por Eduardo Aliverti –

La portada de Página12, el viernes pasado, con los dos títulos centrales del “Todo Verde” e impresión de ese color, resumió como los dioses una jornada y momento histórico que vuelven a revelar esa Argentina impredecible, admirable para bien y mal, turbulenta, quizá inclasificable, capaz de deparar en el espacio público una potencia de efectos desconocidos sobre el futuro gubernamental.

Separar lo coronado el jueves del clima crecientemente opositor, que se expande en casi todas direcciones, podría ser un yerro grave.

Una movilización impresionante de lo que Estela Díaz precisó como “la revolución de las hijas y las nietas” tradujo en las calles lo que es fenómeno inédito en el mundo entero. Esa definición de la secretaria de género de la CTA expresa el centro de lo que terminó volcando a favor una votación inicialmente impensada, o al menos muy dudosa, para despenalizar el aborto.

Cuando Macri habilitó la discusión parlamentaria, se juzgó, incluso desde sectores del progresismo, que era una cortina de humo. Y, definida la media sanción, hubo quienes contaron los porotos por el mero influjo de un “sorpresivo” cambio hacia la positiva de los diputados pampeanos, bajo influencia de un llamado del gobernador Verna.

Esas y otras interpretaciones terminan siendo datos secundarios frente al hecho, incontrastable, de que el manejo del tema se les fue completamente de las manos a cualesquiera de las intenciones, convicciones y decisiones de quienes pudieran haber pensado en un tema “administrable” con relativa facilidad.

Son correctas o atendibles algunas lecturas e informaciones sobre la trastienda de lo sucedido. Por ejemplo, que Macri perdió de vista el apoyo a la legalización entre franjas amplias de sus votantes. Que, peor aún y a contramano de Alfonsín, Menem y Kirchner (divorcio, derogación del servicio militar, matrimonio igualitario), desperdició la oportunidad histórica de ponerse a la cabeza de extender derechos individuales en una cuestión, además, ligada en primerísimo término a la salud pública y no a aspectos científicos o de creencias religiosas. Por último, que se dio cuenta tarde de que una votación negativa era mermar más consenso todavía en circunstancias económicamente dramáticas.

En otras palabras, que el Presidente terminó siendo ni chicha ni limonada, alejado por completo de toda semblanza de estadista y como corresponde a su tipología de hombre gris. Sus voceros de palacio contaron que debió ser el radical Ernesto Sanz, falsamente incorporado a la mesa chica gubernamental y durante una reunión bilateral en Olivos, quien le dijo que de ganar el rechazo a la iniciativa venía una tormenta perfecta. De ahí la decisión, al cabo innecesaria, de operar sobre algunos diputados de Cambiemos para que se abstuvieran o votaran a favor.

¿Qué es lo que el Gobierno perdió de vista, no durante los últimos días sino desde que Macri o Durán Barba habrían imaginado a la legalización del aborto como un elemento distractivo? Que el efectismo publicitario propone y la reacción masiva dispone. Extraviaron que lo segundo, en un asunto de sensibilidad muy alta, sería capaz de sumar voluntades de inclinación reaccionaria en lo político, pero inclusiva en torno de las libertades individuales (para resumirlo sin mayores pretensiones de diseccionar entre una cosa y la otra). De otro modo no se explica la buena intervención de un energúmeno como Fernando Iglesias o la brillante de Silvia Lospenatto, de quien medio mundo progre pasó a preguntarse qué hace en Cambiemos. O bien, que el desconcierto oficial haya conducido a que la artista exclusiva de TN, Elisa Carrió, tocase el paroxismo de sus delirios mesiánico-espirituales con unos gestos y declaraciones repudiados hasta por la tropa más rendida a sus pies.

En síntesis, el Gobierno acabó comprándose todos los peligros y renunciando a todos los beneficios de su eventual estratagema iniciática. Ni siquiera pudo aprovechar que el kirchnerismo estaba en falta, muy seria, por haber negado este debate cuando su mandato. Ahora, la foto es figuras de Cambiemos codo a codo con gente del Frente para la Victoria y otras ramas de corriente y militancia confrontativas; una Carrió manifiestamente desquiciada como numen articulador de la alianza oficial; una rebelión de mujeres y piberío que jamás, nunca jamás, tendrán en cuenta que el avance se produjo en una gestión de derechas. Más: es contra esa gestión. (Y ya que estamos, si de la inclasificabilidad argentina se trata, la legalización del aborto progresa en el país del Papa).

¿Tamaño paquete fue engendrado desde la impericia de Macri?

¿O por una movida de imprescindibles que no estaba en los cálculos de nadie?

Incrédulos y escépticos, respecto de lo que esto significa, advirtieron que a la tardecita de un día inolvidable sólo quedaba un dólar tocando 29, la patada a Sturzenegger, una crisis remarcada en el mejor equipo de los últimos 50 años y la seguridad de que todo pasa por ahí, de ser en función de las necesidades mayoritarias y los grandes negocios de una banda de gente de negociados. Gubernativamente serán de décima, pero su plata está a salvo y lo ocurrido en el Congreso ya fue.

Señalaron que, de hecho, a la noche de esa jornada ya regía solamente la crisis dentro de la crisis, corroborada este fin de semana con cambios de Gabinete que no parecen haber concluido.

Muy lejos de ese retrato, el suceso histórico de la media sanción había sido el producto de una multitud movilizada y volvió a enseñar reservas sociales que no se manifiestan únicamente por un disparador puntual. Se expresó una energía que sí tuvo al aborto legal como elemento de estímulo pero, a la vez, abarcadora de una fuerza que, de piso, nunca desembocará en socorro alguno para un gobierno autodeteriorado. Y hacia el techo, esa masa en la calle tuvo un sentido profundamente antimacrista.

Es muy buena noticia contra lo que ayer nomás era el andar gallardo de un gobierno que tenía todo controlado. Hoy es la recurrencia al FMI en un plan salvaje de entrega al “mercado”; una inflación alrededor del 30 por ciento; un dólar subsecuente en las nubes “competitivas”, que destruye lo mucho o poco que se había hecho para reconstruir el mercado interno; un ajuste siniestro que deja a la revolución de la alegría en el rincón donde ya ni pueden refugiarse sus otrora apologistas. Y ese patético rictus del ministro Dujovne pretendiendo convencer sobre lo bueno que nos espera, mientras asegura que el plan económico sigue siendo el mismo.

La venta de activos estatales destinados a garantizar el pago de jubilaciones y pensiones es una muestra dramática de lo conseguido por el equipazo gubernamental. No la única ni mucho menos, pero sí la más significativa. ¿Qué dicen ahora quienes esperaban la “letra chica” del acuerdo con el Fondo para decidirse a opinar?

A los tumbos, si se quiere, con el concurso permanente de los batalladores clásicos, más una CGT que tomó nota dentro de sus tiempos tortuguescos, más cierta confluencia del universo opositor empujada por el espanto, más la improbabilidad de que el Gobierno pueda a esta altura convencer a alguien de sus beneméritas o eficaces intenciones, cabrá repetir que algo se mueve.

Y si es por los símbolos, es largamente más verde que amarillo.