por Eduardo Aliverti –

La nueva instancia del golpe de Estado en Brasil es un salto de calidad perversa cuyas conclusiones exceden largamente al vecino.

Es la Derrocracia, como definió de manera quizá insuperable la inventiva de Rep.

El tramposo atajo, de los republicanistas miserables que se escudan en protocolos de apego a la ley, dice que es ilícito hablar de golpismo siendo que se cumplieron reglas constitucionales. Como si no se hubieran apropiado de todos los resortes estatales en su beneficio y como si, en consecuencia, no fuera políticamente legítimo hablar de golpe de Estado. Con el giro, tal vez, de golpe dentro del golpe. No cambia nada de lo sustancial.

Sería equivocado aplicar la figura de los derrócratas sólo a la tragedia brasileña, que cuenta con antecedentes institucionales como los de Honduras, en 2009, y Paraguay, en 2012. Pero en su ejemplaridad golpista, las dimensiones de lo que ocurre en Brasil eran desconocidas y eso no tiene que ver, únicamente, con el tamaño y la influencia del país.

Se trata de El Mecanismo –de relojería– que en lo formal se puso en marcha al iniciarse el proceso contra Dilma y que acabaría con la destitución de la ex presidenta, por juicio político, a raíz de haberse interpretado como “crimen de responsabilidad” la forma de cálculo del déficit presupuestario.

Eso sí que no tiene precedentes en el mundo entero.

Rousseff no fue acusada de corrupta, ni de cerca ni de lejos, ni antes ni ahora, en un país donde parecería que toda su dirigencia política amerita, por lo menos, el rango de sospechosa. El ingenio sí que criminal del entramado mediático-judicial-empresarial-parlamentario (en el orden que se quiera) más, sobre todo o a la par, el ya entonces envalentonado influjo de Estados Unidos, causó una circunstancia decisiva.

De allí en adelante, simplemente era cuestión de saber si, además de impedirle ser candidato como factor prioritario, se animarían a meter preso al político más popular de Brasil por una causa respecto de la que el propio juez interviniente admitió no tener pruebas para condenarlo sino su “íntima seguridad jurídica”. Tampoco hay antecedentes universales de un hecho así, ratificado en las instancias judiciales superiores por otro conjunto de fascinerosos.

Lo hicieron. Metieron preso a Lula. Y al haberlo hecho, cabe una pregunta incómoda, antipática, necesaria desde todo pensamiento crítico que no pretenda agotarse en el asco y la condena por la brutal arbitrariedad que ejecutaron. ¿Acaso puede creerse que tomaron una medida de ese grado barbárico sin calcular que no habría reacción masiva del pueblo, siquiera en forma de algunas minorías intensas dispuestas a ganar las calles?

El viernes a la mañana hubo un dato escalofriante que pasó inadvertido. La cabeza informativa de un despacho de O Globo, consignado aquí por el diario La Nación, acerca de cómo es la celda exclusiva de Curitiba donde Lula deberá cumplir su condena, decía que “la habitación está prácticamente lista” porque “fue refaccionada durante dos meses” a tales fines.

O Globo. El monstruo mediático de escala brasileña que se puso al frente de las campañas contra Lula 2003/2010, Dilma 2011/2016 y otra vez Lula como opositor favorito reconocía tan alegre como bestialmente que el juez Sergio Moro y el espectáculo tribunalicio no eran, en efecto, más que un circo cuidado hasta en sus últimos detalles.

Moro, un magistrado patético con ínfulas de rockstar cuya insolvencia técnica es admitida hasta por la tropa propia, no tardó más que unas horas en ordenar la detención de Lula tras el fallo del Supremo Tribunal. Los medios de la oligarquía brasileña jugaron con que el chico se tomaría al menos una semana para decidir, después de la sentencia. Otra táctica que se reveló obvia, destinada a presentarlo como el héroe al que no le tiembla el pulso. Obvia y de una depravación inenarrable. No perpetran solamente rencor político por lo poco o mucho que Lula hizo en beneficio de los más pobres. Ejecutan también desquite personal.

Tomado desde el 2003 si es por la gestión del ex presidente brasileño y, de paso, por la que inauguró Kirchner, antes Chávez, poco más tarde Evo y Correa, el título era La Venganza Será Terrible. Es.

El sociólogo Atilio Borón, una de las voces más respetadas cuando es cosa de mirar a Brasil, abona que la ruta democrática está clausurada (PáginaI12, viernes pasado) pero sus alertas, insistidas desde toda orientación progresista, no deben ser vistas como si se detuviesen ahí. “No basta con jueces y fiscales (de los que participan en cursos de ‘buenas prácticas’ organizados por agencias estadounidenses) para concretar los planes destituyentes del imperio. Se necesitan periodistas que aprendan y apliquen las malas artes de la mentira sistemática, la desinformación, la fabricación amañada de consensos; pergeñar y manipular a la opinión pública con vistosas ‘posverdades’, y blindar mediáticamente a los gobernantes y políticos amigos para linchar a los indeseables (…) El mal llamado ‘golpe blando’, que en los hechos es una estrategia de destitución de gobiernos progresistas e incluso de aquellos que son tan sólo díscolos ante las órdenes de la Casa Blanca”, requiere también de “legisladores inescrupulosos dispuestos a lo que sea ‘si el precio es el correcto’”.

En Argentina hay aspectos que suenan parecidos, aunque se esté distante de una obscenidad explícita como la que viola al Brasil. Alguien dirá que no hay punto de comparación institucional y puede que le asistan algunas razones, pero habría que discutirlo. La salvajada judicial contra funcionarios y referentes del gobierno anterior, aplicando prisiones preventivas como si fuera un divertimento y, últimamente, rechazadas desde dentro de la misma corporación de magistrados, merece cotejarse. Otro tanto, en particular, sobre el acoso a CFK. Y tampoco hay mayores diferencias –digamos que ninguna– en torno de que la ofensiva tiene a los grandes medios de alcance nacional como punta de lanza.

Carpetazos contra dirigentes y sindicalistas opositores, causas judiciales inventadas, denuncias a la bartola que de vez en cuando implican tragarse medicinas similares sobre las que no (les) conviene profundizar, discriminación violenta en el reparto de la torta publicitaria oficial para percudir a las voces disonantes. Y a la cabeza: ocultar bajo fachadas de transparencia institucional, e instrumentos de propaganda siempre atados al desastre de la herencia recibida, que hay un verdadero Plan Bomba atrás de un endeudamiento casi insólito y de la entrega del país a una banda de negociados externos y locales. ¿Tanta diferencia, antes en lo profundo que en lo formal, hay con Brasil?

Esa cuestión de los decorados, del modo en que se las gastan las elites dominantes, de la soberbia de impunidad con que se exhiben, viene de tener su capítulo especial con la presencia en el Congreso de Luis Caputo. “Ganamos por goleada”, dice la prensa oficialista que dijo Macri y debe creérsele.

Mientras el humo se posó en un dichoso papelito, gracias a una inteligente provocación del macrismo que sirvió para el escándalo capaz de permitirle terminar la sesión, el ministro de Finanzas pudo irse como Pancho por su casa luego de no haber respondido ninguna pregunta de fondo a propósito del offshoreo o, peor, habiendo reconocido que efectivamente funcionó como testaferro. Y todo con la displicencia, por no decir complicidad, de algunos de esos legisladores inescrupulosos que juegan alternativamente a un lado y otro.

En Brasil es la Derrocracia. Por acá podría encontrársele alguna figura no idéntica, pero sí parecida.