por Héctor Mauriño –

Muchos se interrogan sobre lo que nos pasa y no pocos constatan la evidencia de que, esto que estamos viviendo, se parece a algunos momentos vividos de la historia argentina contemporánea pero es diferente a todos ellos. Su singularidad es tal que al cabo no hallan nombre para designarlo.

No hay duda que la autodenominada Revolución Libertadora fue la dictadura “fusiladora”, la que pasó por las armas al general Valle, la de los inocentes acribillados en José León Suárez la del decreto 4161 del ‘56, aquel que prohibía pronunciar los nombres de Perón y Eva Perón.

El régimen que irrumpió a sangre y fuego en 1976 tiene nombre, se llamó dictadura militar y el tiempo permitió apreciar que fue también indispensablemente cívica. De esto ya no hay ninguna duda, mal que les pese a los interesados.

Por contraposición, la autodenominada Revolución Argentina, la dictadura  militar de Onganía – Levingston – Lanusse, aquella que “no tenía plazos sino objetivos”, fue bautizada al cabo de los años como la “dictablanda”.

El nombre no responde a que fuera menos cruel o autoritaria, sino a que el llamado Proceso de Reorganización Nacional alcanzó tal grado de brutalidad, que por comparación aquel totalitarismo represivo y violento de los ‘60 y los ‘70 pareció blando.

A la ignominia y la traición que llevaron al país a la peor crisis de su historia alcanza con mencionarlas por la década. Así, “los ‘90” a secas, o “el neoliberalismo”. Da igual, cualquiera sabe que fue una porquería.

¿Cómo llamar a lo que todavía no tiene nombre? Lo que vivimos hoy es y no es una democracia. Lo es porque surgió del voto, manipulado o no por los medios hegemónicos y el manejo de los ‘big data’, favorecido por la división estimulada del campo popular. Pero, por otro lado, es una constante que los gobernantes actuales quebranten el estado de derecho.

Gobiernan por decreto, anulan leyes, ponen a sus pies al Poder Judicial, utilizan para provecho propio la información privada de los ciudadanos, designan jueces violando la Constitución, pasan por encima de los tratados internacionales sobre derechos humanos, controlan la prensa y acallan las voces opositoras por la fuerza o la extorsión.

Estos que gobiernan hoy quieren, en fin, reescribir la historia para que nunca más se hable de la dictadura cívico militar, porque eso los incrimina, y para concretar su ‘nunca más’ a esa resurrección del campo popular que fue el kirchnerismo.

Días atrás el ex juez Rozanski, obligado a renunciar por el gobierno de Macri, sostuvo palabra más palabra menos, que este que vivimos es un proceso de transformación de la conciencia colectiva, que busca convencer a los ciudadanos de que “la realidad no tiene importancia”.

Es verdad.

Dijo también, en plan de buscar el origen y la filiación de todo esto, que lo de Pro no es casual, está prefigurado de alguna manera en el Pro-ceso de Reorganización Nacional, vaya coincidencia.

No es, con todo, lo que nos toca vivir, estrictamente una dictadura. Tampoco una “fusiladora” a pesar de Maldonado y Rafael Nahuel. Ni tampoco, claro, la “cívico – militar” a pesar de que el Pro y su gente forman parte del mismo civismo reaccionario y clasista que alentó a las dos. O mejor dicho a las tres, a la “dictablanda” también (y de paso a los ’90).

Si no es dictadura ni dictablanda ni tampoco una democracia plena, ¿qué es esta variante del autoritarismo oligárquico mentirosa y violenta? ¿Será la durocracia? ¿Democradura? ¿Demodura? ¿Dictocracia? Por momentos más ‘dicto’ que ‘demo’, ¿qué será esto que no es nada bueno y sin embargo no es idéntico a todo lo malo conocido aunque se le parece?

Probablemente los argentinos tardemos mucho en definir bajo qué régimen político estamos. En ponerle nombre a “esto”. Tal vez la definición iluminadora no llegue a tiempo sino después de haber vivido esta nueva ignominia. Suele ocurrir en la historia.

Vivimos momentos de perplejidad y los intentos por poner nombre a lo que nos pasa es parte del problema.

Porque lo que nos pasa no tiene nombre.