por Eduardo Aliverti –

Una expandida evaluación de las primarias es que la gente volvió a votar al revés de cómo está. Eso no es lo que revela un paneo detenido por las zonas de votación, porque en muchos casos se confirma que sería así y en muchos otros no. Después, una gran mayoría de opiniones presuntamente calificadas relativizaron o directamente ignoraron que a los tibios los vomita Dios. O que el domingo fue así.

Reconocer esa última sentencia hubiera implicado mostrarse de acuerdo con que Cristina –menudo problema: ella sola, ya sin aparato ni gran militancia efectiva– fue y es una fuerte competidora para lidiar contra un clima mediático perversamente adverso, contra una parte poderosísima de la familia judicial persiguiéndola, contra una atmósfera más presta a sostener que “todo” es producto de los yerros del experimento K y no de la aplicación de lo votado hace menos de dos años. Sin pretensiones de una neutralidad que jamás tuvo ni quiere tener, PáginaI12 fue el medio que mejor reflejó los contrapuntos existentes acerca de cómo interpretar el triunfo macrista. Al revés de la prensa de derecha, sólo dedicada al previsible festejo por la victoria nacional con el argumento exclusivo de que rige un Nunca Más antikirchnerista capaz de vencer a todo “error” y papelón oficiales, a través de diversos columnistas este diario se permitió hurgar en causas más profundas y promueve un debate que la izquierda, sus intelectuales, sus referentes sectoriales, no terminan de asumir o saldar. De paso, sirve para superar el ensimismamiento del kirchnerismo con el manipuleo numérico del conurbano. Es cierto que con la jugada se logró que Macri no debiera felicitar a Cristina, y que cuando se reconozca que Cristina ganó el impacto podría ser infinitesimal respecto de haberlo admitido la misma noche. Los macristas volvieron a revelarse tan tramposos como en el subterfugio que usaron para abrirle juicio político al camarista Eduardo Freiler, a quien tienen entre ceja y ceja no por su presunto enriquecimiento ilícito sino a raíz de su intervención contra Clarín en el caso Papel Prensa. Pero el acting dominical del PRO y la demora en la carga de los datos que lo desfavorecían, aunque se lo vea tan estafador y repugnante como la maniobra de que fue víctima Agustín Rossi en Santa Fe, no es un episodio que estructuralmente modifique el paso adelante del Gobierno en medio de ajuste, tarifazos, represión, presos políticos, un desaparecido.

Para gusto de quien firma, en función –además– de su capacidad de síntesis, una de las posturas mejor expresadas es la del politólogo Carlos Vilas (“Vapuleados pero no vencidos”, en este diario, el jueves pasado). Tras recordar el karma de que, al igual que en 2015, el avance del macrismo se asentó en el voto de muchísimas personas cuyas condiciones de vida se deterioraron en forma drástica durante los últimos casi dos años, Vilas señala que ese tipo de análisis no contó, ni cuenta, con que “el neoliberalismo es más que un modo particular de organización de la economía y distribución de sus frutos; es un modo de ver e interpretar al mundo, a la vida, a uno mismo. Ese modo no es espontáneo; es difundido a través de recursos y prácticas hegemónicas, por cuyo medio las élites enseñan a las clases populares a pensar y vivir su dominación en los términos y significados que le asignan aquéllas: ante todo los medios de comunicación, pero también las escuelas, las iglesias, el deporte”. Tal vez, la mejor concreción del artículo de Vivas es al referir preguntas que son tan importantes como las respuestas, porque la contestación es lo que orienta (buena o gran parte de) el voto: cuando la plata no llega a fin de mes, ¿se explica por la política macrista de tarifazos y ajuste o porque en el gobierno anterior “se chorearon todo”? ¿Vivías mejor porque ampliaste y ejerciste activamente tus derechos (y los ingresos empataban o superaban a la inflación, y el mercado interno era dinámico, y así sucesivamente) o porque te metieron en una burbuja que al final reventó y te hicieron creer que con tu trabajo podías hacer turismo (y cambiar la moto, el auto, el celu, hacer arreglos en la casa)? “Es indudable que, en amplios segmentos de las clases populares y medias, el macrismo ganó la batalla cultural”. Cuando se gana esa batalla, se alcanza la clave principal en la construcción de una hegemonía que va mucho más allá de las coyunturas. Los resultados electorales van y vienen pero, si logran cambiarte la cabeza, habrán conseguido que esos resultados no sean más que variantes de un mismo pensamiento individualista, sectario, profundamente conservador. Ese pensamiento reaparece más tarde o más temprano, y hasta se fortalece porque los proyectos de sentido colectivo e inclusión social –que van desapareciendo a pasos enormes, gracias también a la ausencia de grandes líderes– no logran satisfacer las nuevas y crecientes demandas que el mismo progresismo económico genera.

