por Eduardo Aliverti –

Hay dos tipos de informaciones contrastables que se destacaron en la última semana. Hubo algunas otras y sobre todo de la esfera judicial, pero quizá esas dos merecen cierta atención especial.

Por un lado, la cifra de inflación correspondiente a febrero ratificó que las proyecciones oficiales de un aumento de precios en derredor del 15 por ciento, para todo el año y aun sin agregar los números turbadores del incremento mayorista, son una fantasía que sólo se sostiene en la invisible de lo bien que estamos. Restan más  impactos de las tarifas de servicios públicos, que para el Gobierno (no) forman parte del nuevo verso estadístico incomprendido por el bolsillo popular: la inflación “núcleo”. O core, según el anglicismo que incorporan los técnicos y colegas macristas para referirse a los precios no regulados y a los no sujetos a factores estacionales. Es decir que si a usted le suben la luz, el gas, el agua, el transporte, la canasta escolar, el tomate o los gastos de turismo, no debe tenerlo en cuenta porque no son core sino unas variaciones de precios que ya se acomodarán cuando las empresas de servicios públicos alcancen el índice de rentabilidad adecuado a valores internacionales y cuando no intervenga ninguna de las cuatros estaciones. Y si usted no lo entiende es que estamos en problemas, como dijo el ministro Nicolás Dujovne, porque significa que no tiene paciencia para esperar las maravillas inevitables que aguardan de seguir por este camino. La prensa oficialista reveló también que algún documento reservado, circulante por Casa Rosada, advierte que lo peor no pasó. La caída del consumo, el déficit del comercio exterior con exportaciones que no repuntan ni piensan hacerlo, la raquítica llegada de inversiones y las grietas incipientes en el bloque dominante, entre los grupos económicos locales y los inherentes al capital financiero, el agro y las compañías multinacionales, trazan una escena deteriorada para que el crecimiento inmaterial se visibilice.

Por otra parte, se conocieron varias encuestas, ampliamente difundidas, según las cuales el presidente Macri ganaría hoy su reelección contra prácticamente todo adversario de un espacio opositor que carece de referentes concretos. No cabría dudar de esos números por el mero apunte de que proceden del universo de consultoras cercanas al Gobierno, o no adversas a él en forma manifiesta. De por sí, algunos de esos mismos relevamientos descubren que el electorado preferiría votar a un opositor en 2019; y que al menos un tercio de quienes afirman esa voluntad  fueron votantes de Cambiemos. Pero como por ahora no sobresale ninguna figura enfrentada al oficialismo, habiendo serias dificultades para juntar los fragmentos peronistas, la cuenta dice que el piso de Macri –un 30 por ciento– sería suficiente porque encima se completa con otras reelecciones aseguradas. Las que hacen prever la tri: Vidal en provincia y Rodríguez Larreta en Buenos Aires, más toda alternativa a trabajar en Córdoba pero que en ningún caso conllevaría sacar los pies del plato oficial. Con eso sobra. Ahí es donde vuelve a aparecer la pregunta, por no decir seguridad a secas, de si el pronóstico pasa por los avatares que sufra el macrismo o, principal e incluso exclusivamente, por lo que sea capaz de articular la oposición.

Para quien quiera encontrarlo, o terminar de verlo, o asumirlo de una vez por todas, el escenario abunda en unas realidades que muestran al Gobierno como lo peor que le pudo pasar a los argentinos sin siquiera –si fuera posible– incorporar la centralidad y aspectos de su política económica. Véanse, si no, algunos pocos elementos de lo que iba a ser el desembarco del republicanismo, la ética personal y la decencia pública que acabarían con la fiesta corrupta del período K. Es decir, aquello en lo que Cambiemos asentó su victoria electoral.

