cada vez menos contenta. La estrechez financiera, que se extiende como una sombra ominosa desde el principio de la gestión allá en el lejano 2015, nunca ha sido algo para celebrar en un partido acostumbrado más al derroche que al ahorro. Lo bueno que se hace respecto del desarrollo de proyectos respaldados en el ámbito privado, tiene como contrapartida lo malo que se adivina en el desparpajo estatal de montar permanentemente relatos que no condicen con la realidad, que es generalmente más amarga que la azucarada versión que pretende venderse.

Los aspectos sociales que necesitan del Estado, y que en Neuquén están acostumbrados al accionar estatal firme, son los más afectados por la rara parálisis inexplicable. El eje del problema más grave es la triste evidencia de que Neuquén lidera el ranking del consumo de cocaína en el país. La respuesta a esta realidad es una alianza con el Sedronar que en sí misma no significa nada más que una buena intención. Mientras se disfraza el drama con eufemismos como el de “consumos problemáticos”, la evidencia es que detrás de cada crimen, detrás de cada hecho violento, detrás de cada accidente brutal en las calles o en las rutas, siempre aparece la cocaína o el alcohol, las dos drogas que, una desde lo prohibido, la otra desde lo permitido, están destrozando la base misma de la sociedad neuquina, en un contexto de educación deteriorada y sin solución a la vista.

El desarrollo cultural y deportivo, presentado como “una revolución”, no ha permitido avanzar un ápice en el combate contra las adicciones y el narcotráfico. Los pibes van a jugar al fútbol a las cada vez más numerosas canchitas de fútbol que el Estado construye, y después del partido se dan con cocaína con la misma frescura con que se tomarían una gaseosa helada. No hay respuestas desde el discurso o desde los hechos derivados de una interpretación liviana. Es falso que el deporte implique necesariamente un remedio. Si alguien tiene alguna duda, que observe la larga historia de drogas en el corazón mismo del deporte de alta competencia.

Paralizar el Estado durante el primer mes del año no ha sido, en este contexto, una buena idea, cualquiera sea su motivación no explicitada. Si bien se adivinan motivaciones mezquinas pensadas en función de la interna del MPN que este año procurará resolver las tensiones de un partido sumergido en el descalabro ideológico, obviamente no alcanzan ni alcanzarán para justificar tamaño despropósito.

En febrero, como cumpliendo un plan que solo conocen dos o tres iluminados, se reactivará la administración y el MPN pondrá en marcha un plan desde el Estado para reelegir en 2019 a Omar Gutiérrez. Paralelamente, se levantará en el mismo partido una oposición que -todavía no se sabe- será grande o pequeña en función de su capacidad de unirse o disgregarse.

En el camino, la realidad, impiadosa, se tiñe de autoritarismo disfrazado de progresismo posmoderno.

Fuente y foto: Diariamente Neuquen