por Hugo Presman –

La magia está definida como “el conjunto de trucos y habilidades con los que se hacen juegos de manos y cosas sorprendentes y extraordinarias como hacer aparecer y desaparecer objetos y personas, descubrir cosas ocultas, etc.”

Hay un acuerdo tácito entre el mago y los espectadores que lo que sucede no es el fruto de poderes extraordinarios o sobrenaturales, sino que se despliega una técnica que consiste en entretener a los concurrentes con un discurso que los distrae mientras que la rapidez de las manos produce el hecho que resulta mágico. Sin ese acuerdo implícito el mago pasaría por un ser de poderes extraordinarios.

La ex presidente Cristina Fernández solía afirmar que cuando se concretaban obras  o acciones, eso no era magia sino consecuencia de la instrumentación de una política.

El presidente Mauricio Macri suele afirmar que él no es mago. Generalmente se refiere a revertir lo que en su relato definió como la pesada herencia. En cambio su slogan más potente, el “sí, se puede”, parece dirigirse a hacer factible mejorar la situación de los poderosos y a empeorar la de los sectores populares. La magia consistiría en este caso que los ajustados lo celebren con la esperanza de confiar en un futuro lejano pero mejor.

El presidente Mauricio Macri suele afirmar que él no es mago. Es en el único momento que el presidente manifiesta una humildad de la que habitualmente carece.

EL PRESIDENTE MAGO

Con frecuencia el Presidente afirma que el camino emprendido es el único posible. Que si hubiera otro mejor no dudaría en tomarlo. Es cierto que el macrismo es una montaña increíble de acumulación de mentiras; que es capaz de enorgullecerse de las cifras del INDEC y al mismo tiempo afirmar lo contrario de la información proporcionada; de hablar de la verdad en el mismo instante en que nos está mintiendo; de enarbolar la transparencia en el mismo momento que enturbia, deforma o falsifica los hechos; de mencionar la honestidad al tiempo que salta el pus de las cuentas en el exterior de sus funcionarios, de sus empresas off-shore, de estar en ambos lados del mostrador, de una corrupción estructural que se envuelve en el eufemismo de “conflicto de intereses”. El macrismo padece una septicemia generalizada pero su marketing y férrea cobertura mediática le permite falsificar su estado de salud al punto de presentar certificados médicos donde  simula que luce impecable.

El Presidente ha modificado la precisa aseveración de Eva Perón que “donde hay una necesidad hay un derecho”, por aquella de “donde hay una necesidad hay un negocio”. Así: el Presidente intenta perdonar las deudas de su familia, mientras incrementa el valor de las concesiones de las empresas que vende; una de sus manos derechas, Mario Quintana, dice que después de dos años va a vender su participación en Farmacity mientras avanza judicialmente la posibilidad que ingrese a la Provincia de Buenos Aires, territorio vedado por regulaciones locales; el jefe de la inteligencia aparece como el testaferro presidencial imposibilitado de aclarar posibles coimas recibidas; el Ministro de Hacienda blanqueó un millón de dólares; los familiares y amigos del Presidente fueron autorizados por decreto a blanquear sus dineros evadidos y lo hicieron por cifras multimillonarias; el Ministro de Agroindustria, Luis Miguel Etchevehere, es el ex presidente de la Sociedad Rural, entidad visceralmente anti industrial y acusado hasta por su propia hermana; se reduce el presupuesto de Ciencia y  Tecnología, se vacía el INTI, se contrae el CONICET, flaquea el INVAP, se cierran escuelas, se endeuda el país en forma superlativa, se desindustrializa, se vuelve a las relaciones carnales, son sólo algunas puntualizaciones de una extensa lista. Realmente hay que ser mago para tener aun así posibilidades ciertas de ganar una reelección.