Cómo será de vandálico el accionar de los actores judiciales con mayor peso que, el jueves pasado, la propia Corte Suprema decidió rechazar la habilitación del tribunal designado en las causas principales contra Cristina y dirigentes opositores. Nombramientos a dedo, sin concurso, sin intervención del Senado e ignorando que la misma Corte aún no había permitido el funcionamiento del cuerpo ahora impugnado, todo al solo efecto de que el Gobierno pudiera conformar  tribunales a su sencillo antojo. Tal lo advertido por la periodista Irina Hauser en febrero del año anterior y como lo resaltó en su detallada crónica del viernes, esta operación para colonizar juzgados empezó a desnudarse hace tres meses: fue entonces cuando se aprobaron los nombres de los tres jueces que integrarían el TOF9, y esa es la jugada que ahora la Corte desbarató siendo que además, en la comunidad judicial, “todo el mundo sabía que el Consejo (de la Magistratura, dominado por el macrismo en su mayoría simple) preparaba más nombramientos para las próximas semanas”. Una táctica ya archiconocida, el SPP, que el Gobierno no considera desgastada ni mucho menos. Si pasa, pasa. Mientras tanto, para el miércoles que viene está prevista la reunión constitutiva de la Comisión de Asuntos Constitucionales de la Cámara alta. Allí es donde Cambiemos procurará fijar fecha para discutir el desafuero de Cristina. Está procesada y con la prisión preventiva que pidió el indescriptible juez Claudio Bonadio en la causa pornográfica del memo de acuerdo con Irán, aprobado por el Congreso de la Nación. Gracias a ese adefesio jurídico siguen detenidos Carlos Zannini, Luis D’Elía, Fernando Esteche y Jorge Khalil, más el plus de salvajismo ejercido contra el ex canciller Héctor Timerman. La bancada oficialista carece de los votos para desaforar a CFK, pero lo que importa no es eso sino el show constante al que acaban de caérsele las bolsas de plata que los K mandaban a Santa Cruz y las cuentas que Máximo Kirchner y Nilda Garré tenían en Delaware. Eso también era una mentira atroz, dijeron la justicia local y el Departamento de Justicia de los Estados Unidos.

Fue la misma colega quien, un día antes, reveló la nueva presentación judicial del Correo Argentino, del Grupo Macri, para que le habiliten su reclamo millonario contra el Estado en lugar de pagarle a éste los miles de millones de pesos acumulados como deuda desde 2001. La fiscal Gabriela Boquín había denunciado, además, maniobras de vaciamiento a cargo de las empresas de la familia presidencial controlantes del Correo, Socma y Sideco. En su momento, el tema golpeó fuerte la imagen gubernamental por aquello de que Macri quería perdonarle la deuda al padre pero, poco después, pasó a mejor vida porque el aparato mediático de protección presidencial se encargó del asunto. También fue en PáginaI12, a través de Tomás Lukin, donde se destaparon nuevos datos del entramado offshore del Grupo Macri mediante operaciones con sede en Londres, cuya operatoria financiera (La City, en el argot universal) es base para la expansión de guaridas fiscales por todo el mundo.  De tan lapidarios que son los datos, no hubo respuesta gubernamental alguna excepto que, en el paso de Marcos Peña por Diputados, pudo escucharse que corrupción no son las offshore sino los bolsos de José López, como si las paralelas pudieran tocarse. Y, si de chicanas se trata, como si la suma de los repugnantes bolsos de López no fuesen un vuelto intrascendente al comparárselos con el desfalco estructural al que el macrismo somete las cuentas del país.

No hay circunstancia en que, al saltar las corruptelas y andanzas de funcionarios gracias a unos poquísimos medios locales y proveniencias exteriores, el oficialismo no conteste mediante citas de una pesada herencia que fue peor. Y con el contraataque del palo por palo, desempolvando viejas causas judiciales contra dirigentes opositores tanto efectivos como accidentales. O literalmente inventándolas, con el ardid de notas periodísticas que son un refrito permanente y que sus medios adictos presentan como novedad. Debería inferirse que “la gente” ya está persuadida. Pero la dichosa construcción de subjetividad de que hace gala esta instancia del orden neoliberal impide esa conclusión porque, para empezar, si la respuesta es de resignación al estilo clásico de “robar, roban todos”, “son todos iguales”, “siempre lo mismo”, queda estipulado el discurso anti-política.

Y en ese discurso, los únicos ganadores son las mujeres y hombres de negociados al frente del modelo en marcha.