por Ernesto Rufino –

Un pato rengo es la denominación que se le da a alguien en un cargo electivo a quien se aproxima la fecha en que debe dejar el cargo, especialmente alguien para quien ya se ha elegido su sucesor.

Se dice del pato criollo: “Cada paso, una cagada”. Y que hace tres cosas: nada, vuela y camina, y a las tres las hace mal.

En estos días asistimos a una precipitada toma de posiciones en torno al poder, como temiendo y provocando a la vez lo tan temido, cosa que a los mercados les da una ansiedad terrible que sólo aspira a llevarse hasta el penúltimo dólar del Río de la Plata.

Contemplamos la sucesión de medidas de gobierno que se derogan decretan derogan de un día para el otro. Toda la sarta de peripecias, entre las que hay que incluir las caras de Dujovne y los bolazos de Peña, los pretextos expertos, la opereta a pleno día y noche para solaz y esparcimiento de la noble gilada, toda esa mascarada es distracción para que no veamos con qué apuro acomodan las estructuras del poder judicial, tradicionalmente impermeables a toda democracia, en vistas a asegurarse la sacrosanta impunidad. El sueño del mafioso, cumplido.

Aquí es necesario poner un poco de atención: se está completando un dispositivo legal corporativo para la conservación del poder real. Muestra sin vergüenza su directa obediencia a Washington y alrededores, y se exhibe dispuesto a todo.

Está visto que si este muchacho ha sido elegido Presidente no debe ser tan difícil fabricar e instalar cualquier otro muñeco. El tanito nervioso lo sabe, se le acaba el tiempo: aunque “ganó” las elecciones de medio término, ya es un pato rengo.

Y es tal la urgencia por administrar el reparto del siempre jugoso país que no deja cagada sin mandarse, el pato criollo.