por Eduardo Aliverti –

De ser por la priorización noticiosa de los medios oficiales, podría decirse que el país ya ingresó a un escenario surrealista.

Pese a que el comprensible impulso natural es responder a insulto puro, cuanto más enormes sean las mentiras y las manipulaciones más debe objetarse con lo elocuente de las obviedades numéricas. Los datos verdaderos sirven para protegerse honestamente, para responder a chicanas y falseamientos con lo que es irrebatible, para no entrar en el terreno de lo que le conviene a una sarta de sádicos gubernamentales e informativos. Es decir, los mismos.

Hay un aspecto de la contienda comunicacional re-desatada desde el oficialismo a cuya contestación debe verse cómo tratar de encontrarle la vuelta.

Una cosa es refutar las asquerosidades que se dijeron sobre Ismael Ramírez, el chico de 13 años asesinado en Chaco durante los episodios frente a un supermercado, a quien el coro de esos felones llegó a responsabilizar por su destino. Otra es ingresar al juego de una Patricia Bullrich, y energúmenos por el estilo, cuando afirma que todo es parte de la preparación de guerrillas que motoriza el kirchnerismo.

Lo primero está bien, porque es y será inaguantable culpabilizar a un pibe sumido en algunos de los márgenes más despreciables de la injusticia social. ¿Se animan a hacerse los guapos con los terroristas del mercado financiero amparados oficialmente?

Lo segundo, el golpe por golpe contra ese tipo de respingos fachos, conlleva un problema de resolución difícil.

Por un lado, es necesario salir al cruce de lo que ya comenzó a ser el montaje de “los violentos” como distractivo de una economía siniestra.

Por otro, es justamente lo esperado por los comunicadores de la Alianza gobernante: licuar, a través de la generalización de absurdos, lo que no pueden –o no podrían, veámoslo más adelante– tripular mediante las tretas sobre el sufrimiento cotidiano de las mayorías.

Con los cuadernos momentáneamente derruidos como engañapichanga superior o en todo caso con un alcance bastante más pequeño que el proyectado (habrá que ver en estas horas el “resultado” de las excavaciones patagónicas), la creación de los soldados subversivos de La Yegua era y es el siguiente paso de manual.

Rebatir ridículos de esa naturaleza sirve para jugar y provocar del mismo modo en que puede hacérselo con los extravíos místicos de la sacerdotisa nacional (la del dólar que se queda a 23), los poemas budistas de funcionarios despedidos, la papa en la boca de Macri que requiere de fonoaudiología permanente o la misericordia y las tazas cambiadas de Heidi.

El mejor ingenio es el que combate la lógica del modelo en aquello que exhibe descarnadamente a sus victimarios.

Por ejemplo, uno de los disparadores circulantes en las redes muestra a un tipo preguntándose si entiende bien lo siguiente: a los exportadores, que cobran en dólares, les ponen un impuesto fijo en pesos. Y a todos los que cobramos en pesos, nos cobran tarifas en dólares.

Hay que ir por ahí, diría Pedro Grullo.

Argentina es el país que más depreció su moneda en el mundo durante 2018. Es una megadevaluación del 100,2 por ciento, seguida de lejos por Turquía con un porcentual de 73,9. Significa en dólares una reducción de alrededor del 50 por ciento en el salario mínimo, lo cual sólo un lelo puede interpretar como consecuencia no deseada del plan de devastación macrista.

El galardón universal se prolonga. Como también señala el último informe del Observatorio de Políticas Públicas de la Universidad Nacional de Avellaneda, Argentina tiene la tasa de interés más alta del mundo tras la reciente suba al 60 por ciento dictaminada por el Banco Central. A lejanísimo placé entran en el ranking Venezuela (20,8 por ciento), Turquía, (17,8) y México (7,8).

La inflación, ya estimada en los documentos oficiales con un piso del 40 por ciento aunque Baldío Dujovne dijo que no pensaba hablar de papers reservados, es asimismo la más grande de las naciones emergentes. Los turcos no llegan ni a la mitad, mientras Sudáfrica y Brasil tienen niveles de un dígito.