Con frecuencia el Presidente afirma que el camino emprendido es el único posible. Que si hubiera otro mejor no dudaría en tomarlo. Tomo lo afirmado por el politólogo José “Pepe” Nun, en un reportaje de Jorge Fernández Díaz en materia tributaria: “Un Estado tiene tres fuentes básicas de financiamiento: la recaudación impositiva, las eventuales ganancias de las empresas públicas y el endeudamiento. De las tres, la primera es la que debiera ser la más importante. Tomemos el impuesto a las ganancias, que bien aplicado resulta el más progresivo. Por ejemplo, en Estados Unidos, que no es un país particularmente fiscalista, su recaudación equivale a un 14% del PBI. En Europa, a alrededor del 15-16%. En los países nórdicos, mucho más. Acá, casi nunca superó el 6% y hoy araña el 5%. Esto no sólo tiene que ver con la magnitud del sector informal de la economía, sino con una formidable evasión. El Tax Justice Network, por ejemplo, ha estimado que en 2016 sólo las grandes empresas fugaron unos US$21.400 millones… El déficit fiscal anual   es de unos US$36.000 millones. Si subiésemos la recaudación del impuesto a las ganancias del 5% al 9% del PBI, llevando adelante una gran campaña nacional contra la evasión, ese déficit bajaría drásticamente. Pero no solo esto. En materia de impuesto inmobiliario rural, la Argentina recauda la mitad de lo que recaudan Canadá o Australia porque las valuaciones fiscales de los campos siguen siendo muy bajas. Si se las actualizase; si se restableciera el impuesto a la herencia; si se creara un impuesto al patrimonio neto que exceda, digamos, los US$ 2 millones; si se pusiera un impuesto a los bienes suntuarios, la estimación más conservadora indica que, en un par de años, el déficit fiscal desaparecería. No haría falta el endeudamiento interno ni externo… Acá la concentración del ingreso ha aumentado de un modo exponencial desde los 90 y sin embargo a los que más tienen no se los toca. Ganan siempre, en las buenas o en las malas. Hay un chiste que circulaba en Estados Unidos cuando estalló la burbuja financiera en 2008. Un empresario le decía a otro: “Si logramos que al saqueo se lo llame ‘crisis’, estamos salvados”. Creo que acá el chiste se podría reformular con un empresario diciéndole a otro: “Si logramos que a la desigualdad se la llame “pobreza”, estamos salvados”.

Lo expresado por Pepe Nun permite recordar una certera frase del economista canadiense John Kenneth Galbraith: “Nada favorece tanto la tranquilidad social como las protestas de los ricos cuando se sienten apretados por el fisco“.

La política tributaria del macrismo va exactamente en sentido contrario.

Y ya que el Presidente recomienda la lectura de Nelson Mandela, es conveniente que recuerde al respecto lo que decía el líder sudafricano: “Una nación no debe juzgarse por cómo trata a sus ciudadanos con mejor posición, sino por cómo trata a los que tienen poco o nada”

MAGIA

El presidente afirma que no es mago. Creo que se equivoca. Observen por favor: Aumentan la luz, el gas, el agua en porcentajes astronómicos, igual que los impuestos municipales y provinciales. Los acuerdos salariales en paritarias cierran por debajo de la inflación. A los jubilados, beneficiarios de la asignación universal por hijo, discapacitados y veteranos de Malvinas se les hurta 100.000 millones de pesos este año. Quitan remedios a los jubilados y se reducen los subsidios por discapacidad. Baja el consumo y hay crisis en los supermercados. Hay cierres y despidos… pero increíblemente  disminuye la pobreza. Si esto no es magia, la magia donde está. Harry Houdini, David Copperfield, Fu-Manchú, René Lavand, han quedado reducidos a meras referencias. Mauricio Macri no será un buen presidente, pero sus trucos de magia son insuperables.

El problema se le presentará cuando el público descubra los trucos, la esperanza se diluya y la mentira quede barrida por la desilusión.

Fuente: La Tecl@ Eñe