El artículo, firmado por Andrés Hatum, quien se presenta como profesor de la “Escuela de negocios de la Universidad Torcuato Di Tella”, está cargado de cinismo. La manipulación del empleado que quedará cesante a través de “un manejo que será observado por todos”, es el centro: la solvencia y la firmeza que el jefe debe mostrar.

Dice Hatum que en esos momentos “A la gente se le baja el telón en la cabeza y no entiende nada. Hay que imponer la realidad y que la persona entienda qué pasa, qué va a suceder. El mensaje tiene que ser rápido, directo y claro”, recomienda.

Lo curioso –e intolerable a la vez- es el esfuerzo que el autor pone en ahorrarle al empleador el momento de estrés que pudiera provocarle el tener que despedir a alguien.

“Un recaudo a tomar es que en los primeros minutos de la entrevista hay que comunicar que la relación laboral ha cesado. Es importante tomarse un tiempo para que la persona haga catarsis…”, señala Hatum. Observación miserable.

En suma, un artículo de actualidad en tiempos de una sangría de cientos de miles de trabajadores que han quedado en la calle como consecuencia de las políticas recesivas aplicadas por el gobierno de Macri. En ese escenario, alguien debía ocuparse de que quien despide no empatice, no sienta pena o condolencia. Que no le tiemble la mano. ¿Quién mejor para dar estos consejos que el diario de los Mitre?

Con toda celeridad el diario se dirige a atender el “desvalimiento” del empresario privado, y nada acota acerca de los despidos en el Estado. En ese campo todo resulta más sencillo. Al empleado estatal simplemente se le impide ocupar su lugar de trabajo. Se lo detiene poniendo un patovica en la puerta, y si protesta, para eso está la policía. Ni telegrama ni diálogo. Los tiempos que corren son despiadados.

“Cuidado con los mensajes esquizofrénicos que se dan”, advierte Hatum, “El despido es un mensaje que la organización lee”.

Y luego enfatiza: “El manejo del despido de alguien es algo que va a estar mirando el resto (…) Sinceridad y franqueza es clave. Y legalmente baja los riesgos”.

“Para el jefe, dar la noticia de un despido es duro y difícil”, señala el experto, comprensivo. Pero rápidamente contrapone las molestias legales que podría provocar el despedido si no se mantiene el temple.

No hay que dudar: “Anticipar un despido y no ejecutarlo (esa es la palabra) puede generar situaciones donde, curiosamente, la persona se enferme. Si eso sucediere, le correspondería un año de sueldo desde que se declara enfermo”.

Abandonando toda ingenuidad, y a sabiendas de que el mercado laboral –más en épocas de crisis- es un terreno salvaje, habitado precisamente por muchos salvajes, es aún difícil no indignarse por el desprecio genético que La Nación expresa en general por lo humano, especialmente cuando afecta al otro, pero en particular en cuanto refiere a la clase trabajadora.

Para que quede claro quiénes son sus lectores, casi brutal y sin ambages, enseña el profesor Andrés Hatum que “en el momento de la desvinculación la persona a ser despedida se fija en la cuantía del paquete que se va a llevar. Y eso es lo importante para él o ella. Lo demás son espejitos de colores”. Vaya, eso es más que un rictus.

Fuente: La Nación / En Estos Días