Contra el dictamen provocativo anterior, otro considerable analista y economista como Claudio Scaletta (“La fiesta de Gramsci”, el viernes) se detiene en que los momentos poseleccionarios son la fiesta de los politólogos; en que los resultados del domingo son usados cual prueba irrefutable de la consolidación de un nuevo bloque histórico; de derecha hegemónica fundida en los valores tácitos de Cambiemos (blanca, antipatriota, creyente en el progreso individual devenido del espíritu inmigrante); en que tales cosas se espejan, como razonamiento, en el mundo del rubio teñido de las Elisa Carrió y las Mirtha Legrand, del trabajador aristocrático al que le molestan los planes, del hombre suburbano que desde tiempos inmemoriales repite que los políticos son todos chorros mientras los empresarios no. Y en que se refunfuña si un dirigente político tiene un auto nuevo mientras (la plebe) consume con fruición las notas sobre el “estilo” de Juliana Awada, “ese ominoso símbolo de época”. Scaletta agrega que, aun cuando toda esa lectura sea equivocada y que efectivamente la construcción partidaria nacional, desde el aparato del Estado, sea indicio de la nueva hegemonía de un partido de “derecha moderna”, no varían las posibilidades reales del funcionamiento exitoso del neoliberalismo en una economía capitalista periférica y de tamaño medio, como la argentina. “El dato estructural es que el actual modelo económico se sostiene exclusivamente con entrada de capitales (especulativos), y que no hay en él nada que lo libere de esa dependencia”. Síntesis: esto es un fenómeno de patas cortas, “en tanto el modelo económico es insustentable”. De hecho, en la semana se conoció la estimación (Observatorio de la Deuda del Instituto de Trabajo y Economía de la Fundación Germán Abdala) de que los compromisos por pago de capital e intereses de la deuda tomada por el Gobierno oscilan entre 15 y 38 mil millones de dólares hasta 2027, lo cual es imposible de afrontar sin un nuevo endeudamiento que –de vuelta: más tarde o más temprano– conducirá al país al retorno de las condiciones objetivas de 2000/2001. ¿Dónde se meterá el macrismo su construcción de hegemonía cultural cuando eso suceda, siendo que la pregunta es justamente cuándo y no si es probable? Ya sucedió con la anomalía K surgida a comienzos de siglo. Visto por la contraria, ¿y si cuando la probabilidad se concrete, porque es irreversible, no hay en el espacio progresista un proyecto y liderazgo en aptitud de aprovecharlo como lo hizo el kirchnerismo?

En medio de este panorama problemático, borroso, contradictorio, puede tenerse al menos la certeza de que el domingo pasado perdieron virtualmente todas las fotocopias. Quizá no sea un dato sustantivo, pero de todas formas no es menor porque desde allí nace o se asienta un piso de disputa versus la contrarreforma neoliberal. Suena a vaso medio vacío, pero al fin y al cabo una parte gruesa o significativa del pueblo argentino tiene dinámica de reacción electoral e ideológica. Comparado con otros lares, estamos mejor. Bastante o mucho mejor. Lo que manda en el resto es la resignación. Quienes critican o denuestan al kirchnerismo, y más precisamente a la figura de CFK, observan que esa órbita debería tomar nota, de una vez por todas, sobre los méritos macristas. Y redundan en un no se sabe qué, que consistiría en que la derecha sabe publicitar, engañar, atender a una sociedad fragmentada donde –por decir, como se ha dicho– el valor de los derechos de las mascotas tiene tanto valor asumido como el de la gente que se queda sin trabajo. ¿Y después de eso qué? ¿La izquierda resultará más viva que la derecha? Quienes lo intentaron por ahí, por derecha objetivamente o por “izquierda” o peronismo light en la fantasía subjetiva, fueron los grandes derrotados de las primarias. Massa, que no supo construir nada por la ancha avenida del medio y que ahora necesita “peronizarse” tras haberse atado a Stolbizer para sumar radicalismo gorila. Stolbizer, que quedó pegada a la hibridez de Massa para acabar escuchando los redobles del bombo cuando el tigrense salió a reconocer su papel desflecado y a comerse el amague de la victoria macrista bonaerense. Randazzo, preso de un narcisismo que le costó caro. La izquierda radicalizada, que quedó en serios problemas para siquiera aumentar su escasa cuota de parlamentarios. ¿Qué tendrían que hacer Cristina y su espacio para sumar votos? ¿Resignar discurso a cambio de parecerse a quienes fueron derrotados por querer parecerse? Apuntar cómo viene el asunto de gente que actúa y vota contra sus necesidades es una cosa. Ya se vivió en la dictadura y en el menemato. Cosa distinta es intentar asimilarse al conservadurismo y las fluctuaciones de capas medias y populares. Para eso está el PRO, Cambiemos, o como se llame o vaya a llamarse la habilidad de aprovechar el egoísmo social.

Según lo demostrado, acá y, por lo menos, todavía se pelea. El desafío es ver a ese vaso medio lleno o con volumen suficiente. Si no hay eso y vence un espíritu derrotista, entonces sí que no habrá nada más que lamentarse por los cantos de sirena de la derrota cultural.