por Eduardo Aliverti –

La impresión es que el Gobierno ya no sabe revertir el cuadro financiero dramático a que llevó un programa económico de su exclusiva responsabilidad. Quizá es antes que lo previsto.

Son insistentes dos hipótesis centrales, cuyos resultados no alteran los efectos devastadores sobre una enorme mayoría social.

1) El Gobierno está a la deriva y, dentro de su esquema ideológico, no tiene más recursos para proteger lo que la propia prensa oficialista denomina el Plan Perdurar.

2) Este escenario estaba entre mediana y largamente previsto como paso previo a (el intento de) dolarizar la moneda.

En la opción uno, el equipazo macrista se ratifica como una pandilla de burros y rapiñeros que, tanto en la previa como en el comienzo de su gestión y, ahora, con el blindaje del FMI más el título de economía emergente, creyó de veras en la confianza de los mercados para provocar una lluvia de inversiones. La similitud de expectativas sociales con la Alianza de radicales y viudas peronistas, a finales de los ‘90, pasa por haber descansado en que el honestismo bastaría para arreglar las cosas. En aquel momento se pretendió el sostén de la Convertibilidad sin ladrones menemistas. Más acá, a la vuelta de la esquina, en 2015, se quiso que ricos y mafiosos de las finanzas pudieran lograr la solidaridad del mundo “serio”, esta vez en simultáneo con el fin de quienes se habían robado todo.

La sospecha número dos está azuzada desde la asunción del mago Toto en el Banco Central, por interpretarse que no serían capaces de afrontar el bardo sin plan alternativo. Esa previsión del equipazo estaría tan a salvo como la esencia timbera que siempre dejará cuidados sus patrimonios personales y corporativos. En tal presunción, dirán que, frente a los temblores internacionales desatados por el nacionalismo de Trump, las guerras comerciales subsecuentes y sus etcéteras, debe acabarse con la incertidumbre por vía de derogar el peso. Sería una variante terminal de lo ejecutado por el hace poco renacido Domingo Cavallo, al crearse la fantasía del uno a uno con el dólar cuando se agotó la apuesta por la “burguesía industrialista” que encarnaba Bunge & Born en los comienzos del menemato (seguro que ya nos olvidamos: Roig, Rapanelli, Erman González, el plan Bonex, la híper).

En cualquier caso y de aceptarse generalización de café o discusión de entrecasa, Argentina choca por tercera vez contra la misma piedra en apenas cuarenta años.

Dictadura, menemato y macrismo.

Sea que se piense en una manga de inservibles, de delincuentes de guante blanco o de una conjunción entre ambos, no cambia la ecuación final.

Hay una puja de facciones del bloque dominante, insertada en esos tembladerales del capitalismo global que no se sabe dónde terminan políticamente en las escenas locales (aquello de las anomalías del tipo kirchnerista) pero sí cómo empiezan y a quiénes afectan.

Dólar a casi 30, fuere como consecuencia buscada para abaratar costo laboral argentino o producto de la imprevisión. ¿Impotencia? del ¿acuerdo? con el Fondo Monetario y del festejado emergentismo para blindar corridas cambiarias. Escalada inflacionaria que desata conflictividad social y, peor aún porque ya se estudia la derrota electoral macrista en 2019 a manos del populismo, desconfianza de la piraña financiera global. Un gobierno que analiza aplicar recargos a las compras con tarjeta en el exterior y subir el impuesto a los pasajes aéreos, con remembranzas de los pérfidos K y contra el imaginario clasemediero que los votó. La Bolsa derrumbada. Un Presidente con imagen de zombie, que sólo atina a reiterar que “vamos a cumplir, vamos a achicar el déficit”. El establishment de las consultoras amigas avisándole que sus “contradicciones” espantan toda probabilidad de especuladores comprensivos (afuera Sturzenegger porque no sirvió, aunque deberá comprobarse si no hizo muy bien los deberes de traficar información privilegiada, y adentro Toto pero tampoco alcanza para calmar a nadie; afuera Aranguren por ortodoxo impopular, y adentro Iguacel para advertir a las energéticas que debe disminuirse el ritmo de aumentos tarifarios pero, entonces, mala señal hacia los inversores porque retornaría el gradualismo que iban a derogar).

Si este desastre es corolario de una pérfida maniobra de la oligarquía diversificada o de improvisadores que ya estarían cavilando dónde esconderse, para los patos de la boda no varía absolutamente nada.

En todo escenario y no lo dicen voceros del trotskismo sino (algunos de) los propios pajes del aparato periodístico oficial, el apoyo financiero comprometido por el Fondo no alcanza, siquiera, a compensar la sangría de fuga de capitales y restricción externa prevista hasta fin de año.

Argentina es el maravilloso mercado emergente que tiene la fragilidad más alta del mundo por la relación entre PBI y compromisos de pago en moneda extranjera, gracias a la fiesta de endeudamiento desatada por el gobierno que Macri asumió en un país sin deuda. Así lo señala el informe revelado hace pocas horas por Moody’s, una calificadora de riesgo de esas que, como Morgan Stanley, también se usan para celebrar ficciones.

Moody’s advierte que estamos a la altura de Ghana, Mongolia, Pakistán, Sri Lanka, Turquía y Zambia, debido al “elevado riesgo crediticio tras la depreciación que sufrieron sus monedas”.

Pero por suerte no somos Venezuela, diría un globito.

Marcos Peña, de cuyo paradero mediático no se sabe demasiado excepto por su comparecencia en la Cámara alta de hace unos días, admite que la recesión de los próximos meses es inevitable.

La magia de Toto consiste en haber descubierto el truco de que las tasas de interés seguirán en torno del 40 por ciento, si no más.

Y el Presidente examina que Dujovne, el presunto superministro que tanto necesitaban los mercados para asimilar que alguien concentra el mando operativo, se disponga a un road show internacional para convencer… a los mercados.

Como hacia el final de De la Rúa, vuelve a hablarse del riesgo-país. No importa que pocos sepan en qué consiste técnicamente ese índice, pero se trata de su significado, simplemente.

Los embargos en las cuentas de comerciantes, profesionales, pymes, son temas crecientes de angustia cotidiana. El “motor” de los créditos hipotecarios desapareció. Los descubiertos bancarios tocan techo. Se cortan las cadenas de pago.

Esa realidad es ajena al mundo PRO, quizá ficticio, de sus funcionarios. Ya avergüenza a quienes lo proclamaron. Por lo menos, no es fácil hallar a identificados con él. Es obvio que resulta casi una nimiedad al comparársela con el sufrimiento de los sectores más desprotegidos. Hasta la UCA ofrece estadísticas de gente que pasa hambre. Y es también la prensa oficialista la que alerta sobre condiciones explosivas en el conurbano bonaerense, donde retornan los clubes del trueque y los comedores desbordados.

Pero no debe perderse de vista que, siempre, en la “argentinidad”, lo perverso de estos modelos de exclusión encontró su límite cuando cayeron las expectativas de consumo y crecimiento de la clase media.

El acabóse de la plata dulce en la dictadura. El corralito en el ciclo que derruyó al menemato y a su herencia republicanista.

Y el nombre que vaya a tener el final del macrismo como esperanza blanca.