por Marisa Godoy –

Vuelvo a leer la dedicatoria en mi libro y vuelvo a recordar.
Ibas conmigo, Lily.
Durante el viaje a Ecuador ibas conmigo.
Primero, el despuntar de “las tierras fértiles” (lo escribí en aquel post). El alma y el cuerpo repletos de lo inconmensurable. Del oxígeno que entraba a mis pulmones y me hacía estallar.
Luego, la “temporada de lluvias”. Llegué a Borbón en temporada de lluvias.
Te acordás?
Claro, qué ilusa. Cómo no te vas acordar, si lo escribiste:

“Como excepción, un poco antes del comienzo de las lluvias los husihuilkes acopiaban más de lo habitual para poder afrontar los largos días de aislamiento, cuando el mar y la tierra se volvían hacia adentro y el bosque mezquinaba sus bienes. Hombres y mujeres redoblaban sus esfuerzos. Cazaban o hilaban. Amasaban arcilla, curtían pieles y tejían cestos. Unos pescaban y guardaban la pesca en sal, otros secaban frutas. Pero ninguno aprovisionaba para sí otra cosa que lo indispensable.”

Ibas conmigo cuando a cada paso, un cementerio me salía al cruce. Juro que lo pensaba, juro que lo escribí en mi diario de viaje: una señal, una manera de recordarme la muerte. Una forma de decirme que no me desentienda de la vida. Una manera de hacer como Vieja Kush: llevarme bajo el nogal que crece a mitad del camino y decirme, y contarme esa historia de la rama y las manzana nuevas que quieren nacer.

Y así lo escribiste:

“La hermana muerte carga con una tarea que todos comprenden pero pocos perdonan. Sin ella los hombres no mirarían al cielo en las noches claras. Tampoco cantarían. Sin ella, no existirían ni el suspiro ni el deseo. Sin ella nadie en este mundo se ocuparía de ser feliz.”

Luego, la partida de Úrsula, tu maestra.
Y pensé en llamarte ese día. Todo el día lo pensé. Luego, las horas transcurren, llega la noche. Pasa la vida y el gesto no sucede. Pasa la vida y viene el silencio. Llega la ausencia y me deja, nos deja boquiabiertos.

Me deja recordando las señales.
Me deja recordando aquella pluma de oropéndola, que con tanta delicadeza supiste colocar en manos de Thungür.
Y el bosque siempre da señales. Señales que no podemos desdeñar.

Será tiempo de continuar.
Será tiempo de echar, una vez más, a rodar el cofre de Vieja Kush.
Será preciso darle cuatro tumbos completos en noches de invierno y sacar de él las mejores historias. Hacerlas brillar. Hacerlas cantar.

Será.
Será mañana, Lily.