Es posible que mucha gente -acaso sea el caso de la señora del video- hayan votado de buena fe a Macri creyendo que iba a estar mejor, que era cierto aquello de “no te vamos a sacar nada de lo que te dieron”, confiando en las promesas de campaña. ¿Quién no lo ha hecho alguna vez, confiar y equivocarse? Más en política, pasa.
Es posible también que mucha otra gente lo haya votado pensando que sí iba a hacer lo que está haciendo, pero que a ellos no los iba a afectar: el famoso poema atribuido a Bertolt Brecht que no escribió él, aquél de “…vinieron por los judíos, pero no me preocupé, porque yo no era judío”.
En este caso (que si nos permiten, nos animaríamos a apostar es el de la señora despedida) porque caló hondo aquello de “soy de la mitad del país que trabaja y paga impuestos, para mantener a la otra mitad”; que se sobreimprime a su vez sobre ese perdurable legado cultural de nuestra herencia inmigratoria: “todo lo que tengo me lo gané trabajando, y nunca nadie me regaló nada”.
Hay perplejidad en la expresión y las palabras de la trabajadora de Télam despedida, porque supone que a ella no le tocaba el despido, porque no cabe en ninguno de los casilleros que lo hacían previsible: no es kirchnerista, entró hace mucho tiempo, nunca hizo huelga e incluso votó a Macri.
Pero hay mucho más, y peor: la implícita naturalización (y justificación) del despido por causas políticas e ideológicas, común en muchos testimonios iguales, de gente que se esfuerza en aclarar que no es kirchnerista ni de la Cámpora, y que con ellos no tiene nada que ver. Ni siquiera compartir la desgracia de perder el empleo, al parecer.
La resignación a no luchar por sus derechos, como condición para conservar el trabajo: “nunca hice huelga”; herencia directa de aquel “si no andabas en algo raro, no te pasaba nada” de la dictadura; que funcionaba en espejo con el “por algo será” que intentaba explicar los blancos de la represión.
Que sólo se explicaban por el impulso asesino de los genocidas y su deseo de imponer el terror, así como hoy los despidos en masa se explican por la pulsión neoliberal por restringir derechos, pulverizar salarios y arruinar vidas para también -en versión disciplinamiento de la fuerza laboral- sembrar el terror, disuadir de la idea de involucrarse, participar, reclamar, cuestionar.
Y allí reside la profunda tristeza que todo esto nos deja: el daño económico que Macri le está causando al país no es nada, comparada con el daño al tejido social, con la terrible herencia de odio y resentimiento que han inculcado por años en mucha gente, llevándola a extravíos conceptuales y a terminar votando en contra de sus propios intereses, cegada por ese odio.

Gente a la que la convencieron que la culpa de todo la tiene la pobre mujer que cobra la AUH y no el banquero vaciador del país, o el trabajador que protesta y hace paro en defensa de sus derechos, y no el turro que fuga la guita hacía un paraíso fiscal.

Gente -como esta pobre mujer- que ni siquiera en medio de las tristes consecuencias de su decisión proyectadas ya el plano de lo personal, parece acertar a comprender las causas, o a replantearse lo que ha hecho, o reflexionar para que no le vuelva a ocurrir.
Ese daño es mucho más difícil de revertir que lo que hoy parece una tarea titánica o casi  imposible: reconstruir la economía, el aparato productivo, el sistema de protección social, el salario, el empleo, los derechos, la dignidad en definitiva.
Porque además no podemos permitirnos ceder al impulso (fuerte, para qué negarlo, por momentos irrefrenable) de decirles que se jodan, que hubieran prestado atención y dejado sus prejuicios de lado cuando se les advirtió que esto iba a pasar. No al menos si aspiramos a reconquistar el gobierno por el voto popular, y ofrecer la esperanza de una alternativa a toda esta mierda que estamos viviendo.