por Pedro Gaite * –

La densidad nacional es uno de los conceptos que estructuraron el pensamiento de Aldo Ferrer. Es una idea que abarca al conjunto de circunstancias que determinan la calidad de las respuestas de cada nación a los desafíos y oportunidades de la globalización. Más allá de la debilidad estructural de la densidad nacional argentina, la misma ha sufrido un acelerado deterioro desde que gobierna la Alianza Cambiemos, cuya máxima expresión es el retorno del FMI.

Para Ferrer, la política económica debía cumplir dos misiones principales: asegurar los equilibrios macroeconómicos e impulsar los procesos de acumulación en sentido amplio, es decir, el desarrollo. Para ello, es necesario proteger el mercado interno, consolidar la hegemonía del capital nacional, promover la educación y el desarrollo científico tecnológico, fortalecer el rango de autonomía dentro del escenario mundial y proyectar la producción y los intereses locales al mercado mundial.

Señales

En el imaginario neoliberal, en cambio, la Argentina es un satélite de los centros de poder hegemónicos a nivel mundial. En ese sentido, su política económica debe limitarse a emitir señales amistosas a dichos centros para atraer inversiones y abaratar el crédito. Para ello, desde el día uno el gobierno, llevó adelante una serie de reformas, estructuradas en la apertura de la economía y la desregulación del mercado. Así se eliminó el tope para la compra de dólares, se levantaron los controles a la importación y se liberalizó el mercado de capitales, permitiendo que los mismos ingresen y se vayan del país sin restricciones de monto ni de plazo de permanencia. Asimismo, eliminaron las retenciones a la minería y  redujeron/eliminaron las del sector agropecuario, permitiendo además que este sector no liquide las divisas generadas por la exportación.

Estas medidas profundizaron el desbalance de las cuentas externas. En 2017, el déficit de cuenta corriente superó los 30 mil millones de dólares, alrededor del 5 por ciento del PIB. Dicho déficit se financió con la toma de deuda externa, a un ritmo nunca antes visto en la historia argentina, y con el ingreso de capitales especulativos.

Alentados por una alta tasa de interés local, producto de implementar un esquema de metas de inflación, y un tipo de cambio crecientemente apreciado que les permitió obtener una tasa de ganancia extraordinaria a través de la bicicleta financiera, el capital financiero internacional ingresó en cantidad.

De esta manera se constituyó en el actor principal de un modo de acumulación que lejos está de estructurarse en líderes nacionales. El desarrollo de estrategias de acumulación de poder basadas en posiciones dominantes dentro del propio espacio nacional y su proyección posterior hacia el mercado mundial, a través de redes propias de intermediación y financiamiento es uno de los pilares de la densidad nacional. Tan dañado está este factor que hasta los propios funcionarios tienen sus ahorros en el exterior.

Sin embargo, ni el endeudamiento ni la entrada de capitales especulativos puede sostenerse indefinidamente, mucho menos en esos niveles. Los acreedores externos comenzaron a cuestionar la solvencia de la economía argentina, y los capitales financieros exigen tasas de interés cada vez más altas para mantener sus posiciones en pesos.

Vulnerables

Las recientes corridas cambiarias son expresión de la enorme vulnerabilidad externa que genera este modelo. En lo que va del año, el Banco Central perdió casi 15 mil millones de dólares de reservas, y subió la tasa de interés de referencia al 47 por ciento anual. Y ni siquiera así logró evitar una devaluación superior al 50 por ciento, ajuste que acelerará la inflación y reducirá el nivel de actividad.

La imposición del FMI de dejar flotar el dólar, y limitar la participación en el mercado cambiario vía venta de dólares al contado y en operaciones a futuros, entre otras restricciones, dificulta aún más las posibilidades de contener la devaluación del peso.

En el plano fiscal la situación tampoco es promisoria. El Gobierno asumió con un déficit de 5,1 por ciento del PIB que lejos de reducirse, creció: en 2017 fue del 6,0 por ciento. La reducción del gasto en subsidios y otras áreas sensibles para la sociedad fue más que compensada por el aumento en el pago de intereses de la deuda.

En 2015, los servicios de la deuda explicaban el 6 por ciento del gasto, en 2018 ese porcentaje será del 16 por ciento. Si además se considera la carga de las Lebac, la situación es todavía más grave. El stock de Lebac es superior a la base monetaria y cada vencimiento implica un desafío para el Gobierno, pues si los inversores no renuevan la deuda, esto implica una mayor cantidad de billetes en circulación o una presión sobre el dólar – ambas, entre otras cosas, pueden generar inflación–.

Para evitar estos efectos e impulsar a los inversores a volver a comprar Lebac, el Gobierno mantiene en niveles muy elevados la tasa de interés, lo cual alimenta la bicicleta financiera y tiene un impacto contractivo en el nivel de actividad. En definitiva, no es más que patear la pelota para adelante.

Mecha corta

El modelo económico de Cambiemos, entonces, lejos de resolver los desequilibrios macroeconómicos heredados los ha profundizado. Es un esquema que solo cierra con deuda. Así se financia el déficit fiscal y de cuenta corriente, y se alimenta la fuga de divisas. Deuda y fuga son las dos caras de una misma moneda. Pero la mecha es cada vez más corta. El peso de los intereses en los gastos del Estado crece y la confianza en la economía se desploma. Los sacrificios para evitar una fuga masiva de capitales son cada vez mayores.

El retorno al FMI era el resultado inevitable de esta política. Y la caída del nivel de actividad, la flexibilización laboral, el aumento del desempleo, la desigualdad y la pobreza son a su vez el resultado inevitable del retorno al FMI. Si no se modifican las bases estructurales del modelo, especialmente si no se regula el mercado cambiario y la Cuenta Capital de la Balanza de Pagos, de poco servirá el préstamo del Fondo.

Esos dólares terminarán financiando el déficit de cuenta corriente y la fuga de divisas. O sea, alimentará el negocio de la elite financiera, mientras la inmensa mayoría de la sociedad sufrirá las consecuencias del mayor ajuste que impone el programa del Fondo. Así se fractura aún más la cohesión y movilidad social, otro de los puntos fundamentales en la construcción de la densidad nacional.

El origen de estos problemas se encuentra en la ausencia del elemento central de la densidad nacional: el pensamiento crítico. La implementación de políticas que fueron pensadas por y para el beneficio de los países centrales, pero que ni siquiera ellos mismos aplican. Según el imaginario neoliberal, la receta para el crecimiento y desarrollo de los países es la apertura total de la economía y la desregulación absoluta de los mercados. Los resultados están a la vista.

Mientras el Gobierno hace malabares para contener la crisis, los problemas estructurales de la economía, basados en una estructura productiva reprimarizada, con un rezago tecnológico importante, se profundizan. El Gobierno se limita a contener la coyuntura, mientras las discusiones y elaboración de un plan de desarrollo brillan por su ausencia. En definitiva estamos dañando, una vez más, nuestra densidad nacional, y con ella, nuestro futuro.

* Investigador del Cenes y miembro de Economistas de Base.

Fuente y foto: Página12