por Eduardo Aliverti-

El Gobierno ya decidió que Cristina debe ir presa a como sea, porque le es imprescindible sacarla de una cancha electoral donde su asentamiento crece con fuerza completamente inimaginada hasta hace pocos meses.

Ordenar las ideas al cabo de una semana como la pasada (y las próximas) puede parecer un desafío muy difícil de sobrellevar, pero es también uno de esos momentos en que, precisamente por la complejidad temática, puede advertirse la sencillez de algunas conjeturas o conclusiones quizá elementales.

Si acaso no se cree que encarcelar a la ex presidenta sea la determinación de máxima, no se dude que la de mínima es enchastrarla con toda la artillería posible y con los métodos que fueren necesarios incluyendo, desde ya, el bastardeo del estado de Derecho con un cruce de límites que jamás se vivió desde su retorno.

La parodia de juzgamiento y detención contra Amado Boudou significó otro golpe arrollador en lo poco que va quedando de ese ropaje democrático, en varios de sus aspectos sustanciales.

Un juicio en el que se comprobó que efectivamente Boudou no conocía a Vandenbroele, que éste no era su testaferro y que tampoco le pertenecieron Ciccone ni Old Fund, entre otros detalles clave a los que suma, nada menos y al igual que respecto del dinero que todos se habrían robado, dónde está la plata. No pudieron comprobar absolutamente nada. No hay cuentas ni aquí ni afuera. Pero marche preso.

Al mejor estilo de la justicia brasileña, puede afirmarse con total seguridad que el tribunal obró por “convicción íntima” antes que por las pruebas y, en el colmo de los colmos, les niega a los detenidos el permanecer en libertad hasta que el fallo quede firme. No sólo eso: exactamente el mismo día en que ese juzgado condenó y detuvo a Boudou, su miembro Pablo Bertuzzi obtuvo el visto bueno gubernamental para trasladarlo a la estratégica Cámara Federal de Inodoro Py.

Una certificación más, bochornosa, repugnante, acerca de la salud del republicanismo en los tiempos macristas.

La segunda referencia imprescindible es que, dentro de ese cuadro que procura quitar de agenda la economía derrumbada y próxima a un arco fluctuante entre depresión profunda y default, los servicios desataron vía cuadernos fotocopiados el Mani Pulite capaz de volverse en contra de toda la familia y los socios del Gobierno.

El clima entre los hombres de negociados, que integran el trípode del verdadero poder junto a la comandancia mediática y la Justicia federal, es de estupor. Ninguno de ellos –y ninguno es ninguno, según cualquier fuente directa o indirecta que se consulte– termina de creer que la nerviosidad del macrismo, frente a lo irreversible del desastre económico, haya llevado al riesgo de sacrificar a propios.

Altísimas, altas y medianas figuras de la cima corporativa local, cuyos grupos quedaron involucrados de manera concreta en las derivaciones del operativo Cuadernos Gloria, coinciden en que Macri se volvió loco porque no hay otra forma de entender que para arrastrar a Cristina se juegue a involucrarlos a ellos. Y, por obvio carácter transitivo y llegado el caso, probablemente a él mismo.

Volviendo a una pregunta formulada en este espacio la semana pasada, ¿a tanto puede llegar la confianza del Gobierno para dominar los efectos de sus serviciales maniobras? ¿Tanta es su seguridad acerca de que no tiene otra manera para capitanear una economía de implosión? Y sobre todo, ¿nadie en el equipazo macrista repara en que lo único mejor que puede pasarles, con la cortina humeante de los cuadernos, es ganar un tiempo que se les acelera adverso?

Tal vez, poniéndose en lugar de ellos, vale la respuesta de que es la única movida que tienen en un tablero asfixiante donde descartan cualquier gesto reparador de la economía.

Hacia el cierre de la semana, mientras el dólar volvía a dispararse cerca o más allá de los 30 y el renacidísimo riesgo-país seguía consolidando su récord desde la llegada de este esperpento gubernativo, el muro mediático continuaba alegremente ensimismado con Julio De Vido, José López y las estrafalarias declaraciones de Norberto Oyarbide, el peor actor frustrado que haya conocido la escena argentina o bien, otro de quienes justamente por eso mismo sería capaz de involucrar con sus fantasmas y desvaríos a la tropa de la que pide protección.

El primo presidencial Calcaterra fue un primer aviso de que podrían chocarse el dibujo de los servicios sobre la arena y la aptitud de controlarlo. Si se adhiere a teorías conspirativas, el primo y compañía también estaban calculados. Gracias a la inagotable impunidad del aparato judicial macrista, forma parte de la táctica global para quienes simplemente recuerdan de la noche a la mañana que el kirchnerismo los conminó a coimear, se arrepienten y se van tranquilos a sus casas. ¿Por qué? Porque sólo se trata de enlodar o arrestar a ex funcionarios, hacer otro tanto con las bandas empresariales que les eran adictas y dejar libres a pícaros mafiosos apretados que declaran contra los otros.

¿Esa estratagema es segura frente a una realidad económica mortuoria; unos fondos de inversión especulativa que observan la imprevisibilidad de los cuadernos y el probable rearticulado peronista; un poder judicial que hoy está y mañana no?

El colega Raúl Dellatorre interrogó en este diario por qué los especuladores desconfían de una conducción monetarista gobernada por “los suyos”, mesadineristas de la banca internacional, y qué más podría hacer este Gobierno que entregarle las riendas al FMI como muestra de fe.

Entrega dos respuestas indispensables.

La primera es que el conflicto no tiene solución porque un grupo de financistas y administradores de grandes fortunas saltó de la banca privada al Gobierno para que sus pares hicieran negocios millonarios. Y, ahora, sorprenderse el Gobierno porque sus compinches lo abandonan, olvidándose que la lógica con que se manejan esos capitales es la de obtener máxima rentabilidad.

La segunda respuesta es que a quienes tengan alguna responsabilidad en este escenario político más les valdría ir pensando cómo evitar una catástrofe, porque no hay posibilidad de sentarse a disfrutar el derrumbe del adversario.

O sí, podría agregarse. Pero no si es a costa de contemplar el derrumbe por el derrumbe mismo, en lugar de trabajar, ya, en un programa con dirección inevitable: reestructurar la bomba de deuda que deja el macrismo, reimponer restricciones a la venta de dólares y a la entrada y salida de capitales, achicar el agujero fiscal provocado no por el gasto público sino por la quita de retenciones e impuestos a los sectores corporativos más concentrados, reactivar el mercado interno con una conducción monetaria desprovista de condicionamientos externos. La economía consiste en la ciencia básica de a quiénes se saca para distribuir cómo.

A menos que una ensoñación masiva o determinante priorice a los cuadernos por sobre el gobierno Hood Robin, la administración macrista se acerca a sus diez de últimas.

El destino es tan impredecible como lo fue apostar a la legalización del aborto cual elemento distractivo. Es buena analogía, cree uno.

El Gobierno ganó en las bancas senatoriales de los feudos que le responden a él, a la Iglesia, a la hipocresía, al pensamiento retrógado. Pero perdió la batalla cultural que es infinitamente más verde que celeste.

Si llega a empujarse la obra de ensamblado opositor con acuerdos de piso y movilización callejera permanecida, contra el ridículo del honestismo macrista, no habrá cuadernos que les alcancen.