por Claudio Scaletta –

El barco de la economía quedó a merced del viento y del oleaje. En términos náuticos se dice “al garete”. A la economía se le soltaron todas las anclas. Y no es necesario que ningún gurú explique lo que va a suceder, el futuro ya sucedió muchas veces. Nadie necesita que lo llenen de números para comprenderlo. Los trabajadores-los que viven de un salario, del comercio o de prestar servicios- saben que en los próximos meses se deteriorará su poder adquisitivo, que caerán las ventas y que la economía se estancará.

Aunque parezca increíble, en los últimos dos años largos una mayoría de la población volvió a creer en el cliché más extendido de los economistas que trabajan para el poder económico: “la confianza de los mercados”. Para no remontarse al principio de los tiempos alcanza con recordar la experiencia del gobierno de Fernando de la Rúa, cuando se decía que la clave para la bonanza era que el país alcance el investment grade, el grado de inversión. La idea era que la baja del “riesgo país”, la sobretasa que se paga por los créditos del exterior,abriría la puerta a los capitales internacionales que impulsarían el desarrollo.Todas las medidas económicas contra los trabajadores fueron tomadas con la excusa de “hacer lo que piden los mercados”. Se necesitaba enviar “señales de confianza”, desde el ruinoso megacanje de la deuda pública o la rebaja del 13 por ciento de salarios y jubilaciones. Hasta llegó a presentarse como una gran noticia un plan de contingencia del FMI, el blindaje.

Sí, resulta sorprendente bajo cualquier perspectiva que en apenas tres lustros regresaran los mismos argumentos apenas mediados con un poco de maquillaje semántico. El nuevo objeto del deseo a partir de 2015 fue la “lluvia de inversiones”. Sólo se ahorró el paso del investment grade. Volvieron a enviarse “señales a los mercados” y se comenzó con el ajuste permanente, empezando por una devaluación del 40 por ciento y baja de salarios. En paralelo se inventó el verso del “gradualismo”, una justificación para el súper endeudamiento acelerado, algo que fue posible gracias a la pesada herencia del desendeudamiento. El resultado conseguido en poco más de dos años fueron más de 100 mil millones de dólares de nueva deuda y la economía otra vez en una situación desesperada, con los funcionarios del área económica dando conferencias de prensa para anunciar recortes del gasto. Todo para que “los mercados” -ese gran eufemismo de “poder económico”- recuperen la confianza en el rumbo del gobierno. Otra vez la película de terror que, aunque repetida, sigue dando miedo. Como se publicó sin anestesia esta semana en la prensa local “el pánico es un gran disciplinador”.

Mientras tanto, la prensa internacional tenía otras preocupaciones. Primero, evitando las medias tintas, dijo que había llegado el momento de “salir corriendo” de la economía argentina, un indicador de que algo falló en eso de la confianza. Luego, hilando más fino, debatió sobre el botín, los 55 mil millones de dólares de reservas que quedan en el Banco Central. La discusión afuera es sobre la velocidad óptima de salida de estos dólares. Los casi 10 mil millones que se fueron en abril serían muchos en términos de estabilidad. El número de equilibrio para que no caiga el gobierno sería 3.000 mil millones mensuales.Así piensan los operadores financieros globales. Mientras tanto, desde Argentina, junto con las divisas, deberán seguir enviándose señales de confianza, es decir de ajuste. La lluvia de dólares será, otra vez, en la dirección contraria.

Si el escenario es de salida de dólares, eso quiere decir que las medidas anunciadas el viernes 4 de mayo sólo conseguirán un efecto transitorio. El dólar ya no podrá funcionar como ancla de los precios internos, fundamentalmente porque las clases dominantes locales también decidieron que no quieren un dólar barato, cuya contrapartida son salarios más altos medidos en la divisa. La corrida de las últimas dos semanas no fue sólo de fondos del exterior, también participaron activamente los capitales locales.

El dólar más alto no sólo le importa a la porción de la población que tiene excedentes para comprarlos. El ciudadano de a pie sabe que cuando el dólar sube, suben todos los precios de la economía. Y mucho más cuando el gobierno de Cambiemos soltó previamente el resto de las anclas, es decir tomó todas las medidas que potencian este traslado. Están dolarizadas las tarifas de los servicios públicos, están dolarizados los combustibles y, para coronar las correas de transmisión, también comenzaron a dolarizarse las listas de precios mayoristas. A ello se sumó la liberación a los exportadores de la obligación de liquidar divisas, por lo que el gobierno ya no dispone ni siquiera de los dólares que genera la economía local.

La suba del dólar significará, como siempre, más inflación y, en consecuencia, ello se traducirá en menor poder adquisitivo del salario y menor consumo. A este dato se sumarán los efectos de los anuncios del gobierno para dar confianza a los mercados, la nueva vuelta de tuerca en el ajuste del gasto que impactará primero en la obra pública, un sector con gran efecto multiplicador en el nivel de actividad y el empleo. Al mismo tiempo la suba de tasas liquidará al crédito como complemento de la expansión de la inversión y del consumo.

Si a fin de año queda algo de crecimiento será por el arrastre estadístico de 2017, pero todos los motores que impulsaron la expansión del año pasado están ahora apagados o en reversa. La economía avanzará nuevamente hacia una recesión, con el consiguiente deterioro del empleo y de todos los indicadores sociales, todo ello en un marco de alta inflación.