por Gabriel Rafart* –

Colapso de un gobierno. Inestabilidad de la democracia de mandatos fijos. Inestabilidad en la gobernabilidad de un presidente. Colapso de su mandato. Cualquier combinación resulta problemática para la vida política y social de un país. Todo afecta a la credibilidad y confianza hacia la eficacia de la política. Mayormente en las expectativas de previsibilidad de una ciudadanía que por si fuera poco desea siempre algo más que elegir periódicamente a sus gobernantes. Es que hay ciudadanos que desean que sus gobiernos mejoren el bienestar de los más y cuando no ocurre activan su poder de sospecha sobre lo que se está haciendo.

Vivir con la amenaza del colapso de un gobierno o viendo como este alimenta su inestabilidad -política y económica- no solo pone en riesgo las oportunidades para que sus las elites políticas sigan en pie. Es la sociedad la que enfrente un dramático momento de incertidumbre y desconfianza. Se incrementan los poderes de rechazo. El desencanto asume rostros nuevos. Se suman formas de acción política desconocidas. El repertorio de la protesta toma otros caminos. Con ello la legitimidad del poder ejercido de la presidencia de turno recibe un golpe decisivo. Sobre todo, si es desde el poder de los que mandan -con los “mercados”- el que encendió el motor de la desconfianza. Y no hablamos del manejo de variables económicas, que sin duda son importantes, pero no lo son todo. Hay otras realidades que buscan ser afectadas. Aquellas que piensan una democracia de mayor alcance. Esa que en un tiempo se la llamo sustantiva por su avance positivo sobre los derechos económicos y sociales.

Hablamos de momentos de fronteras, entre el colapso y la inestabilidad. A veces llegan para quitarle el merecido brillo a otros hechos que sin duda pueden estar ofreciendo combustible del mejor a la llamada democracia sustantiva, de los derechos. De esa que ensanchó históricamente el mundo de los derechos civiles, sociales y políticos. Que no hace mucho sumó las leyes de divorcio, identidad de género, matrimonio igualitario, voto para los jóvenes mayores de dieciséis años, Asignación Universal por Hijo, etcétera.

Sin duda todo ello es parte de la trayectoria de las democracias realmente existentes. No de las ideales y sí de las que viven su historia. Por ello a ese lado positivo sumamos una democracia de continuada impotencia, que en general pone a sus regímenes presidenciales en la antesala de la inestabilidad y su eventual colapso. La crisis del gobierno del macrismo de estos días parece no alejarse de este patrón. Y esta decidido a continuar trabajando para que sumar nuevas dosis de inestabilidad. De esas que desbarrancan hacia su definitivo colapso. Hay que ser claro sobre este asunto: que nuestro país este viviendo este capítulo indeseado no necesariamente pone en entredicho la dinámica de la democrática en cuanto a la expectativa de que el próximo gobierno surgirá de una competencia electoral libre y limpia.

Mientras en el palacio el presidente y un gabinete excedido en ministros -con algunos que van saliendo y otros cambiando de traje- la realidad de la inestabilidad y los márgenes para evitar el colapso se achican, hay simultáneamente una democracia de derechos que vuelve a expresar su vitalidad. Con ello la propia política obtiene una nueva fuente de legitimación Dan cuenta de ello la amplia movilización del miércoles y jueves para respaldar una ley que pone fin a la criminalización de las mujeres que abortan, además de hacer segura su práctica con la intervención del Estado. Todo revela la vitalidad de una ciudadanía que es cambiante, móvil y que en esos días dejo expuesto a un mundo mayormente de mujeres jóvenes que muchos creían ganadas solo por la simpleza y emotividad de un reggaetón de mal gusto. Este momento debe ser valorado como expresión de una democracia que ha encontrado el camino para la conformación de la coalición favorable a los contenidos de la ley votada. Una coalición positiva que supo cumplir la tarea de impulsar esa democracia de derechos frente a un gobierno que no logra responder a las razones propias de su existencia: mayormente en asegurar su propia estabilidad, evitar el colapso político y económico que la haga llegar al puerto del recambio presidencial del 2019.

(*) Historiador. Profesor de la Universidad Nacional del Comahue