por María Beatriz Gentile * –

Hace tiempo que los historiadores abandonaron la perspectiva de la historia militar. No porque las guerras hayan desaparecido sino porque resulta difícil explicarlas sin tener en cuenta la sociedad que las origina, la economía que las activa y la tecnología que las reproduce.

La guerra fue parte central de la narrativa histórica durante mucho tiempo. La fe, la patria, la revolución, la nación justificaron el uso de la violencia contra ‘los otros’ y las sociedades en distinto grado la aceptaron.

Fue en el siglo XX, con el genocidio armenio que lo inauguró y sus dos conflictos mundiales, que esta centralidad comenzó a diluirse. Hiroshima y Auschwitz marcaron un límite. La condena al aniquilamiento de poblaciones enteras y a los totalitarismos del siglo europeo hizo que las generaciones posteriores dejaran de identificarse con la ‘nación en armas’. La guerra dejó de ser vista como un elemento organizador de un orden inestable.

El desembarco de tropas argentinas en Malvinas el 2 de abril de 1982 ocurrió en un contexto de estas características. Una dictadura cuestionada y en caída tomaba la decisión de recuperar militarmente las islas apropiadas por los ingleses en 1833. Pensar que habría un margen de negociación luego de ello era difícil y suponer un triunfo sobre Gran Bretaña, disparatado. El 14 de junio se firmaba la rendición dejando un saldo de 649 argentinos muertos.

Recuperada la democracia nada de lo que ocurrió en esos 74 días pudo ser leído en otro marco que no fuera la condena al régimen militar, al terrorismo de Estado y a las violaciones a los derechos humanos. Para algunos, esto resultó una lectura sesgada.

Fue Alain Rouquie uno de los primeros en llamar desmalvinizaciónal discurso mediante el cual se evitó habar de Malvinas, del colonialismo inglés y por el que los combatientes dejaron de ser soldados para ser considerados otras víctimas de la dictadura. Nicolás Kasanzew – corresponsal que cubrió el conflicto para la televisión oficial de entonces- llegó a escribir “la desmalvinización es una forma de censura, los militares trataron de tapar las miserias de la guerra, la democracia su grandeza”.

La afirmación resulta extrema. La dictadura utilizó la guerra en el más antiguo sentido de “forjar patria”, es decir como dispositivo de cohesión social-moral-nacional frente a su propia debacle. Ahora, la pregunta es si era posible que la sociedad estuviera en condiciones de separar Malvinas como causa anticolonial, de las atrocidades cometidas por los militares.

Como explica el historiador Federico Lorenz las guerras de siglo XX ya no entran en el registro de la épica y la grandeza de las naciones. El análisis se ha consolidado en una matriz pos heroica donde el estudio de batallas y maniobras militares cede ante el interés por las experiencias de los seres humanos comprometidos, por los procesos de duelo, por la brutalización y la violencia ejercida y por las formas en que la guerra incide en los modos de hacer política.

La perspectiva con la que se comienza a estudiar la guerra de Malvinas abre un camino que permite sacarla no solo del registro excluyente del terrorismo de Estado sino también de una narrativa bélica anacrónica. Hace poco se presentó en la región el libro “Mujeres Invisibles” de Alicia Panero que recoge la experiencia de las enfermeras civiles que curaron a los soldados heridos en las islas. Muchas de ellas al volver se negaron a hablar de la guerra porque las vinculaba a la dictadura, hoy lo pueden hacer.

 

Umberto Eco hace unos años estableció una distinción entre las guerras clásicas a las que llamópaleoguerras y las que se vienen librando desde el fin de la Guerra Fría, las neoguerras. Estas últimas ya no tienen un enemigo definido, los ejércitos son mercenarios financiados por agentes privados y quienes se benefician son empresas multinacionales no identificadas con el ‘forjar patria’ de los viejas naciones sino que tienen intereses en ambos bandos del conflicto. Malvinas fue la última guerra de trincheras del siglo XX. Fue de alguna forma la última paleoguerra del siglo.

 

(*) Historiadora, ex delegada de la secretaría de Derechos Humanos de la Nación, decana de la facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Comahue