por Agustín Mozzoni * –

de occidente vienen surgiendo desde hace varias décadas distintas especulaciones inclinadas a comprender la entrada en el “juego” de un nuevo y poderoso actor internacional: China. El llamado “gigante dormido” ha logrado volver realidad las pesadillas de los más reacios nacionalistas y statuquistas del planeta.

Las diversas teorías se han posicionado con la idea de ofrecer recomendaciones políticas para administrar pacíficamente el ascenso de China, pero no han reparado, hasta hace pocos años, en la puesta en órbita de otra potencia rearmada: Rusia.

La Historia enseña que el ascenso de las grandes potencias ha traído consigo períodos de alta volatilidad en el sistema internacional, que más de una vez han desembocado en guerras hegemónicas.

Las teorías, que intentan entender y explicar la actualidad, mencionan la idea de un “cambio sistémico” ante el creciente poder que desde “el otro lado del mundo” vienen ejerciendo dos imperios devenidos en países, China y Rusia.

El desafío intelectual del mundo occidental y occidentalizado, ha reavivado el debate entre las distintas corrientes de pensamiento, ante la pregunta de si es posible convivir pacíficamente en el nuevo escenario internacional, donde dos superpotencias emergen y el poder hegemónico se desvanece.

Es preciso destacar dos puntos históricos que han sucedido en la última semana, para poder hacer base en lo antes mencionado.  La posibilidad de perpetuación en el poder del líder chino Xi Jinping, luego de que el congreso del Partido Comunista habilitará la reelección indefinida, y la contundente victoria electoral de Vladimir Putin en Rusia, que lo lleva a su cuarto período hasta 2024.

Sobre la reelección de Putin, ha sido todo un gesto a evaluar, la felicitación que recibió por parte del primer ministro indio, Narendra Modi, y por el propio presidente chino, Xi Jinping. Este último agregó, “trabajaremos juntos a un nivel superior”. En relación a eso, Unión Europea y Estados Unidos, así como los “educandos” de ambos, han sido “cautos” o directamente han mantenido silencio.

Estados Unidos pretende seguir con su condición de país hegemónico, pero el acontecer de los años ha hecho, que no solo se vea afectado por el llamado “ascenso de los demás”, sino también opacado por su propio descenso, que, de modo similar, arrastró e impactó de lleno en la quietud de Europa.

El comportamiento que ha tenido Estados Unidos en los pocos años que le tocó ser la única potencia global (inmediata pos guerra fría) derivó en una permanente concatenación de focos de conflictos que no logran resolverse y que se arrastran hasta la actualidad, donde se han generado nuevas amenazas, nuevos actores y mayor desequilibrio.

Sería injusto administrarle la responsabilidad de todos los focos de conflictos internacionales a los Estados Unidos, pero más irresponsable sería no involucrarlo, ni tener presente su participación en cada uno de ellos.

El avance clave y estratégico de Rusia y de China, y las varias oportunidades de adaptación que le han brindado a algunos miembros del tercer mundo, o de los llamados países “en vías de desarrollo”, supone una intención de las nuevas potencias de ajustar de manera “pacífica” el planeta a su medida.

Hablar de paz en un sistema internacional anárquico, con más presupuesto en armamentos que en mecanismos de producción de alimentos  supone, cuanto menos, una contradicción.

Si bien los cambios de poder, pueden suponer crisis sistémicas, y las crisis sistémicas, en algunos casos suponen guerras hegemónicas, no es preciso ni responsable aventurarse sobre esa posibilidad. Pero sí existe una necesidad de entender que hay y habrá cambios y revisiones de roles dentro de la aldea global con la llegada de estas superpotencias.

En esas revisiones podrán observarse las influencias de las potencias en determinados puntos del planeta, y las necesidades de seguir manteniendo colonias, o el precio que por ellas se pagará. El problema no estará en los periféricos, salvo que estos, claro, se abracen a los dinosaurios que agonizan.

Ni Rusia ni China comparten los valores de cultura norteamericana, ni logran conquistar, a través de sus idiosincrasias los corazones del llamado “mundo occidental”. Muchos han sido los años en que los Estados Unidos han puesto esfuerzo en llevar la bandera de la “moral universal”, y vale decirlo, con mucho esfuerzo, y muy buenos films, ha tenido éxito.

Ante el surgimiento novedoso de las mencionadas “guerras híbridas”, es preciso entender que los nuevos focos y resoluciones de conflictos no se desarrollarán en el campo armamentístico (solamente). En la era de las comunicaciones, el poder de llegar a las mentes desde cualquier punto del planeta y de diversos modos abre un sinfín de oportunidades.

Oportunidades y desafíos que tanto China y Rusia viene desarrollando desde hace varios años, pero que alcanzan su punto máximo a partir de los recientes sucesos donde, ya no dependerán del tiempo de permanencia en el poder, porque han demostrado que lo poseen y lo controlan.

Confundir a Putin con un Zar o a Xi Jinping con un monarca dinástico, no está del todo mal, si se logra comprender que para analizar el mundo (“no occidental”), no se pueden utilizar teorías occidentales, ni opinables dentro de una cultura foránea.

No es un detalle, que las nuevas teorías políticas discutan a la democracia representativa actual. Una encuesta reciente de  Pew Research Center  sobre 38 naciones occidentales muestra que un 33% de los ciudadanos quieren un presidente sin límite de tiempo y con menor control del Congreso y de los tribunales. El planeta, se está volviendo autoritario a una velocidad inquietante.

A veces, ese modelo de líder fuerte puede verse tentador. Los gobiernos centralizados, y sin límites de tiempo ni de control, permiten tomar medidas rápidas y audaces que pueden dejar a las democracias liberales rezagadas.

Un ejemplo de ello ha sido, aunque resta confirmarlo, la respuesta de occidente al presunto intento de asesinato de un doble agente ruso en suelo del Reino Unido, que se ha limitado a la expulsión de un puñado de diplomáticos.

El gobierno chino no tiene oposición. Por su parte,  Putin, que ha logrado una asombrosa victoria de más de 74% de votos, imposibilitó que su único opositor real llegue a competir en las elecciones. En Rusia y en China no hay democracias liberales, como existen, con sus defectos, en occidente.

Tampoco hay reglas de juego internacionales que obliguen a esos imperios, devenidos en países a establecerlas. Y si las hay, el tiempo y el poder para aplicarlas ha vencido.  Siempre y cuando se presuma que la democracia occidental es la mejor de las teorías de organización de la vida política y social, lo cual vale una lícita discusión.

Las dinámicas de los procesos actuales, y la particular situación de los Estados Unidos gobernada por un multimillonario hombre de negocios, suponen quizá un buen momento para que la comprensión prime sobre la ruptura prematura.

A estas alturas, hay sobrados motivos para suponer que no es una casualidad que Trump haya ganado las elecciones de los Estados Unidos, o al menos, que lo haya hecho sin apoyo del mundo “no occidental”.

(*) Lic. en Gobierno y Relaciones Internacionales.

Fuente: Va Con Firma