por Eduardo Aliverti –

Este el único Gobierno del orbe que festeja haber llegado a un acuerdo con el Fondo Monetario. Por una cifra récord en la historia del organismo, además. Doble alegría.

Hay quienes pretenden que las autoridades tengan al menos gestos públicos compungidos, como si las humillaciones pudieran publicitarse de manera más atractiva.

El ridículo es muchísimo peor. Baste la prueba del título que ayer escogió Joaquín Morales Solá para su columna en La Nación: “Era el FMI o un ajuste brutal”.

Nadie va contento a las fauces del Fondo, quizá con la única excepción de cuando Fernando de la Rúa alegó lo lindo que es dar buenas noticias. Pero es una salvedad que no cuenta en el diccionario macrista porque, como la unanimidad de sus voceros se encarga de destacar cada vez con mayor insistencia, Macri no es De la Rúa. Un detalle nada menor, dicho sea de paso, eso de comenzar a desmentirlo.

Cabrá eximirse de abordar precisiones técnicas que numerosos especialistas de la economía ya desmenuzaron, pero sí vale detenerse en un aspecto llamativo.

Todos coinciden, hacia derecha e izquierda, en que las cartas ocultadas por el Gobierno son mucho más numerosas que las descubiertas, en torno de lo significado por esta nueva tragedia argentina.

Es que, al fin y al cabo, Dujovne y Sturzenegger se acotaron a informar sobre las pautas de achique en el déficit fiscal, acentuando que no habrá afectación para los sectores más vulnerables. Macri, casi a la par, apenas dijo que “este es un primer paso importantísimo”.

El anuncio del ministro de Hacienda y del presidente del Banco Central, en esencia acerca de que los desprotegidos eternos quedan fuera del ajuste, no merece más consideración que interpretarlo como un chiste de pésimo gusto. Y sobre la oración del Presidente, al margen de tomarla como de quien viene por su habitual fraseología de escuela primaria, valdría preguntarle cuánta seriedad revela que, tras dos y años y medio de gobierno, hable de “un primer paso” en torno de semejante médula de la estructura económico-financiera del país.

La pregunta –sólo una de varias, pero no precisamente la menos significativa– es si acaso se necesita conocer en profundidad los detalles puntuales del halagado arreglo con el Fondo.

¿Cuáles datos escondidos, por las festejantes caras de piedra de Macri, Dujovne, Sturzenegger y el resto del mejor equipo de los últimos cincuenta años, modificarían las causas y consecuencias de pedirle la escupidera al FMI?

En orden aleatorio, van a recortar transferencias a las provincias bajo extorsión de dejar sin fondos, directamente, a los gobernadores que gracias si se preocupan por algo más que su subsistencia electoral. Van a dejar que el dólar suba todo lo necesario para que el costo laboral argentino se mejicanice. Van a hachar obra pública, subsidios y seguridad social, con el reparo de (tratar de) impedir incendios mayores en el conurbano bonaerense a través de negociaciones con… ciertas estructuras.

Apenas un dato. En el rubro obra pública, justamente, el serrucho prioriza una inmensa porción de las viales y de “agua y alcantarillado”, estas últimas ya recortadas en un 14 por ciento. Maravillas argentinas de la cultura del trabajo, según los gladiadores macristas.

Con un dólar disparado, más los tarifazos y sus efectos sobre la inflación, nadie daría dos pesos por la suerte electoral del Gobierno el año que viene. Pero también hay la pregunta de si, a esta altura, eso le importa a una pandilla sin más salida que hacer lo único que le cuadra a su cerrazón y convicción ideológicas de continuar sepultando a los que menos tienen. Y hacia el medio.

No son burgueses lúcidos, para decirlo con una definición algo caída en desuso.

Se conforman tilingamente con el apoyo récord de Lagarde y de unos Estados Unidos –el FMI son ellos, en definitiva más política que técnica– para quienes Argentina es el socio comercial número 46. Un fondo del mundo que el cipayaje (rescatemos, también, esa palabra) desea ver como país estratégico para las prioridades de Washington.

Quizás ya estén pensando en fugarse de alguna manera institucionalmente aceptable, que vendría a ser dejarle el muerto a quien venga pero con un traspaso ordenado. Sin helicóptero formal.

O quizás siga habiendo mucha gente dispuesta a confiar en salvavidas de plomo. En que los ricos, la Casa Blanca y los gurús con másteres  internacionales son nuestra última esperanza. Y en que renegar de las experiencias históricas es mejor que el cruz diablo de un retorno de la yegua, o populismo adyacente.

Todo ello no deja de ser un ejercicio hipotético.

En cambio, es un certificado, no una hipótesis, que el Gobierno no puede predecir lo que ocurrirá socialmente con el ajuste y la recesión multiplicados. Y con una inflación a la que, en sus metas, ya renunció de manera oficial. Es lo único que Casa Rosada blanqueó, si se quiere: el FMI nos impide seguir financiando al Tesoro con la bomba de las Lebac; el dólar queda lanzado hasta donde les convenga a (nuestros) operadores financieros y veríamos cómo se compatibiliza eso con los intereses del complejo agroexportador, sin esperanzas de no alimentar la suba de precios en los productos de primera necesidad.

¿Y la CGT proseguirá debatiendo?

Vaya la insistencia, ante la vuelta al Fondo, de que ojalá fuera cierto lo de la historia capaz de repetirse como comedia. No lo es, porque todos saben o conocen lo terrible que espera.

Entonces, también sirve insistir en aquello de que debe dejarse el pesimismo para tiempos mejores.

Contra el miserable deshoje de margarita de la cúpula cegetista y contra el muro de protección mediática oficial, entre otras tantas adversidades aunque esas dos estén en el podio, las indesmentibles minorías intensas de esta sociedad han demostrado una capacidad de acción suficiente para dar pelea. Y eficaz, tantas veces.

Incluso en las etapas más dramáticas, jamás dejó de haber referencias contrastantes, anomalías tan impensadas como los liderazgos que surgieron de ellas, disputa en las calles antes de lo previsto.

Este país sigue siendo una incógnita para los manuales de las visiones imperiales, latinoamericanizantes, europeístas (si es que algo queda de lo tercero).

Somos una singularidad que no permite anticipar para dónde saldrá disparada.

El devenir argentino es un empate sucesivo entre los proyectos de raigambre popular que no terminan de imponerse y los de índole oligárquica que tampoco pueden hacerlo.

Si es por este momento: la carencia de oposición articulada; la parsimonia indignante de los dirigentes sindicales con poder de fuego en las bases industriales; la desorientación de las cabezas políticas de un peronismo dividido; la combatividad centrada en fuerzas políticas testimoniales y gremialismo estatalista; los movimientos sociales dispersos; los sobrevivientes kirchneristas de núcleo duro; los intendentes fluctuantes y los gobernadores sumisos; los luchadores intelectuales aislados; algunos pocos medios de alcance masivo y algunos otros alternativos de nicho ideológico; referentes que resisten archivo, no parecerían alcanzar para el enfrentamiento contra una alianza monumental –aunque con signos de gubernativamente inepta– de los grupos económicos concentrados. Y sin embargo, algo se mueve.