En medio de esta calamidad, hay que sentirse entre contentos y confiados porque Trump respaldó fuertemente los esfuerzos del gobierno argentino, porque los pases del mago Toto lograron contener (???) la cotización del dólar y porque el FMI concederá la ampliación de ayuda a sí mismo.

Si alguien cree –otra vez– que esa construcción de subjetividad es inconcebible o surrealista, como decíamos al principio, no tiene más que corroborar que es precisamente lo ejecutado en estos momentos.

La tristeza y el desconcierto masificados por obra de una pobreza en crecimiento espeluznante, comercios que cierran a lo pavote, anuncios empresariales de decenas de miles de despidos gracias a la paralización de la obra pública, advertencias de voceros oficiosos en torno de que lo peor está por llegar, ¿qué otra respuesta podrían tener que no sea la confianza en que el asombro dará o daría lugar a creer en cualquier invento?

Imaginemos sin mucho esfuerzo la escena que sigue.

Estabilizan el tipo de cambio en la franja de 40/45 pesos, tras una toma de ganancias casi indescriptible para los parámetros de cualesquiera de “los países serios” y según impuso el directorio del Fondo. Un FMI que garantiza los dólares para tirar en el año electoral/presidencial de 2019. “El campo” y su cosecha contribuyen a aguantar los trapos. Inundan con una chorrera de plata al conurbano bonaerense para mantener el asistencialismo elemental y despachan fuerzas represivas precisas en las barriadas más convulsas, que es lo ratificado por Mariu y los títulos centrales de La Nación para que el orden real y simbólico se quede más o menos tranquilo. Los gobernadores se suben al patíbulo del déficit cero, pero la oposición no engancha la tríada unidad/proyecto/candidato. Cristina presa, porque ya lo resolvieron o porque no les queda más remedio. La inflación se frena en el año electoral por vía recesiva. El oficialismo –entendido como el Poder neoliberal a secas– sí acierta con alguna figura candidateable de recambio. La clase media, siempre genéricamente expresada, se aguanta ser el pato de la boda porque no encuentra escapatoria y porque cualquier opción sería preferible al retorno “populista”.

La opinión personal es que no debería alcanzarles porque esto es la Argentina y sus reservas de minorías intensas garantizan una lucha constante de fósforo al acecho, de consecuencias impredecibles. Pero, ¿es completamente delirante imaginar la proyección de que les salga bien?

La situación incendiaria de 2001/2002, es cierto que visto en retrospectiva, tenía una fuga claramente PJ que desembocó en la anomalía kirchnerista. Eso no existe hoy como elemento claramente visualizable, porque el peronismo –el blanco o a secas– no quiere tomar responsabilidad de bombero alguno. Carece de todo programa superador del macrista. Y la única oposición realmente existente, que es el kirchnerismo con liderazgo exclusivo, estaría circunscripta en sus chances de crecimiento     ganador.

Ese cuadro traza un horizonte teórico que, político-institucionalmente, es diferente al de hace 17 años. El “que se vayan todos” de entonces fue la llave de un dispositivo K y otro M, que acabarían por derrumbar al bipartidismo tradicional.

¿Dónde está hoy la llave esa, siendo que la consigna potente de despreciar a todos muda en la actualidad al desconcierto inválido de no creer en casi nadie?

Cuidado.

Citado nuevamente el ensayista Jorge Alemán (“Carta VIII a Ricardo Forster, Las crisis del neoliberalismo”, revista La Tecl@ Eñe), hay una crisis de representación que testimonia las dificultades del neoliberalismo para asegurar su gobernabilidad. Pero de ese aprieto representativo no se deduce, “al menos de modo inmediato y necesario”, que emerja un proyecto capaz de ponerle límites. “El poder neoliberal no sólo no está en crisis, sino que aprovecha las crisis para su permanente reproducción (…) La política se vuelve entonces un espectáculo de la impotencia.”

De vuelta: cuidado.