por María Beatriz Gentile* –

La lucha por el aborto legal, seguro y gratuito en Argentina fue producto de la constancia de mujeres desobedientes al mandato de maternidad obligatoria, escribió Florencia Alcaraz. Desobediencia a la propiedad ajena sobre sus cuerpos y de muerte clandestina consensuada en silencios cómplices. Sin duda fue un derecho conquistado.

Que los derechos son resultado de acuerdos sociales logrados en contextos históricos determinados, es conocido. Su demanda y reivindicación genera siempre dilemas y tensiones sociales porque la pelea por la inclusión de los ‘desiguales’ perturba y desacomoda el orden de los considerados ‘iguales’.

El siglo XX consagró derechos dentro de un paradigma igualitario que pretendió cierta universalidad y soslayó las diferencias a las que equiparó con inferioridad. El siglo XXI en cambio, viene haciendo de la diferencia un derecho sin jerarquías. La tensión inevitable de estos nuevos tiempos será entre el principio de igualdad ante la ley y el reconocimiento del derecho a la diferencia que por historia, cultura y sociedad nos constituye.

La aprobación de la ley de interrupción voluntaria del embarazo fue resultado de una construcción colectiva de las mujeres que en el tiempo fue delineando perfiles, incorporando realidades sociales, estudiando fundamentos jurídicos, leyendo estadísticas, probando caminos, ensayando propuestas y sumando miradas. Una experiencia acumulada en distintas memorias que sobrevolaron el recinto donde se decidió y en esa plaza despierta que fue pública y privada a la vez.

Memorias biográficas que se mezclaron para sostener argumentos crueles y brutales como los esgrimidos por los diputados Jorge Orellana y Nicolás Massot. Estos cuestionaron los fundamentos de la Ley colocando como ejemplo la apropiación de niños nacido bajo la tortura de sus madres en los centros de detención clandestina de la última dictadura. “Muchos que tienen pañuelos verdes hablaron de la ESMA; pero si las mujeres que parieron allí hubieran abortado varios diputados que están acá no estarían”, dijo el primero. Menos que humano, menos que bestia.

Memorias femeninas como la de la diputada Teresita Villavicencio que narró que siendo agente de policía, le tocó investigar la muerte de cuatro mujeres en un hospital provocadas por abortos realizados con agujas de tejer y sondas. Cuando el médico le contó sus historias y le mostró sus ropas comprendió: “pude sentir el olor a la miseria, al Estado ausente”

Memorias íntimas de cada quien que esperó el resultado de la votación y se vió a sí misma o recordó a su hermana o a su amiga y volvió a ver el rostro de la desolación cargando con una trayectoria que podría haber sido distinta.

Memorias políticas de mujeres desobedientes que en nuestra historia reciente llevan el pañuelo blanco alrededor de la plaza desde hace más de 40 años con el mandato de ‘obedecer desobedeciendo’. O las de pañuelo violeta pioneras en desenmascarar el orden patriarcal o las del pañuelo verde por el derecho a la vida y a decidir.

¿Por qué los pañuelos? Tal vez porque las prendas con las cuales cubrimos nuestros cuerpos son también un texto, un discurso que debe ser leído, que se dirige a alguien o que busca decir algo. Construimos identidades desde la mirada de los otros y esos otros aprenden a leer. No hay sujeto colectivo sin una dimensión simbólica que lo exprese, escribió Rodolfo Kusch.

Este 14 de Junio miles de mujeres consagraron su derecho a decidir. “La Libertad es como la mañana. Hay quienes esperan dormidos a que llegue, pero hay quienes desvelan y caminan la noche para alcanzarla” y esto es lo que hicieron las hijas de los pañuelos en la Argentina.

(*) Historiadora, ex delegada de la secretaría de Derechos Humanos de la Nación, decana de la facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Comahue

Fuente: VCF
Foto: Pepe Mateos