por Sebastián Feijoo-

No fue el primero ni será el último. Pero desde sus primeros pasos con Mentira la verdad (canal Encuentro) Darío Sztajnszrajber empezó a abrir otra dimensión en esa categoría conocida como divulgación filosófica. Aunque Darío tiene un apellido casi imposible de pronunciar, su presencia y llegada crecen día a día. En las librerías, en la televisión (Encuentro sigue emitiendo el ciclo grabado entre 2011 y 2015), en los teatros, en la radio y en YouTube (una clase suya de más de dos horas puede superar las 300 mil vistas). Esa filosofía de a pie que saltea solemnidades e interpela al presente y sus relaciones de poder lo transformó en una figura masiva. Su estatus mediático tiene un correlato directo en la calle. El diálogo con Tiempo se verá interrumpido en forma reiterada por fanáticos que, siempre con entusiasmo y las mejores formas, le agradecen su trabajo e influencia. Todo entretenimiento es político y Sztajnszrajber propone uno que invita a pensar.

En su flamante libro La filosofía en 11 frases desarrolla, dialoga y hasta contradice sentencias de amplísimo espectro. Entre ellas se encuentran “Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río” (Heráclito), “Soy el que soy” (Dios), “Sólo sé que no sé nada” (Sócrates), “Oh amigos, no hay amigos” (Aristóteles), “Ama y haz lo que quieras” (San Agustín), “El hombre es el lobo del hombre” (Hobbes), “Pienso, luego existo” (Descartes), “Todo lo sólido se desvanece en el aire” (Marx), “Dios ha muerto” (Nietzsche), “Nada hay fuera del texto” (Derrida), “Donde hay poder hay resistencia” (Foucault). Pero Sztajnszrajber va más allá. El ensayo filosófico circula y se desarrolla a través de una novela que relata el asesinato de Martín por parte de fuerzas de seguridad. El gobierno de turno dictará el Estado de excepción y abrirá así la puerta a más violencia institucional y a la asfixia de la democracia.

–¿En qué momento decidiste articular el ensayo filosófico con la novela política?

–A la hora de escribir un libro siempre pienso qué quiero escribir en cuanto al contenido y cómo presentarlo de la mejor manera. Es decir, qué dispositivos técnicos, en este caso de lenguaje y de géneros, son los más oportunos para darle al libro mayor consistencia. Desde que soy docente, explico la filosofía utilizando ejemplos de la realidad cotidiana. Este es un paso más en la misma dirección. Una historia ficcional dura y compleja me permite desarrollar el sentido, alcance y posibilidades de las once frases. Por otra parte, Heráclito dice que a la naturaleza le gusta ocultarse y yo creo que a la filosofía también. El libro expresa cierta intención de provocar, de engaño entre comillas, de plantear una cosa por un lado y después ir por el otro. Se podría decir que es un libro dentro de otro.

–La introducción del libro señala cierta contradicción entre las frases y la filosofía. Lo categórico y lo cerrado sería, de alguna manera, antagónico de la reflexión.

–Claro. Así es. Pero al mismo tiempo la divulgación filosófica es un género en sí mismo. Trabaja con herramientas que son diferentes a los de un paper académico. Las frases que utilizo en el libro generan un acceso inmediato. Todo el mundo las conoce, al menos la mayoría. Tienen una sonoridad que las hace hasta seductoras. “Solo sé que no sé nada”, por ejemplo, te invita a pensar al instante. No necesitás saber de filosofía. “¿Sé o no sé? ¡La frase dice las dos cosas!”. Empezás así y difícilmente pares. Me pareció oportuno tomar esos conceptos de gran difusión para hacer filosofía. No me quedo con las frases como llegan, claro. Las deconstruyo hasta el hartazgo. Y para eso utilizo múltiples recursos como la ficción y los diálogos, entre otros. De esa manera busco que las frases se sobrepasen a sí mismas, que digan más de lo que son.

–Las intervenís y las traés al presente.

–Es un poco la idea del libro. Puse las once frases en un orden cronológico para respetar la historia: desde la Antigüedad hasta el mundo contemporáneo. Las traigo a nuestro presente para ver qué nos dicen hoy.

–¿Por qué once?

–Fue pura arbitrariedad. Iba a incluir alguna más. Estuve trabajando sobre “Sean realistas: pidan lo imposible”, popularizada durante el Mayo Francés, y “Es hora de morir”, de Blade Runner. Pero finalmente no las incluí. Las frases que son parte del libro funcionan también como excusas para pensar temas que me apasionan. Por ejemplo, hablo muy poco de San Agustín en el texto, pero me gusta mucho. “Ama y haz lo que quieras” porque me permite trabajar la idea del amor por fuera del sentido común que se le suele dar.

–La historia de Martín tiene mucho de violencia institucional. ¿Es pura ficción?

–Mientras la estaba escribiendo sucedió lo de Santiago Maldonado. Quedé movilizado por la coincidencia. Ojalá nunca hubiera pasado. Cuando uno escribe está influido por los climas sociales. En este caso lo exacerbo, lo ficcionalizo y lo llevo a un extremo. Es otra herramienta para pensar y estar atentos.

