por Eduardo Aliverti –

En este momento, lo más lógico sería esperar que el Gobierno intente la medida desesperada de echar a los responsables del equipo económico y al jefe de Gabinete. Desde ya que sólo se trataría de contestar a la coyuntura estricta, para ganar tiempo no se sabe rumbo a qué lugar. Pero es imposible, o irresponsable, seguir suponiendo que con estos nombres ya completamente incendiados pueda haber algún lugar que no sea la profundización perpetua de la crisis.

El nivel de desconcierto oficial llegó hoy al punto de que Marcos Peña desmintió al propio Macri, al señalar por la mañana que no está cerrado el acuerdo con el FMI para que adelante los fondos.

También sería lógico que comience a pensarse, con mayor profundidad, en cuál salida política se encontrará para este desmadre económico sin retorno. Vuelve a carecer de sentido discutir si esto es parte de un plan perfectamente premeditado, para asegurar las ganancias estremecedoras de los especuladores garantizados desde el Banco Central, o si acaso es nada más que una cuestión de ineptitud. Como quiera que sea, la sociedad argentina retrocede a las peores circinstancias económicas de su historia y, por lo tanto, también es conveniente preguntarse por las reacciones populares de corto y mediano plazo.

Hiper, corralito, planes Bonex, default. Cualquiera de los términos puede caber. El límite, sea lo que fuere que esa palabra quiera decir, estará en el golpe definitivo a las expectativas de la clase media. Eso también ya sucedió.

El Gobierno está nocaut, según ya reconocen sus propios gurús. Sólo le queda la compasión de su aparato mediático, pero los cuadernos ya no alcanzan.