por María Beatriz Gentile* –

“Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad al pueblo”. Salvador Allende, 1973.

“A partir de ahora, si me detienen seré héroe, si me matan seré mártir, y si me dejan libre seré presidente”. Luis Inacio ‘Lula’ da Silva, 2018

Cuarenta y cinco años después de aquella convicción con la que Salvador Allende adelantaba el desenlace de su gobierno frente al golpe militar más devastador de la historia de Chile, el eco repica en Brasil.

Dos presidentes constitucionales, dos líderes populares, dos momentos de la historia latinoamericana y una misma encrucijada frente al violento oficio de impedir el reparto equitativo de la riqueza.

Es sabido que Capitalismo y Democracia no se llevan del todo bien. El primero solo se siente seguro si es gobernado por quien tiene capital o se identifica con sus necesidades, mientras que la democracia es idealmente el gobierno de las mayorías que no tienen capital ni razones para identificarse con él. Por eso en la escena política se reproduce el conflicto entre quienes pujan por la concentración de la riqueza y quienes reivindican su redistribución.

En los años 80’ la democracia se instaló en las agendas gubernamentales de la regióncomo reaseguro de la institucionalidad jurídica de países donde el pretorianismo había sido la norma. La derrota de los militares carapintada argentinos, el freno a los militares golpistas en Paraguay e incluso la inacción de militares chilenos frente al enjuiciamiento de Pinochet en Europa, puso en evidencia cierto consenso sobre este régimen político.

La revalorización conceptual de la democracia en los años 90’ dejó de lado su dimensión social. Así la expoliación de los recursos económicos y el retroceso en materia de derechos que el neoliberalismo de esos años ejecutó, no tuvo necesidad de hacerse por fuera de los partidos políticos ni abandonar las formas electorales en la selección de gobernantes. Las experiencias dictatoriales estaban aún demasiado cerca en la memoria y sensibilidad latinoamericana

Que politólogos y analistas sociales insistieran en abandonar el reduccionismo economicista para pensar las transiciones democráticas, no evitó que se cayera en el reduccionismo politicista del fenómeno. Como explica Waldo Ansaldi, con esa perspectiva se perdió de vista queel conflicto social es siempre doblemente reivindicativo: su demanda de mayor libertad política va de la mano de su participación en la distribución de la riqueza. Y este es el principal desafío de la democracia latinoamericana.

 

La decisión del Superior Tribunal Federal de Brasil de apartar a Lula de la competencia electoral y arrojarlo a la cárcel sin pruebas, sin justicia y sin derechos tiene que ver con ello.

Lula no fue cualquier presidente ni es cualquier líder circunstancial de la historia brasileña. Fue el primer dirigente obrero en llegar a la presidencia de un país que a su vez fue el último en abolir la esclavitud, recién en 1888. Y fue el que hizo posible que 36 millones de pobres fueran incluidos socialmente, accedieran a la salud y a la educación y recuperaran la autoestima desde el primer día del 2003 hasta el último día del 2010, como escribió Martin Granovsky.

Hoy la amenaza militar no existe porque existen otros actores para inclinar la balanza a favor de las clases propietarias en la puja distributiva. Jueces, fiscales y periodistas reportan como legión romana en la batalla que es cultural sin dudas, pero fundamentalmente sigue siendo económica.

Salvador Allende esperó en el Palacio de la Moneda; institucionalizó su muerte. No lo hizo para ser un mártir sino para enaltecer y reivindicar la política y la democracia como expresión genuina de la soberanía popular.

Lula decidió esperar en el sindicato de Metalúrgicos de San Bernardo del Campo, su sindicato. Porque si la democracia no contempla los derechos de los trabajadores y de los excluidos, entonces lo que está en peligro es precisamente la soberanía popular.

Que nadie se confunda, las venas de América Latina siguen abiertas.

(*) Historiadora, ex delegada de la secretaría de Derechos Humanos de la Nación, decana de la facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Comahue

Fuente: Va Con Firma