–La expresión divulgador a veces se utiliza de un modo peyorativo. ¿Eso te generó algún tipo de conflicto?

–No. Porque soy docente y los que hacemos docencia desde siempre somos divulgadores natos. Si tenés que explicar Kant a las 8 de la mañana a un grupo de adolescentes vas a relacionarlo con la realidad, actuar y/o cantar porque te interesa que el mensaje llegue. Entiendo a la educación como un hecho emancipatorio y para que así sea tenés que llegarle a la persona a la que le hablás. Yo vengo de la docencia, no de la investigación académica. Para mí los recursos pedagógico son fundamentales. Me formé así y después llevé las herramientas del aula a otros espacios. A lo sumo incorporé infraestructuras y herramientas propias de otros espacios.

–¿Sentiste resistencias de ciertos sectores que prefieren una filosofía para pocos?

–Tengo un gran respeto por la investigación académica. De alguna manera es la que procesa muchos de los contenidos que los divulgadores después utilizamos. Lo que hay que deconstruir es esa idea de que se puede hacer filosofía, historia, biología o matemáticas de una sola manera. La investigación, la educación y la divulgación tienen sus propios espacios y lenguajes. La academia fue nominalmente dueña de la palabra “filosofía” y le cuesta soltar. Pero por suerte nunca viví grandes problemas. En otras disciplinas hubo conflictos más estridentes. Creo que gente como Felipe Pigna y José Pablo Feinmann, cada uno en lo suyo, nos allanaron bastante el camino.

–¿Qué te dejó la experiencia de exponer en favor del aborto legal y gratuito en el Congreso?

–Fue fuerte. Mi exposición tuvo una gran difusión. Hace un par de semanas me llegó una comunicación de un colegio religioso de Rosario donde los alumnos propusieron y consensuaron con las autoridades pasar el video de mi exposición en el Congreso para debatir de una manera más amplia. Ese tipo de aperturas son impactantes. Me hacen sentir realizado como docente. Por el otro lado, fue la primera vez que asistí al Congreso y la sensación de que nadie te escucha y todo es protocolar y precario es muy fuerte. Estoy pasando un momento de bastante crisis con la política tradicional y la experiencia alimentó mi sensación de incredulidad. Pero al mismo tiempo, ir al Congreso me ratificó que la revuelta feminista es la gran esperanza de la política. La política vive una gran crisis de representatividad. El feminismo, por el contrario, tiene una llegada muy potente y está en pleno crecimiento.

No se puede vivir del amor

En los últimos años se avanzó mucho en la desarticulación de estereotipos de género y en la pelea por la igualdad de derechos. Pero los debates sobre el amor y sus mandatos anquilosados parecen marchar mucho más lento. Sztajnszrajber pone mucha atención en el tema.

“Para mí hay una clave ahí que tiene que ver con que nunca dejamos de ser religiosos –revela el filósofo–. Esa idea viene de Nietzsche y su interpretación del nihilismo radical. Se supone que ya no somos religiosos, que Dios murió, pero vivimos adorando sus sombras. ¿Cuáles son sus sombras? Una de las más flagrantes es el amor. No hay forma de definir el amor sin caer en la metafísica y la metafísica son relatos.

–El amor romántico exige eternidad, monogamia, convivencia y un contrato económico. ¿No es mucho?

–Es interesante el planteo. El amor se parece a la verdad. Si admitís que toda verdad es interpretación relativa, provisoria y política, te asalta un sentimiento de enorme orfandad. Yo estoy por el amor contingente, finito, diverso y post monogámico. Pero eso no tiene nada que ver con lo que solemos entender por amor. ¿Por qué necesitamos tanta idealización? Para cambiar al amor se va a necesitar un trabajo de deconstrucción muy profundo y largo. Se requerirá ir en búsqueda de lo radicalmente otro, como decía Derrida. Pero ese es un camino que exigirá mucha energía y voluntades.

Unión obrera de la deconstrucción

Vivimos en sociedades que endiosan la construcción y a menudo reclaman la necesidad de destruir. Pero Sztajnszrajber pone particular énfasis en la necesidad de deconstruir.

El docente y filósofo destaca: “La deconstrucción tiene algo que no poseen la construcción ni la destrucción: permite comprender cómo se fue conformando un sentido común en el que después quedaste sumergido y normatizado. Ese proceso es clave para después no volver a repetir los mismos errores. La deconstrucción también te hace ver que hay condicionamientos de los que muy probablemente no puedas salir. Incluso el acto de deconstrucción puede ser motivado por una sujeción y empujarte a una circularidad de la cual es muy difícil salir. Pero la conciencia y hasta la misma circularidad también pueden ser en algún punto emancipadoras. La deconstrucción es una práctica política revolucionaria porque desestructura todos los pilares sobre los que se fundó nuestra concepción de la realidad”.

Fuente y foto: Tiempo Argentino