por Eduardo Aliverti –

Habría que fijar con mayor precisión los alcances de un clima adverso al Gobierno que convirtió a la semana pasada, entre la combustión por los tarifazos y los tembladerales del dólar, en una de las peores del macrismo.

El tema tarifario queda mucho más cerca del sufrimiento popular que la presunta complejidad de los enjuagues financieros. Esas cifras monumentales de capitales innominados que presionan en el mercado cambiario, de la intervención del Banco Central para frenar la escalada de la verde divisa, de figuras como “carry trade” o de lo que significa medio punto más de interés en la bicicleta de las Lebac, o tres en la tasa de referencia, resultan completamente ajenas a la información y preocupaciones de la inmensa mayoría social. Sin embargo, o precisamente por eso, definen de modo casi inmejorable cuáles son ciertos límites y riesgos del modelo y plan macristas.

“La ruta de las divisas” es el título de la columna publicada el jueves pasado, en PáginaI12, por el colega Raúl Dellatorre. Uno de sus didácticos párrafos explica, por caso, que las Lebac son títulos de deuda en pesos, “cuya tasa de interés resulta atractiva para la entrada de capitalistas extranjeros, que cambiaban sus dólares a pesos para comprar esos papeles a la espera de obtener un rendimiento superior al aumento que pudiera tener el dólar entre el momento de entrada y de salida (el carry trade) (…) Por distintas razones, estos capitales empezaron a salir esta semana (…) Capitales especulativos que, al menos en parte, decidieron migrar antes de perder lo ganado. ¿Qué podría hacer que lo pierdan? Que sube el dólar por arriba de las tasas o que pudiera haber alguna dificultad para cobrar las Lebac (…) ¿Es exagerado comparar la situación con la del 2001, previa a la crisis?”.

Difícil decirlo, como apunta Dellatorre, “pero el ritmo de aumento de la deuda, del deterioro de la cuenta corriente, de caída de las reservas y el nivel de inflación actual son muy superiores a los de entonces. Por primera vez desde que asumió, el gobierno de Mauricio Macri enfrenta semejante nivel de desconfianza entre los mismos que lo entronizaron: el establishment financiero, el ‘mercado’. Algo tendrá que hacer”.

Aquí vamos.

Por muy paradójico que sea o semeje, en medio del cúmulo de malas noticias, para el Gobierno lo único que asoma relativa y momentáneamente despejado es el escenario electoral. Pero también es cierto que viene rifando, nada menos que entre los sectores de clase media conformantes de su núcleo más duro, el caudal reacumulado en octubre último. Anteayer, Clarín publicó el resultado de diez encuestas, de consultoras cercanas al oficialismo y la oposición, que coinciden en marcar el deterioro gubernamental.

La reacción contra la reforma jubilatoria fue un aviso que los tarifazos ratificaron, junto al agregado de malquistarse con el peronismo opo-oficialista gracias, entre otras cosas, a la pretensión de que las provincias y municipios bajen impuestos en sus boletas energéticas.

Se cruzan, además y desde las propias usinas periodísticas oficiales, acusaciones de que Casa Rosada tiene un pésimo muñequeo político con aquellos adversarios afines e incluso con sus aliados radicales. Hablan de un gobierno que por un lado fija la agenda y por otro reacciona tarde y mal frente a sus consecuencias. Citan, ya abiertamente, peleas a los gritos; ministros a los que se les prohíbe hacer declaraciones; enfrentamientos entre el “ala política” y la “ortodoxia sobreactuada” del Banco Central.  Lo cierto es que el macrismo no quiere ni puede hacer nada frente al programa que ejecuta, con precisión quirúrgica en lo ideológico y en lo operativo que deriva desde allí. Está preso de sí mismo.

El agujero fiscal provocado por la quita de retenciones, el ingreso de capitales meramente especulativos para financiar el déficit y la presión de los formadores de precios, más la necesidad de abaratar costo laboral en dólares, son un paquete explosivo que en estos días muestra los dientes y del que sólo podían no estar avisados quienes creyeron en la corrupción kirchnerista, el exceso de cadenas nacionales o el cepo cambiario como los problemas fundamentales del país. Los bancos más grandes del mundo, a través del Instituto de Finanzas Internacionales, acaban de advertir que la deuda argentina entra en fase crítica si no avanza el ajuste.

Hasta acá, rigen tres elementos capaces de haber logrado que la fantasía del cambio positivo permaneciera firme. El peso simbólico de la herencia recibida, conducido eficazmente por el aparato mediático, siendo que la herencia fue en verdad un deleite tras recibir una de las gestiones menos endeudadas del mundo (causa cierta gracia que chicaneen a Macri por no haber explicado de entrada, con crudeza, los números precedentes: ¿qué hubiera debido reconocer? ¿Que el ínfimo endeudamiento en dólares respecto del PBI fue justamente lo que habría de permitirle la confianza del exterior para prestarle plata?). Dos, el invalorable aporte de una oposición todavía inexistente en sus probabilidades de unificarse. Y tres, la complicidad del grueso de la dirigencia sindical, suscriptora del hachazo a los salarios en la carrera contra la inflación.

De ese triplete, el único factor que brinda síntomas de agotamiento progresivo es el primero. Los dos restantes conservan buena salud, pero por las dudas los chequeos son cada vez más periódicos.

Restaría un cuarto elemento, agregado al papel nunca suficiente pero sí  imprescindible de la corporación mediático-judicial, que hasta ahora no fue tenido en cuenta porque se interpretó que un gobierno como el de Macri representa sin fisuras al bloque de la clase dominante.

Históricamente, la acumulación del capitalismo argentino fue a través de la renta agraria. Desde el golpe de 1976, el patrón central es la valorización financiera. Salvando que la anomalía kirchnerista distribuyó algo o mucho entre los más postergados, hay una oligarquía mucho más integrada porque la médula agropecuaria forma parte de la fracción conducida por bancos transnacionales y empresas extranjeras. No es que ese bloque tenga grietas severas, incluyendo la pasividad de los empresarios de la UIA frente al achicamiento del mercado interno, sino que responde a su naturaleza de maximizar la tasa de ganancia a como sea.

Lo que parece haber entrado en duda, en ese círculo rojo del que cínicamente Macri se queja como si no lo constituyera y conociese de toda la vida, es la capacidad gubernamental de timonear la angurria. La decisión de avanzar con mayor pericia política, comunicacional, rosquera, en el ajuste contra quienes menos tienen. Macri es un agente de negocios puesto a conducirlos en forma institucional directa, pero la política requiere de un volumen de liderazgo que no tiene para ser, digamos, un gran populista de derechas. No le da. No enamora a nadie y esto, por si poco fuera, es la Argentina.

Como señaló el sociólogo Atilio Borón, en alguna oportunidad ya citada aquí, en este país pasan más cosas en una semana que en dos siglos de historia belga.

Y en efecto, eso dota a nuestra política de un grado de imprevisibilidad que no se consigue en ninguna parte.

Quizá el macrismo haya comenzado a advertirlo.